lunes, 19 de mayo de 2014

CON KANSUKE YAMAMOTO EN LA PENUMBRA DE LO REAL




Kansuke Yamamoto, Moralidad, c. 1950










EL MAN RAY JAPONÉS
El surrealismo europeo y la fotografía occidental del siglo XX son muy conocidos por todos nosotros, pero no lo son, o no lo son tanto, al menos, me parece, el surrealismo japonés y la fotografía oriental del siglo XX. Quiero decir que todos conocemos a Man Ray, por ejemplo, mientras que, en cambio, no nos es tan familiar el trabajo del «Man Ray japonés», como lo han llamado algunos críticos.
Y, sin embargo, la fascinación por Oriente es muy antigua. Oriente fascina por dos cualidades a primera vista opuestas: por su opacidad y porque su opacidad no es perfecta, porque no es absoluta, porque bajo la epidermis de las diferencias, lo impenetrable, lo críptico, fluye la corriente vital de algo demasiado humano, sin eliminar el misterio por completo, solo lo suficiente para acercar, y esa corriente anima oscuramente historias, imágenes, ideas, versos.
Como los versos y las imágenes de Kansuke Yamamoto (es a él, a Yamamoto, a quien algunos críticos han llamado el sobrenombre del Man Ray japonés), el artista que comenzó a escribir un nuevo capítulo del rico universo japonés de la imagen al fusionar los motivos tradicionales de su cultura con la iconografía revolucionaria del surrealismo.
Él y Hiroshi Hamaya (1915-1999) son probablemente los dos nombres más importantes de la fotografía japonesa de su tiempo (un tiempo a cuyas transformaciones dieron con sus respectivas obras respuestas distintas: Hamaya se adentró en la atmósfera del mundo rural, en su perdurable belleza, en su sagrado silencio, y Yamamoto, en las zonas de penumbra de la realidad, pero generalmente dentro del mundo urbano).

Kansuke Yamamoto, El escalpelo silencioso, 1963











NAGOYA, 1914: LA ERA TAISHO
El fotógrafo y poeta Kansuke Yamamoto nació en Nagoya, en la costa del Pacífico, como el primogénito entre sus hermanos, y empezó a escribir poemas a los quince años de edad. Primer hijo del también fotógrafo, y dueño de una tienda de artículos fotográficos, Goro Yamamoto, Kansuke nació hace este año exactamente un siglo, en 1914, durante la Era Taisho, la llamada «Era de la Gran Rectitud».
Era que duró desde 1912 hasta 1926 y que fue una época relativamente democrática a la que le siguió un periodo de militarismo y de nacionalismo extremos que influirían en las ansias imperialistas japonesas, y que definirían, tiempo después, en buena parte, la postura de Japón durante la Segunda Guerra Mundial. La intensa agitación sociopolítica de su país sería, por cierto, contestada con el potente trabajo creador de Yamamoto durante toda su vida.
Kansuke Yamamoto dejó su Nagoya natal a finales de la década de 1920 para ir a estudiar literatura en Tokio y luego, después de volver a casa, hacia 1930, empezó a escribir poemas y hacer collages. Su interés por la fotografía se despertó en una época en la que dominaban el panorama dos grandes movimientos experimentales: Shinko Shashin (Nueva Fotografía) y Zen’ei Shashin (Fotografía Avant-garde), pero lo que marcó más profundamente a Yamamoto y su obra fue la espina dorsal de la fotografía del Japón de la década de 1930: el surrealismo. Yamamoto llevó la sensibilidad surrealista a su trabajo y cuando, a fines de los años treinta, se unió al grupo artístico de vanguardia VOU, ya era una de las figuras más interesantes y radicales de toda una nueva era que experimentaba en busca de una fotografía que definitivamente no seguiría ninguna corriente tradicional.

Kansuke Yamamoto, Reminiscencia, 1953











YORU NO FUNSUI Y LA POLICÍA DEL PENSAMIENTO
Entre 1938 y 1939, Kansuke Yamamoto publicó una revista llamada Yoru no Funsui –La Fuente Nocturna– con poemas, textos diversos, dibujos y fotografías, propios y de otros creadores contemporáneos. Con Yoru no Funsui se abrió un espacio para la difusión de un nuevo espíritu y para la expansión de las propuestas del surrealismo y las vanguardias, hasta que, como era de esperarse, la Fuerza Policial Especial japonesa, la Tokubetsu Koto Keisatsu, popularmente llamada el «Tokko» (y también conocida como la Shiso Keisatsu o «Policía del Pensamiento») se valió de algún medio para hacer llegar a Kansuke Yamamoto el sutilmente siniestro mensaje de que sus publicaciones eran vistas con desagrado por ese tipo de poder al que nadie que no esté pensando en cosas como tirarse de un sexto piso desea por lo general contar entre sus enemigos.
Kansuke Yamamoto tuvo, así, que cerrar La Fuente Nocturna, pero, como es natural, después de cerrarla siguió trabajando y produciendo hasta su muerte (en 1987) más obras y más ideas igual de desagradables que las antes censuradas, con total desfachatez. Lo hizo durante todas las décadas posteriores (después de su etapa temprana, como se conoce a su producción de la década de 1930, llamamos su etapa de madurez a las décadas de 1940, 1950 y 1960, y las de 1970 y 1980 forman su etapa tardía). Experimentó, entre otras cosas, con la composición de relatos visuales, de series narrativas de imágenes, es decir, de fotografías cuya secuencia narra una historia. Publicó su único libro en 1970.

Kansuke Yamamoto, La distancia entre el paisaje y el crepúsculo, 1956.









AL BORDE DEL OJO
En gran medida, Kansuke Yamamoto se dedicó a documentar lo indocumentable, a indicar lo que no cabe retratar, la vida interior de los paisajes y de las superficies, como si en sus fotos lo importante no estuviera en las fotos, en lo fotografiado, sino en el filo de las imágenes, al borde del ojo. Al borde del ojo de la cámara, del ojo del cuerpo y del ojo de la consciencia. El trabajo de Kansuke Yamamoto, hijo de un tiempo de horror que vería las pesadillas sin remedio de la masacre nuclear, y que además vería esa barbarie muy de cerca, cayendo sobre su propio país con el inédito y monstruoso atuendo de la muerte atómica, es un trabajo acerca del misterio, de las oportunidades perdidas, de la salvación, de los errores y de todos esos porqués que no reciben respuesta. Kansuke Yamamoto fue fundamentalmente un gran provocador, y, a fuer de tal, utilizó casi siempre el arte para la crítica y para la rebelión, y por ello muchas imágenes de la obra de Yamamoto son imágenes de protesta, que reivindican la libertad y que repudian la guerra y la condenan. «El trabajo artístico surge de un espíritu desobediente y va en contra de todas las cosas prefabricadas que ofrece la sociedad», dejó escrito en una hoja del año 1941 de su diario. «Rebelarnos contra cada generación, y transformar a cada generación: ese es nuestro objetivo».


















EL ARTE DICE LO QUE TODOS CALLAN: LA IMAGEN DE LA MADRE SINIESTRA EN LA FICCIÓN


Bueno, en el Mes de la Madre, problematicemos un poco los conceptos en los que el culto de la madre se funda ;)


El arte dice lo que todos callan: la imagen de la madre siniestra en la ficción


INSTITUCIONES MATERNAS

Los folcloristas Jacob y Wilhelm Grimm publicaron el primer tomo de Cuentos para la infancia y el hogar en 1812, el segundo en 1814, la tercera edición en 1837 y la cuarta en 1857. Estos cuentos, recopilados, transcritos y anotados con rigor etnográfico y respeto por el discurso oral, causaron rechazo en vastos sectores del público por su crudeza; cuando los eruditos hermanos Grimm, pioneros de los estudios filológicos contemporáneos, que no eran precisamente autores de literatura infantojuvenil, descubrieron su nuevo público de niños, suavizaron sus historias, y en la edición de 1857, por ejemplo, a madres como la de Hansel y Gretel (que condena a sus hijos a perderse en el bosque y morir de hambre, abandonados, para salvarse ella) o la de Blancanieves (que, celosa de la belleza de su hija, la manda matar para que no la opaque cuando crezca) las convirtieron en madrastras. En cambio, en la primera edición, la de 1812, es la madre biológica de Blancanieves la que toma el corazón de jabalí que le lleva el cazador (que ha dejado, por compasión, huir a la niña) creyendo que es el de su hija, y se lo come. Como la idea de una madre malvada era muy dura para los niños, los Grimm se censuraron a sí mismos, y en la versión de 1857 la buena madre muere y el padre se casa con la malvada madrastra: eso evitó trasgredir el culto a la madre impuesto por la moral burguesa desde hace siglos. La madre como institución está emparentada con otras: la patria, la iglesia, la virgen –la Madre Patria, la Santa Madre Iglesia, la Inmaculada Madre de Dios–. Son grandes instituciones maternas y símbolos de la madre idealizada, de cuyas virtudes –abnegación, sacrificio, altruismo, rectitud, bondad, desinterés, etcétera– la consciencia de todo hijo es, «por ética», incapaz de dudar.


Nina (Nathalie Portman), la bailarina dominada por su madre (The Black Swann, 2010).












TERRORES PROHIBIDOS

Pero en el reino interior y universal de la fantasía, los sueños, los temores callados y ocultos, los impulsos y deseos involuntarios, nada está prohibido, ni aun lo que la consciencia se niega a aceptar. Y el maltrato infantil, y las madres malvadas, y los padres peores, y la maldad y el egoísmo generales (salvo, quizá, honrosas excepciones), y hasta el filicidio, existen. Son hechos. Son parte de la vida real, aunque el discurso oficial los calle y la mayoría de las personas elija, a veces involuntaria o inconscientemente, no verlos, ya que además hay violencias casi invisibles y muchas veces tanto verdugos como víctimas le ocultan todo esto a su propia consciencia. La vida de un niño está en manos de sus padres; le aterrorizan porque sabe que está absolutamente inerme frente a ellos, y por eso cuando niños nos gustan los cuentos en los que la madrastra malvada muere, pues alivian angustias sordas e insospechadas. Esos terrores, como todo lo que se niega pero es profundamente real, no solo no desaparecen nunca, sino que, en su vida subterránea, no hacen sino crecer.

El arte y la ficción pintan sin restricciones morales estos terrores. Y eso que pintan para muchos es lo único que les permite enfrentar lo que no son capaces de reconocer que sienten en su interior o que sucede en el exterior. En la ficción pueden, sin culpa, enfrentar y, por un rato, vencer sus miedos secretos, en la mayoría de los casos sin entender por qué esos libros o esas películas les gustan. Así que, ahora que se acerca su día conforme al calendario nacional, vamos a recordar sucintamente a dos o tres inolvidables madres del cine y de la literatura en rápida y aleatoria selección.



«Era yo, Alex, y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo, que realmente era lerdo, sentados en el bar lácteo Korova...», dice Alexander De Large (segundo de la derecha), célebre hijo monstruoso de una madre siniestra.












MADRES SINIESTRAS DEL CINE Y DE LA LITERATURA

En La madre de los monstruos, La mère aux monstres, ese espléndido cuento que en 1883, con el seudónimo de «Maufrigneuse», publicó Guy de Maupassant, no hay una madre siniestra, sino dos: la «Diabla», mujer de pobre origen que se enriquece manipulando sus embarazos para dar a luz niños tullidos, retorcidos, grotescos y venderlos a un circo, y una mujer que ciñe su talle para no engordar por la gestación, pues la terrible desgracia a la que condena a sus hijos de por vida no le importa nada al lado de su afán egoísta de ser esbelta. (Un caso que parece ominosamente actual.)

En su novela Psicosis, Psycho, de 1959, llevada al cine en 1960 por Alfred Hitchcock, con Anthony Perkins como el trastornado ente trinitario «Norman- Normal-Anormal», el miembro del «Círculo de Lovecraft» y colaborador de Weird Tales Robert Bloch creó a la protectora y ubicua señora Bates, que no deja a su hijo vivir libre de ella ni después de muerta: él la alberga como una parte de sí mismo que sin embargo no es él, que le es ajena, y cuando se convierte en ella, aparece el asesino. Su madre controladora y destructiva que desde el fondo del sótano de la casa –que en esta geografía del terror es metáfora del fondo de la mente de Norman– le obliga a matar, cosa que él hace mientras imita la voz de la difunta cubierto con una peluca, repitiendo compulsivamente la imagen maligna de su progenitora en una vida que no podrá ser nunca realmente suya.

En la antiutopía de 1962 La Naranja Mecánica, A Clockwork Orange, del áspero y brillante Anthony Burgess, que Stanley Kubrick filmó en 1971 con Malcolm McDowell como Alexander De Large, Sheila Raynor encarna a la madre de Alex, mujercita pequeña y santurrona, de voz quebradiza, bajita, tierna, de aire frágil, que despiadadamente se deshace de su inadaptado hijo, lo entrega a una institución del Estado para que experimenten o hagan con él lo que quieran, lo olvida y, siempre pensando ante todo en sí misma, su seguridad, sus necesidades y su merecido bienestar de sacrificada y santa madre, sin esperar el regreso de Alex le da su habitación a un extraño al que acoge como hijo solo porque la adula y porque, se deja entrever en el filme, o bien la complace sexualmente, o bien simplemente halaga su vanidad y su monstruoso afán de acaparar atención, cuidados y afecto: mucho más vil y muchísimo más hipócrita que su criminal hijo Alex, tal mujercita es, por esta semejanza con él (que casi siempre pasa desapercibida) uno de los elementos que dan su fuerza ciega y su vibrante tensión a la novela y a la película.



«...y el Durango 95 se tragaba el camino como espaguetis, y al poco rato todo fue ya solo noche y árboles y oscuridad, oh hermanos míos...» A Clockwork Orange. Uno de los mejores libros que se han escrito jamás











Hay muchos más ejemplos, pero sería imposible enumerarlos todos hoy. Fuera de lo que añade el remake del 2013 de Kimberly Peirce a la progenitora fatal que encarna Julianne Moore en esta última versión, está la original madre de Carrie White en la novela de Stephen King de 1974 Carrie, llevada al cine por vez primera por Brian de Palma en 1976, con Piper Laurie como Margaret White, la madre posesiva, la lectora de un solo libro (la Biblia), la secretamente cruel fanática religiosa que encierra a Carrie (Sissi Spacek) en el armario «por su bien» y que le dice que la menstruación es el castigo por sus pensamientos impuros.

O la versión cinematográfica del personaje histórico real de Joan Crawford, interpretado por otra actriz no menos notable que ella, Faye Dunaway, en la película de 1981 de F. Perry Mamita querida, sobre las memorias de Christina, la hija adoptiva de Crawford.

O esa Mary que en la película de Lee Daniels de 2009 Precious no solo maltrata a su hija, sino que se ahorra problemas «mirando a otro lado» cada vez (un caso especialmente común en las páginas policiales de la prensa, por cierto) que el padre la viola.

O esa Erica Sayers que Barbara Hershey interpreta en El Cisne negro, The Black Swann, la película de Aronofsky del 2010: una madre que controla e invade tanto la vida de su hija, Nina (Nathalie Portman) que entra hasta en los sueños y alucinaciones de esta, y aparece para quebrar sus deseos, sus fantasías y aun sus encuentros eróticos (reales o imaginarios), hasta que Nina logra escapar de ella –y así escapar también (lo que en este tipo de casos viene a ser lo mismo) de la desintegración final de la locura– al saltar por la última salida de emergencia que le queda abierta aún: la puerta que da a la muerte.

En fin, son unos pocos ejemplos de estos personajes aterradores que exorcizan el terror; la contrapartida tenebrosa, e igualmente exagerada, de la nívea versión sin sombras que acepta nuestra consciencia como única definición posible de la madre en general y de la nuestra en particular, pues inevitablemente el arte, la ficción, la fantasía dicen siempre lo que callamos todos.



Uno y trino en la locura, Norman/Normal/Norma Bates (Anthony Perkins)













Léelo aquí y opina: El arte dice lo que todos callan: la imagen de la madre siniestra en la ficción







sábado, 3 de mayo de 2014

CON SATÁN EN EL PUB ESTA NOCHE



Siendo este blog el blog de Quien es, bueno, es solo una cuestión de actitud, que diría Páez, no faltar a una cita tan peligrosa y macabra.


Montse "Dama Satán" Álvarez -foto tomada e intervenida por Aldo Gulino



















Por aterrador que esto pueda ser para la mayoría de los mortales, no cabe (no cabe sin oprobio, al menos) faltar a encuentro tan sabático y blasfemo como el que se celebrará hoy.

Hoy SÁBADO a las 21:00 HORAS los valientes de esta pluviosa y enigmática ciudad de ASUNCIÓN del Paraguay chuparemos y curtiremos con el Cónyuge Eterno, el Amante Arcano, el vulgarmente llamado "Hueso" de esta, oh lector@, tu CanAllita del Kaos, Blogger del Mal y Webmaster del Averno, esto es, my lover, Monsieur Le Diable, o, si se prefiere, Don Luzbel para el barrio: LA BESTIA 666.



ABSOLUTO ROCK (Herrera casi Yegros) ampara esta noche de tormenta el TRIBUTO A SATÁN


Tributo a Satán en Absoluto Rock Sábado 3 de mayo de 2014 -Julio Benegas, Carlos Bazzano, Eulo García, Montserrat Álvarez y otros



Vamos a escuchar a nuestros infames y aberrantes amigos y kamaradas Karlos "El Conde" Bazzano, Julio "El Grande" Benegas, Eulo "Madero" García, tal vez a esta abominación patibularia, Montse "Dama Satán" Álvarez, y a otros no menos sinuosos, indecentes y condenados. ¡Los veo hoy allí! Hasta esta noche.













lunes, 28 de abril de 2014

LA NOCHE DEL LIBRO




http://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/la-noche-del-libro-1238704.html












Porque la historia es también historia de la ficción, y porque es también historia ficticia de lo real y porque es también historia de las historias ficticias, en ocasión efemérica de hablar del Día del Libro celebrado esta semana, yo elijo hablar de los libros fabulados, alucinados, delirados y temidos, perseguidos y deseados, incendiados y malditos. 


LA NOCHE DEL LIBRO

Hay libros sobre personajes inventados y vidas de ficción, hay libros sobre otros libros y hay libros cuyos personajes leen libros que existen solo dentro de esos libros que tratan de las vidas de esos personajes de ficción. Los libros reales han creado todo un mundo de libros ficticios paralelo al nuestro y al lado de las bibliotecas reales han crecido bibliotecas infinitas, fabulosas, cuya enorme sombra mágica cubre la historia de la humanidad y la de la literatura.

Porque la historia es también historia de la ficción, y porque es también historia ficticia de lo real y porque es también historia de las historias ficticias, en ocasión efemérica de hablar del Día del Libro celebrado esta semana, yo elijo hablar de los libros fabulados, alucinados, delirados y temidos, perseguidos y deseados, incendiados y malditos.

Elijo hablar del prodigioso y potente universo de Gargantúa y Pantagruel, ese libro en el que Rabelais describe libros. En el que describe los libros que contiene la Biblioteca de San Víctor, sita en algún lugar de los alrededores de París y cuyos estantes, entre varias otras grotescas joyas luminosas de la sabiduría escatológica, guardan el De modo cacandi de Tartaretus y el Ars Honeste Petandi in Societate de Maitre Hardouin de Graetz.

Elijo hablar de la carcajada atronadora que el 10 de agosto de 1840 resonó con la subasta de la biblioteca del último conde de Fortsas: cincuenta y dos valiosos títulos nunca descritos hasta entonces en catálogo alguno. Acudieron coleccionistas y expertos de toda Europa el día señalado y descubrieron que no había conde, notario ni biblioteca: todo había sido uno de los memorables y pesados chistes del militar retirado y gran bromista Renier-Hubert Ghislai Chalon.

Elijo hablar del espectral Emmanuel Goldstein, principal enemigo del régimen que conspira contra el Gran Hermano en el opresivo, triste 1984, de George Orwell: Goldstein, autor ficticio del ficticio libro Teoría y Práctica del Colectivismo Oligárquico, que llega hasta las manos del desdichado Winston Smith para perderlo.



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Elijo hablar de Aristóteles, pero no del Aristóteles que escribió lo que nos consta y tenemos, sino del otro, del imaginado, del doble supuesto del filósofo histórico, que muchas mentes forjaron al imaginar al Aristóteles real concibiendo y escribiendo la también imaginada segunda parte de su realmente existente Poética: como en ella el Aristóteles real anuncia: “Pues bien, acerca de la imitación en hexámetros y de la comedia hablaremos más tarde” (Poética, VI, 1449b), y como el libro no llegó a nosotros completo, esa Segunda Poética se volvió un mito.

Libro mítico que Umberto Eco hace, en El Nombre de la Rosa, que aún no se haya perdido en la época de su relato y que sea el libro maldito y envenenado que desata las muertes en la abadía benedictina en cuyo scriptorium Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos discuten, pues De Baskerville sabe que, en su tratado De las partes de los animales, Aristóteles dice que el hombre es el único animal que ríe. (A su vez, por cierto, un oscuro apócrifo contemporáneo, en su mil veces anunciado pero hasta donde se sabe aún inédito Diccionario de Dama Satán, ha glosado esto añadiendo que el hombre es también el único animal que da risa).

Elijo hablar del Al Azif, del que, hasta donde llega el conocimiento humano, en el mundo entero solo quedan cuatro copias (el original, escrito en el siglo XII, se ha perdido), obra del poeta Abdul Al-Hazred, tristemente célebre por sus invocaciones de seres que no deberían haber existido nunca ni en la mente de un monstruo y porque se entrevé en él un extraño (para la época) dominio de la física del tiempo y el espacio. Cuando se tradujo al griego con el título de Necronomicon, el patriarca Miguel ordenó que fuera destruido, pero una copia llegó a las manos de Olaus Wormius, que la tradujo al latín y la imprimió. Esos últimos cuatro ejemplares del libro maldito están, uno en la Biblioteca Widener, de la Universidad de Harvard, otro en la Biblioteca Nacional de París, otro en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, y otro en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires, pero ningún investigador ha logrado obtener jamás un permiso de ninguna de esas cuatro bibliotecas para leer ni siquiera una sola página del Necronomicon. No existe institución académica en todo el mundo capaz de autorizar a nadie a leer el Necronomicon. Porque el Necronomicon solo existe en los libros que lo citan y que a veces transcriben fragmentos aberrantes de la obra nefanda del árabe loco Abdul Alhazred, fragmentos que se multiplican como la metástasis de un cáncer de caos cósmico, de pavor inhumano y desolación abisal desde que Howard Philips Lovecraft habló por primera vez de este libro fatal cuya lectura enloquece sin remedio al que se atreva a descifrarlo.



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Elijo hablar de El jardín de los senderos que se bifurcan, de Ts’ui Pen, libro del cual, en su famoso cuento homónimo, dice Jorge Luis Borges que «El jardín de los senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên».

Pero si hablo de escritores, de libros y bibliotecas que han sido creados por otros escritores y que existen en otros libros que pueblan otras bibliotecas, los tres primeros pertenecientes al doble fabuloso del universo real, los tres segundos (al menos eso suponemos en la vigilia) pertenecientes a la realidad, no puedo olvidar las enciclopedias.

Elijo hablar del ciclo de novelas de Asimov sobre la Fundación, en el que, previendo siglos de caos, Hari Seldon, padre de la psicohistoria, impulsa la creación de la Enciclopedia Galáctica (idea esta, la de una Enciclopedia Galáctica, que recorre también toda la famosa serie televisiva de divulgación científica escrita y presentada por Carl Sagan, Cosmos). «Con la destrucción de nuestra estructura social», explica Seldon, «la ciencia se romperá en millones de trozos». «Pero», añade, «si ahora preparamos un sumario gigantesco de todos los conocimientos, nunca se perderán».

Elijo señalar que, como en las novelas del ciclo mencionado hay numerosas citas textuales de partes de la Enciclopedia Galáctica, se da la paradoja de que, si fueran reunidos en un libro real todos esos fragmentos de algo que no existe, la nada cobraría existencia parcial. Elijo aquí decir, ergo, que incluir en libros reales citas textuales de libros imaginarios es una de las formas de dar ser al no-ser.

Elijo hablar de ese exquisito poeta metafísico que fue John Donne y que, secretamente risueño en medio del Londres miserable del siglo XVII, de ese Londres del que el gran Burgess escribió que “las calles eran estrechas, adoquinadas, resbaladizas por el limo de los desperdicios”, en ese siglo terrible de la gran peste, de la aterradora peste negra, se divirtió a su manera haciendo el Catalogus Librorum aulicorum incomparabilium et non vendibilium: sumario de libros tan raros como el Judaeo-Christian Pythagoras, proving the numbers 99 and 66 to be identical if you hold the leaf upside down (Pitágoras judeocristiano prueba que los números 99 y 66 son idénticos si se da la vuelta a la hoja) o el On removing the particle ‘not’ from the Ten Commandments and attaching it to the Apostles’ Creed (Quitando la partícula no de los Diez Mandamientos y uniéndola al Santo Credo de los Apóstoles), todos ficticios.

Decir lo indecible sin decirlo, citando los libros que supuestamente lo dicen, ejercicio de filosofía oblicua, pone de manifiesto tanto la fragilidad del conocimiento como la potencia de la imaginación, y esta es tan promisoria que no es posible resignarse a que esos libros no hayan sido escritos nunca ni vayan a ser publicados jamás (excepto, obviamente, el Necronomicon, libro inmundo cuya lectura enloquece y que fue escrito por un loco, pues habría que quemarlo si se publicara y así elegir la ceguera antes que el horror sin retorno). Es duro aceptar que no puedan ser sino el estado, para siempre larvario, de pura posibilidad de algo que habitó alguna vez una esquina de la mente de un escritor que no llegó más que a esbozar su concreción ya imposible.

Este artículo sobre irrealidades lleva una firma apócrifa, que, como la primera persona del singular, no designa a alguien sino que lo inventa o lo crea. Alguien que, por ende, al igual que todo lo pensado (y que, en el caso humano, equivale a «todo», a secas, y que, en tanto pensado, no es ni puede ser nunca lo real), solo es literatura.

Este es un artículo sobre libros ficticios, es decir que, por metáfora, es un artículo sobre todas las cosas deseadas pero imposibles, sobre todos los terrores genuinos pero innombrables, sobre todos los sueños que, demasiado grandes para el día, con su sensata realidad la vigilia refuta. Es un poco de noche para el Día del Libro.



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domingo, 20 de abril de 2014

SUPLEMENTO ELEGÍACO, SEGUNDA PARTE

















SUPLEMENTO ELEGÍACO

Periodistas culturales, médicos y                                       enterradores, 
cortesanos de la Muerte, séquito de                                  los mejores,
pronto aprenden de la Parca el afán                             que ahora nombro
de la jugada imprevista: el hábito                                    del asombro.

Que la Muerte ama llegar a la casa                             por sorpresa

es sabido por los hombres ilustres                             y los vulgares,
pero lo saben mejor, por algunas                              de sus presas,
médicos, enterradores, periodistas                           culturales.

Necrofilia y necrofagia son nombres                       de perversiones

que comparten a la fuerza con buitres                   y con gusanos
periodistas culturales, sacerdotes,                        enterradores,
sepultureros y curas, poetas                                 y matasanos.

Lector, levántate y anda, sacúdete                      la resaca

y reclama a tu quiosquero el Cultural,               que esta flaca
del cortejo de la Pálida te va a contar                 esta vez
la memoria que perdura, no de una                  muerte: de tres

  

“Con él se acaban los simbolistas de absenta...” Leopoldo María Panero, 1970. Foto: César Malet.












Hablábamos de tres muertes. Esta es la del tercer muerto: el ilustre poeta esquizofrénico Leopoldo María Panero, el notable ensayista, el lector de Lacan, de Deleuze, de Poe, el admirador de Lewis Carroll, el Peter Punk de Mondragón y de tantos otros manicomios (el último, el de Las Palmas), que acaba de morir el mes pasado. 


El poeta Leopoldo María Panero Blanc (16 de junio de 1948 - 5 de marzo de 2014). Fotografía de Thomas Canet













Leopoldo María Panero murió el 5 de marzo del 2014, este año en que se cumplen cuatro décadas del estreno de El desencanto (1974), el célebre documental de Chávarri sobre su decadente familia de señoritos de Astorga, los Panero

La madre y los hermanos de Leopoldo María Panero. Fotograma de El desencanto (1974)


"Con él se acaban los románticos rancios que quisieron hacer de su vida una obra de arte; los simbolistas de torre de marfil, absenta y tabú transgredido pour épater les bourgeois; los niños góticos de papá, pérgola y tenis… Fue culto, inteligente, imprevisible, solitario. Fue alcohólico, bisexual, esquizofrénico, adicto a mil sustancias, vagabundo, apologista de ETA, narrador, traductor y poeta. Poeta, sobre todo, y contra todo". Agustín Pérez-Leal (Teruel, 1965, Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego por La Noche en Arras, 2006; colaborador de revistas literarias como Turia, de Teruel, Renacimiento, de Sevilla, Archipiélago, de Barcelona, o La estafeta del viento, de Madrid, entre otras) se aparta de las loas acríticas al uso en estos casos y señala lúcidamente el porqué de la importancia de la obra de Panero en este excelente artículo escrito en exclusiva desde Alicante para los hiperestésicos lectores exquisitos y las exigentes lectoras insaciables del Suplemento Cultural de Abc: El último demiurgo.


Leopoldo María Panero en una escena de El desencanto (1974)









Y también en exclusiva para nuestros impíos lectores y nuestras viciosas lectoras, pero esta vez desde Madrid, escribe un cazador que ya ha capturado varias de las imágenes más intensas de la música actual y del wild side contemporáneo (las salvajes e inquietantes imágenes de Panero, entre ellas), el conocido fotógrafo de la Rolling Stone Thomas Canet (Berlín, 1975), que interpela al hechizado fantasma, que él conoció, en esta carta: Peter Punk, el espectro infantil.


El ojerosos fumador compulsivo, el ilustre poeta esquizofrénico Leopoldo María Panero








Siniestro como siempre, nuestro fiel amigo y arrojado secuaz de este, el Suplemento Cultural más raro y mejor de la historia de la prensa paraguaya, el intrépido Julián Sorel, hace una retrospectiva detectivesca del enigmático origen de la "monstruosidad" del poeta: El breakdown, el monstruo y uno mismo.

Desde la izquierda, Juan Luis y Michi Panero y Felicidad Blanc. Los hermanos y la madre de Leopoldo María Panero






Y esta canAllita, Dama Satán, te habla, impaciente lector, voraz lectora, del poeta como, según dijo de sí mismo el propio Panero, el "chivo expiatorio de la familia", y sobre una maldición familiar, y sobre un padre públicamente admirado y, en secreto, no del todo admirable, y sobre una madre egoísta, cobarde y fría, y, en fin, sobre un mundo de mentiras, de complicidad y de silencio, sobre ese mundo terrible y escondido en el que se gestan a la vez el genio y la locura: Los Locos Adams de Astorga.

Leopoldo María Panero habla en El desencanto (1974). Y les roba la película a todos los demás Panero. Para siempre.























SUPLEMENTO ELEGÍACO, PRIMERA PARTE





























SUPLEMENTO ELEGÍACO

Periodistas culturales, médicos y enterradores, 
cortesanos de la Muerte, séquito de los mejores,
pronto aprenden de la Parca el afán que ahora                                                                                      nombro
de la jugada imprevista: el hábito del asombro.

Que la Muerte ama llegar a la casa por sorpresa
es sabido por los hombres ilustres y los vulgares,
pero lo saben mejor, por algunas de sus presas,
médicos, enterradores, periodistas culturales.

Necrofilia y necrofagia son nombres de                                                                            perversiones
que comparten a la fuerza con buitres y con                                                                                      gusanos
periodistas culturales, sacerdotes, enterradores,
sepultureros y curas, poetas y matasanos.

Lector, levántate y anda, sacúdete la resaca
y reclama a tu quiosquero el Cultural, que esta                                                                                           flaca
del cortejo de la Pálida te va a contar esta vez
la memoria que perdura, no de una muerte: de                                                                                           tres


Dama Satán




abriel García Márquez junto al fotógrafo Vasco Szinetar en Caracas en 1982











El nobel de literatura Gabriel Gabo García Márquez se marchó para siempre a Macondo hace tres días

Murió el jueves una de las más potentes voces de ese decisivo fenómeno cultural contemporáneo que fue el Boom latinoamericano. El Azar dio un escenario inquietante –la luna roja que anuncia sangre, el terror del choque mortal del Jaguar de Cheo Feliciano en las sombras de una ruta de Puerto Rico durante la madrugada del Jueves Santo– al final del escritor nacido en Aracata en 1927. Gabo ha muerto, viva Gabo. 

El músico y actor Rubén Blades se despide del novelista y el cantautor muertos este jueves. La identificación con la cultura popular se ve en el peso de la tradición local y en la recreación de su faceta moderna y urbana, que, salvando las diferencias, por supuesto, marcan la literatura de Gabo y la música de Cheo: Feliz viaje, muchachos. Y Cheo se une a los otros fantasmas de la histórica banda fundada en los años 60 en Nueva York, la Fania All Star: La Orquesta de Ultratumba



La Fania All Stars en una fotografía de 1980. “Cheo” Feliciano está sentado en primera fila, al lado de la cantante cubana Celia Cruz














lunes, 7 de abril de 2014

PRIMICIAS EXCLUSIVAS PARA LECTORES (INS)PIRADOS


Ian Curtis en una fotografía de Kevin Cummins
























«Entre las muchas formas de combatir la nada, una de las mejores es hacer fotografías»
(Julio Cortázar, Las armas secretas)

«Si tus fotografías no son buenas, es que no te acercaste lo suficiente» (Robert Capa)


Ian Curtis camina por Manchester City un día de 1979 en esta foto de Cummins











Congeló escenas emblemáticas de Warsaw, Joy Division, New Order, Morrissey, The Smiths, Happy Mondays, The Stone Roses, Oasis. Creció con la expansión comercial de Manchester gracias a su nuevo rubro de exportación, tras los tejidos de algodón del periodo industrial: la música. Presente en toda esta historia –se hacía familiar a los músicos para no restar naturalidad a sus imágenes al fotografiarlos– la reflejó en fotos para New Musical Express, NME, cuyo director de fotografía fue por diez años: Kevin Cummins, el fotógrafo de la música de Manchester

Mozz en Dublín en 1991. Foto de Kevin Cummins
























Una selección de las impactantes imágenes en las que capturó escenas de la historia musical –y de la historia, a secas– de las dos décadas en las que siguió y retrató a los artistas de la movida de Manchester ha visitado ahora mismo Buenos Aires en el ciclo organizado por la embajada británica y UltraBrit «Manchester en Buenos Aires». La exposición de fotografías de Kevin Cummins se abrió solo hasta ayer, último día, domingo 6 de abril, en el Centro Cultural Borges. Mientras este ciclo u otro parecido llega a Asunción, tu canAllita, Dama Satán, te trajo info, opinión, imágenes y una entrevista hecha a Kevin Cummins durante su estancia porteña de bares, fútbol y cerveza, en exclusiva desde las polucionadas veredas de Buenos Aires para los audaces y vanguardistas lectores del más genuinamente cool-tural e (ins)pirado de los suplementos culturales del país, el Suplemento Cultural de ABC Color. 

Kevin Cummins, fotógrafo de la música de Manchester

























Complemento importante de todo tema cultural moderno y urbano, el concepto de gueto, en este caso según el sociólogo francés Ioïc Wacquant, nos lo trae esta reseña de Victorio Suárez: Las dos caras de un gueto. La entrevista a Kevin Cummins, hecha en Baires por Annabel Pitaud: Capturar el sonido rock en una imagen atípica. La intro al tema Cummins y Manchester, que Julián Sorel olvidó firmar: Kevin Cummins, el fótografo de la música de Manchester

El sociólogo francés Ioïc Wacquant analiza, como concepto y fenómeno, el gueto













Y para aquellos secretamente violentos lectores aguerridos, para aquellas curiosas lectoras temerarias: Ironías aparte, la música existe. A propósito de Manchester, por Dama Satán. 

The Smiths de pie en la famosa foto de Stephen Wright en 1985 frente al Salford Lads