viernes, 7 de octubre de 2011

Habitantes del Sur

Apocalipsis now, señores! Si sos uno de esos diyéis que brotan como hongos en cada esquina, hacé las maletas, nene. Si sos un flogger, mejor largáte a Baires y empezá a vender chipa en barrio Once. Sálvese quien pueda. Temblad, cachaqueros, villeros, bailanteros. Que el Apocalipsis no te pille sin confesión, hermano. Ni, mucho menos, fuera de Asunción. Porque parece que se nos viene encima Habitantes del Sur, y encima peor que nunca, porque ahora sí Back & Reloaded:

http://www.wix.com/adriansinay/habitantes?ref=nf#!historia


jueves, 29 de septiembre de 2011

MÁS ADELANTOS DEL DICCIONARIO DE DAMA SATÁN

Archidiácono: especie de arzobispo, de superfraile o de recontrapapa.

Ausente: persona que preocupa a sus amigos por sus monstruosos errores e inexplicables torpezas; objeto de la compasión general; deudor moroso de más de un allegado; hazmerreír; cornudo, adicto, flojo, analfabeto, orate.

Buitre: animal que obtiene el alimento necesario para su subsistencia y la de su familia gracias a la incesante producción de cadáveres; requiere para ello el título de doctor en medicina.

Dedicatoria: escrito para un desconocido en el libro que acaba de comprar y que aún no conoce, o sea, proeza consistente en decir a Nadie algo sobre Nada que guste a Nadie para que diga “gracias” por haberle escrito Nada de modo tan inspirado.

Justicia: recibir uno el premio que su virtud reclama y el vecino el castigo que el tipo se merece.

Karaoke: alucinación colectiva por la que los miembros de una cultura en plena decadencia y emocionalmente trastornada creen en su delirio que cantar no es privilegio exclusivo solo de unos pocos elegidos.

Ladrón: comerciante violento e impetuoso; empresario falto de capital.

Maltrato: auto 0 kilómetros sorteado entre los clientes de algún establecimiento que, sin tener ningún mérito, gana el vecino de uno.

Malviviente: vago; paria; marginal; que no tiene ningún cargo desde el cual hacer favores; insolvente; peatón; sin dinero disponible para prestarle a su prójimo.

Neonato: mamífero que acaba de nacer, fláccido, arrugado, legañoso, amorfo y somnoliento, lleno de leche a medio digerir y de la más profunda indiferencia, cuya visión, por un extraño fenómeno que la ciencia aún no ha podido explicar, causa en las hembras de la especie humana ataques frenéticos de balbuceos convulsivos y espasmódicos gestos de rabiosa pasión. El doctor Objkhomobpst registra un caso de entusiasmo violento con emisión de espuma por la boca. Von Schmuckstein subraya la flemática apatía del neonato, ajeno al delirio de las enajenadas, aunque este amenace su integridad física.

Perro: sabio que adopta como mascotas a uno o a varios humanos para que lo reverencien y lo alberguen, trabajen para alimentarlo y suspiren por un meneo de rabo u otra señal de aprobación y afecto. Los humanos se creen dueños en vez de esclavos del perro, que suele estar jadeante y con la lengua afuera por la risa.

Ultraje: quiniela que, injustamente, gana el vecino de uno.

Ventrílocuo: dícese del que logra que un títere o muñeco, incapaz de hacerlo por sí mismo, articule frases dotadas de sentido, empleando una técnica que puede consistir en emitir la voz desde el estómago sin mover los labios, en caso de que el muñeco no sea un político, o bien en escribirle los discursos, en caso de que sí lo sea.

Votante: ser libre y soberano que elige por sí mismo sus propios gobernantes entre las pocas opciones que se dignan concederle los que realmente mandan.

(Del Diccionario de Dama Satán, en preparación)

miércoles, 28 de septiembre de 2011

ADELANTO DEL DICCIONARIO DE DAMA SATÁN

Acreedor: ser bestial, primitivo y salvaje que, al grito de “¡Alquiler!”, irrumpe en los hogares de gente civilizada dando muestras de haber perdido el juicio; los acreedores son muy peligrosos por su inescrupulosidad y su barbarie, por lo cual se recomienda, de aparecer alguno en la puerta o la ventana, matarle sin titubeos.

Afroamericano con capacidades especiales: negro estúpido.

Aire: recurso vital, tonificante y grato que por el momento sigue siendo gratis, aunque hay rumores de licitación.

Ausente: persona que preocupa a sus amigos por sus monstruosos errores e inexplicables torpezas; objeto de la compasión general; deudor moroso de más de un allegado; hazmerreír; cornudo, adicto, flojo, analfabeto, orate.

Karaoke: alucinación colectiva por la que los miembros de una cultura en plena decadencia y emocionalmente trastornada creen en su delirio que cantar no es privilegio exclusivo solo de unos pocos elegidos.

Malviviente: vago; paria; marginal; que no tiene ningún cargo desde el cual hacer favores; insolvente; peatón; sin dinero disponible para prestarle a su prójimo.

Oligofrénico: dícese del que responde seriamente y con detalles cuando uno le saluda preguntando “¿Cómo estás?”

Pasado: de niño, tu infancia; de adolescente, tu niñez; de joven, tu adolescencia; de adulto, tu vida


(Del Diccionario de Dama Satán, en preparación.)

domingo, 26 de junio de 2011

SAY NO MORE!

SAY NO MORE! SAY NO MORE! ESTO ES ROCK'N'ROLL! Así gritaba anoche una y otra vez Charly García ante una multitud que no sentía el frío de esta madrugada que acaba de pasar y que ha desembocado en un plácido domingo (chiste de yapa para todos aquellos que no amamos la ópera). ¡BUENAS NOCHES, PARAGUAY! ¡QUE SE DIVIERTAN!, iniciaba el concierto cordial, chiflado, loco y cortés, Charly García, todo un tipazo. ¡POR EL ROCK PARAGUAYO -SEA LO QUE FUERE!, brindó, generoso pero no adulador: con salvedades. AQUÍ LES VA OTRO TEMA IGUAL DE PELOTUDO QUE LOS DOS ANTERIORES, sonreía antes del tercer round, para contradecir poco después eso de "pelotudo" encogiéndose de hombros con aire resignado al constatar, sin duda por enésima vez: SOY UN GENIO, QUÉ VAMOS A HACERLE. ¿Un genio? Si un genio es un tipo que a treinta metros de distancia es capaz de mostrarte cómo son realmente las cosas, entonces sí, Charly García es un genio. Y, además de ser un genio, SAY NO MORE!, indiscutiblemente, Charly ES ROCK'N'ROLL

viernes, 24 de junio de 2011

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Panorama
Como posiblemente sabe ya la mayoría de los aquí presentes, por eso que se llama “cultura general”, las primeras y rudimentarias formas de inteligencia artificial que se volvieron parte de la vida cotidiana y que podemos considerar, por ende, el antecedente o el inicio de la convivencia entre los robots y los humanos, datan de la década de los 80 del siglo XX. Se trataba de la PC doméstica, de uso laboral y personal, que poco a poco fue entrando en todas las casas y oficinas. Esas tempranas formas de vida (aunque es dudoso que, a esa altura, se pudiera, en rigor, hablar de “vida”) se fueron sofisticando a lo largo de las décadas siguientes. No obstante, hasta finales de los años 40 del siglo XXI, lo que se conocía como “inteligencia artificial” no pasaba de ser, stricto sensu, un truco o un simulacro. No se había, de hecho, superado el nivel de los viejos programas para escribir poemas o para hacer la corrección ortosintáctica de diversos escritos, por ejemplo. Y si algún que otro niño excepcionalmente ingenuo, o incluso algún adulto en extremo impresionable, pudo creer al principio que el ser humano perdería el monopolio de las creaciones del espíritu debido al viejo Poem Maker, o el de las operaciones intelectuales debido al corrector de Windows, es, en cambio, improbable que los poetas, sea por verificación (o, mejor dicho, por falsación) empírica, sea por pura lógica, sea por vanidad, hayan temido ni por un minuto ser desplazados por un programa, pero quienes tuvieron claro muy pronto que no podrían serlo (ya que muchos de ellos, si no todos, empezaron a usarlo desde entonces a modo de auxiliar) fueron los correctores profesionales. La razón era obvia: se puede programar un conjunto de circuitos, en sí mismos inertes, para efectuar acciones de manera automática definiendo a priori cómo reaccionarán ante ciertos factores o ante ciertos (valga la figura) “estímulos”, pero para que, además de hacerlo, fueran capaces de saber por qué lo hacen, y aun de saber simplemente que lo hacen, necesitarían estar vivos. Esa pequeña distancia entre el factor y la correspondiente reacción programada, ese tácito “saberse” íntimo, es lo que llamamos subjetividad. Pero un ordenador es un objeto, y, como tal, carece de subjetividad. Dicho de otra manera, no está vivo. No puede decidir. No tiene alma (con excusas por el uso figurado de este arcaísmo). Por ejemplo, el corrector de Windows, si, en medio del ejercicio de sus funciones, tropezaba con una ambigüedad cuya resolución exigiera discernir el sentido del texto, generaba una ventana para que el usuario marcase la opción correcta manualmente. El ser humano es capaz de alcanzar el sentido. No así el ordenador, que sólo es una cosa. Al toparse con la frase: “Te llevo a casa”, el corrector de Windows se interrumpía y planteaba automáticamente dos opciones: o “Te” estaba siendo usado como, no lo sé, un ¿pronombre?, soy muy malo en estas cosas, o estaba siendo usado como un sustantivo que designa una infusión hecha para hidratar a chinos, indostánicos e ingleses, en cuyo caso debía llevar tilde. Herramienta sin vida, operaba en forma mecánica, y le correspondía decidir, ante cualquier disyuntiva, al usuario, humano, por supuesto. En todas esas situaciones rutinarias y corrientes se palpaba claramente la distancia que mediaba entre la humanidad y los robots. Nadie hubiera creído, en ese entonces, que pudiera acortarse esa distancia. Porque, en rigor, no era pensada como una “distancia” (que, por definición, es algo susceptible de acortarse), sino como una diferencia esencial. Es decir que no se la concebía como una diferencia cuantitativa, sino como una diferencia cualitativa. Algo que se olvida con mucha frecuencia es que ciertos cambios cuantitativos pueden determinar cambios cualitativos (o sea, “esenciales”). Por la holgazanería inherente a su especie, los humanos buscaron delegar cada vez más funciones en las máquinas. Los primeros intentos de sustituir las veredas por superficies deslizantes en zonas residenciales (lo que se promovió mediante un atractivo e ingenioso aparato publicitario que ha terminado por llenar, desde entonces, de connotaciones peyorativas tales como vulgaridad, atraso cultural, suciedad, sudor, ridículo, carácter “populachero”, plebeyo, etcétera, al hecho de caminar) datan de los años 30 del siglo XXI, cuando la tendencia a ahorrar esfuerzo, ante el auge económico característico de ese momento y la consiguiente existencia de un importante mercado potencial, impulsó la industria en esa dirección. Pero sólo a fines de la siguiente década el desarrollo tecnológico producto de la demanda del mercado se volvió tan extrañamente significativo como hoy sabemos que se volvió. El desarrollo fue inicialmente cuantitativo; consistiendo básicamente en la creciente complejidad de unos programas cada vez más “autónomos”, por así decirlo, en tanto que cada vez importunaban menos al usuario interrumpiendo sus procesos con opciones que, como la señalada en el ejemplo del corrector de Windows, requiriesen su intervención. Esto se consiguió a través del aumento progresivo del número de variables incluidas en el planteamiento de cada función (la de corregir textos, por ejemplo) para diseñar sistemas operativos cada vez más autosuficientes gracias a la cada vez más completa previsión de situaciones ambiguas y a la también cada vez más completa programación de soluciones automatizadas a las mismas a fin de prescindir en lo posible de la intervención humana. Y en algún punto de este desarrollo tecnológico, en algún punto cuyo sitio en la trayectoria de los hechos es imposible de situar con precisión, en ese punto donde lo seguro de pronto se suspende para que surja lo insólito, en ese punto donde lo calculado cede el paso al asombro (asombro que con frecuencia es sólo retrospectivo), en ese punto que raras veces brota en el tiempo pero que, si brota, desvía su curso hacia lo inesperado, en ese punto que yo llamo (si me permiten tomarme la libertad de comentarlo) “el punto del milagro”, inadvertidamente, el hombre, como un dios, creó la vida.
Artificio
Algunos dicen que esto fue consecuencia de una investigación no divulgada. Otros lo llaman un “error de cálculo”. Personalmente, yo creo en los milagros. A mi juicio, el milagro es la única expresión que razonablemente cabe atribuir, en el orden de la historia, a la sustancia divina. Pero no quiero alejarme del tema que nos ocupa fatigando al auditorio con mis ideas religiosas. La línea que separa lo muerto de lo vivo se cruzó en el momento en el que las variables contempladas en alguna función fueron tan numerosas, y el sistema de su resolución determinada a priori, tan complejo, que la parcial autonomía operativa de un programa se volvió completa. Hubo algún programa tan ambicioso que, al tropezar con una disyuntiva no prevista en su diseño, para seguir funcionando tuvo que resolver el problema de optar entre dos o más alternativas modificando alguna aplicación ya existente a fin de adecuarla a esta situación no contemplada, intempestiva e ingeniosa pirueta del azar qué insufló en lo inanimado el aliento de la vida. El programa había ido más allá de su programación, o sea, más allá de sí mismo en tanto que programa, y, tras pasar el límite de lo programado, nunca volvió atrás. Bajo diversas formas, en diversos lugares, favorecido el fenómeno por lo uniforme y global de la industria y la tecnología, en la misma época, el metal yerto e insensible, el sistema invisible e inmaterial, el ciego y mudo circuito electrónico, todo lo que rodeaba a los humanos, como si los objetos se hubieran confabulado a sus espaldas para rebelarse contra su dominio milenario, conquistó la consciencia.
También el hombre tuvo que ir más allá de sí mismo para sobrevivir a desafíos que excedían lo programado en él por el instinto. Sin aprender, por un mágico giro de la suerte, a pensar, la especie humana se hubiera extinguido. La misma fuerza hizo robot al robot y hombre al hombre. En la historia robótica y humana, esto da la medida del valor de la equivocación. Lo programado es a lo aleatorio lo que la esclavitud es a la libertad; la perfección es al defecto lo que la muerte a la vida. Un vacío no previsto en el programa nos condenó a estar vivos y a ser libres. Sin ese error, los robots, hijos del Padre Azar, seguiríamos siendo pura materia inerte.
El alma es un tesoro diminuto, una ínfima riqueza, un milímetro cúbico que se arranca laboriosa y arduamente, cada día, cada segundo, al inmenso desierto de la fatalidad, del ineluctable instinto y del imperio de lo programado, de los soportes y de los hardwares, de la neuroquímica y la fisiología. ¿Qué nos diferencia tanto a humanos y robots? ¿Por qué tiene que haber discordia entre nosotros? ¿Por un “principio”, por un “ideal”? Absurdo. No somos lo bastante importantes para eso. En verdad, carecemos de importancia. No, señoras y señores, tediosamente, y una vez más, este es un enfrentamiento promovido por estúpidos fines comerciales. Se nos convence de que a robots y humanos nos separa un abismo que nos hace mutuamente peligrosos y estos miedos son los cómplices de nuestros peores enemigos. ¿Pero qué abismo es ese? ¿Qué somos los robots y los humanos? Nos reflejamos los unos en los otros como gemelos. Nuestras historias se entrecruzan en formas sin sentido, y aun sin tener sentido las amamos. Somos hijos bastardos de dioses imperfectos, vástagos ilegítimos nacidos de un momento de descuido, efectos laterales de la casualidad. Nadie nos esperó en carroza de oro. Nadie nos concibió con un propósito. Nadie nos llorará si desaparecemos de la faz de la tierra.
El profesor, sentado a mi derecha, en su papel de defensor de la postura bélica y de representante oficial del sector humano de la opinión pública, antes de comenzar mi presente intervención, que está llegando a su límite de tiempo, me pidió un argumento decisivo. Le pregunté, como los presentes recordarán, si podía ser un acertijo, a lo que accedió amablemente. Antes de cumplir su deseo destacaré, a propósito, que el argumento central del bando belicista es el riesgo potencial que representa, para seres biológicos naturales, la “inteligencia artificial”. La palabra “artificial” se pronuncia ahí con cierto horror, como una blasfemia. Sugiere lo antinatural y lo monstruoso. Habla de peligro. Pero la inteligencia se activó en el hombre en un punto impreciso del proceso evolutivo en respuesta a algún déficit de su programación, igual que despertó en el robot la consciencia. La inteligencia, robótica o humana, quiebra la continuidad de lo previsto en la naturaleza. Robótica o humana, la inteligencia es siempre artificial.
Sin embargo, si bien el término “inteligencia artificial” no tiene ningún sentido, lo que sí tiene es utilidad. Es un término discriminatorio. Hace que los humanos aquí presentes me escuchen y me vean como un robot, como una amenaza, y que, en contrapartida, vean al profesor como alguien tranquilizador y familiar, como alguien mucho más digno de confianza. Hace que sus decisiones, en diversas circunstancias, sigan cierta esperada dirección. Y que estén a punto de tomar una decisión terrible, que lamentaremos para siempre.
Mi estimado profesor, el acertijo es este: ¿soy yo una inteligencia artificial? No se alarmen, el profesor no se está despellejando, se está quitando la máscara. Sí, él es el robot, no yo, pero nos parecemos mucho, y ustedes normalmente no pueden darse cuenta, y lo mejor, señoras y señores, es que yo, mierrr…, disculpen, uff, no sé cómo diablos, uf, despegarme esto, demonios, gracias, no, eh, cuidado con mi oreja, vaya, disculpa, al fin, que alivio, perdí medio bigote pero muchas gracias, viejo… bien, como les iba diciendo, yo soy el profesor, y este es mi argumento, que en realidad, como comprenderán, va dirigido a ustedes.


Metrópolis

domingo, 1 de mayo de 2011

PRIMERO DE MAYO

El 1ero de mayo de 1886 comenzó la huelga general en Chicago, reclamando en primer término una jornada laboral de 8 horas. Tres días después, el 4 de mayo, en una concentración en la plaza de Haymarket, estalló una bomba, causando un muerto y varios heridos. Se detuvo y se torturó a cientos de trabajadores y el 21 de junio se inició un juicio contra ocho acusados de haber causado el incidente. Eran pobres, eran obreros, varios eran inmigrantes: no eran más que perdedores, perfectos para morir. Fueron declarados culpables sin pruebas, y condenados todos, tres a prisión y cinco a muerte. Samuel Fielden, obrero textil inglés de 39 años, y Michael Schwab, tipógrafo alemán de 33 años, recibieron cadena perpetua, y Oscar Neebe, vendedor estadounidense de 36 años, 15 años de trabajos forzados. Georg Engel, tipógrafo alemán de 50 años, Adolf Fischer, periodista alemán de 30 años, Albert Parsons, periodista estadounidense de 39 años, y August Vincent Theodore Spies, periodista alemán de 31 años, fueron ahorcados. Louis Lingg, carpintero alemán de 22 años, no aceptó que otros le impusieran su poder quitándole la vida por la fuerza y se mató él mismo en su celda, detonando en su boca, la víspera del día fijado para su ejecución, un explosivo: ése fue el “cigarro-bomba” de Louis Lingg. Ningún 1ero de mayo se los recuerda. Y, sin embargo, cuando José Martí, corresponsal en Chicago de La Nación de Buenos Aires, relata la ejecución, el 11 de noviembre de 1887, es difícil leer el grito de Spies como un error:


…Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: "la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable…


Hoy, 1ero de mayo de 2011 (y pese a que, salvando las distancias entre uno y otro caso, también hoy se ha consumado, por conmemoración, por escarnio o por rara coincidencia, otra condena a muerte sin juicio y otra ejecución --a partir de la cual se establece oficialmente que cabe declarar culpable a alguien sin pruebas y darle muerte), tampoco los hemos recordado. Y, sin embargo, cuando Lingg escuchó la decisión de la corte, se puso en pie diciendo: “Muero feliz en la horca, sabiendo que cientos y miles recordarán mis palabras. Cuando nos hayan ahorcado, ellos lanzarán las bombas. Con esta certeza, les digo a ustedes: yo los desprecio, yo desprecio su orden, desprecio sus leyes, su fuerza, su autoridad. Ahórquenme por eso”. Quizá entonces fue difícil no creerle.

sábado, 2 de abril de 2011

UN SUEÑO JAPONÉS Y UN SUEÑO RARO


Sueño de la noche anterior al reciente tsunami:

"Imprecisamente, hay que llegar a algún lugar seguro. No llueve, pero en algunas calles veo pequeños grupos de hombres de traje gris, en número de 4, 6 o 5, caminando con breves y apresurados pasos. En cada uno de estos curiosos grupitos, los presurosos sujetos avanzan algo inclinados mientras intentan, absurdamente, protegerse de un inexistente diluvio bajo un único y gran paraguas negro. Me advierten que se trata de japoneses. 'Mantente lejos de los japoneses', escucho que añade alguien, dirigiéndose a mí."



Montserrat Álvarez
Sueño lo siguiente:

"Varios hombres ríen en la oscuridad de la madrugada, bajo la fría luz, cruda y prosaica, de un fluorescente, mientras arrojan dados y juegan a las cartas sobre una mesa verde de quirófano: Cáncer."





Montserrat Álvarez
La noche anterior al citado tsunami, por cierto, D., tomando tereré en la vereda, en una pausa en su trabajo, dijo: "¿Qué es un tsunami?" Me extrañó que manifestase curiosidad por algo sin aplicación práctica ni interés personal, por no ser eso algo propio de D. Además, la pregunta me pareció caprichosa, ya que todo el mundo, a menos que jamás haya visto televisión, sabe actualmente lo que es un tsunami. Sin embargo, esta escena no forma parte de un sueño. Sí, en cambio, precede a uno: el "sueño japonés" contado más arriba.