domingo, 19 de marzo de 2017

DETRÁS DEL ESCENARIO

En 1997, fueron cancelados dos conciertos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en Olavarría. El intendente Helios Eseverri les había negado el permiso. Veinte años después, el fin de semana pasado, el Indio Solari volvió a esa ciudad en tiempos y circunstancias muy diferentes.





































DETRÁS DEL ESCENARIO



Creo que difícilmente habrá quien ponga en duda el valor y la importancia artística de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota y de quien, con Eduardo «Skay» Beilison y Carmen Castro, la «Negra Poli», integró su trinidad fundacional y fue, hasta la separación del grupo, su letrista y vocalista, Carlos «Indio» Solari. O que el vínculo que una historia y un espacio de rituales compartidos han forjado entre los ricoteros más leales y devotos es un aspecto sobremanera interesante de la cultura actual. Por último, creo que estaremos de acuerdo en convenir que el fenómeno artístico y el fenómeno social ricotero son de distinta índole y en que, por ende, si bien como individuos todos podemos valorar la producción estética de los Redondos, continuada después por el Indio, la emoción y la experiencia del fenómeno social ricotero no son para todos: son para los iniciados en esa tradición.
Soslayar este factor cuando se habla del «descontrol» y los «desmanes» de sus conciertos o del «maltrato» que implica peregrinar hasta las ciudades de provincia escogidas para cada recital puede generar enfoques sesgados. La ruptura del orden cotidiano –sea esta ruptura individual (viajes místicos, creación artística, las mil caras misteriosas de la deserción interna, etcétera) o colectiva (misas, ricoteras o no, fiestas religiosas o paganas, antiguas o modernas, etcétera)– es y ha sido siempre fuente de complejidad y fecundidad para la cultura, y uno de sus núcleos vitales.
Los incidentes desatados en Olavarría el pasado fin de semana durante el recital del Indio Solari arrojan luz sobre aspectos muy oscuros del poder en la actualidad, y creo preciso, hic et nunc, detenernos un momento a pensarlos.
Dejando a un lado los juicios personales de valor, los detalles forenses y las rápidas y a menudo exageradas inferencias mediáticas, aunque sin perderlos de vista –pues también son parte de los hechos–, lo ocurrido en Olavarría durante el concierto del Indio Solari y los Fundamentalistas del Aire Acondicionado es significativo a escala global.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue, en esta época tan huérfana de ejemplos, un grupo ejemplar. Por su decidida autogestión, por su deliberada independencia de los medios masivos, por su falta de concesiones al «star system» convencional. En suma, por conseguir asociar sus logros a principios intachables en una sociedad en la cual aparentemente ningún logro es posible sin ensuciarse las manos.
Por eso lo ocurrido es penoso y relevante; por eso es preciso un análisis, o varios, para recomponer el escenario y replantear estrategias de oposición y autonomía –en arte, en pensamiento, en cultura, en política, en todo–, o pensar otras nuevas.
Tal vez fue en el primer, resbaladizo momento de poner el pie en el circuito de la moda, de ceder a la tentación de alimentar al monstruo del éxito comercial, cuando la convocatoria del Indio comenzó a implicar riesgos difíciles de prever y de controlar, por más que cierto grado de riesgo haya sido siempre parte de las «misas». Después de haber burlado en cierto modo las idolatrías personales típicas de la industria del espectáculo con la figura de Patricio Rey, cuyas canciones eran lo importante, después de haber logrado, al frente de los Redondos, un desarrollo autónomo respecto de la prensa, Carlos «Indio» Solari, amargo y lúcido crítico de su tiempo por décadas, hasta abrió una fanpage en facebook; después de haber salido de esa ciudad sin dar su concierto en gran parte, si bien no fue eso lo que se alegó, por censura, al volver veinte años después dejó incluso que el intendente de Olavarría publicitara su recital en radio, televisión y tuiter. Como antes lo hicieran sus aciertos, es ahora su caída la que habla de nuestro mundo.
El éxito del fenómeno ricotero se convirtió en su fracaso. Un fracaso clave. Al integrar lo musical pero excediéndolo, este fenómeno revela la búsqueda en muchos de una voz para narrarse, de una tabla a la que aferrarse: revela, pues, un naufragio, un naufragio estructural, un naufragio social que se puede registrar tanto en Olavarría como en otras mil tragedias cotidianas que no son noticia.
A simple vista, parece haber dos actores principales en el predio de La Colmena durante el recital del fin de semana pasado: uno plural, abajo del escenario –el público–, y otro singular, arriba –el Indio–.
Se habla cada vez más del primero. Ya lo han hecho artistas como Andrés Calamaro, ya lo ha hecho el propio presidente del vecino país, el señor Macri, ya lo hacen diversos medios de prensa. La falta de límites. El «aguante». El peligroso juego hedonista que siempre coquetea con la muerte. La irracionalidad. La violencia. Los instintos primarios de destrucción y autodestrucción. La falta de respeto por la vida.
En una sociedad cuyo modo de funcionamiento económico (y, con ello, político) supone como norma mecanismos de reducción de costos y maximización de beneficios, el «aguante» no es asunto de excepciones desenfrenadas: es exigencia constante impuesta por ese modelo a los muchos que sufren dicha reducción a costa de la cual otros perciben dicho beneficio.
Esto no es «ideología»: es aritmética. Los hilos y las piezas del «peligroso juego» de Olavarría no están en manos del público del concierto. No es él quien lo controla.
Las mismas ecuaciones simples explican esta «excepción» y la norma, este «desorden» y el orden (sufrido con «aguante» cada día). Si metes trescientas mil personas donde caben doscientas mil, ganas cincuenta por ciento más. La misma matemática macabra permite mejorar el rendimiento de la operación: cuanto menor sea la inversión (en seguridad, por ejemplo), mayor será la ganancia.
¿Dónde está, pues, realmente la falta de respeto por la vida? ¿Dónde el coqueteo con la muerte? ¿Dónde la violencia? ¿Dónde la irracionalidad? ¿Dónde los instintos primarios? ¿Dónde la falta de límites?
Sobre el escenario, toda estrella de rock es convertida por sus adeptos en deidad y marioneta, en vector del descontento y termómetro de una época de crisis y extravío, en voz de los que no tienen voz pero sí muchos oídos. La desesperación se representa en las misas que celebra. La transitoria comunión suspende por unos instantes las barreras de un mundo demasiado excluyente para crear lazos sociales. La catarsis abre el espacio urgente de la ilusión para que el clima asfixiante de nuestras vidas se oxigene en el mágico paréntesis del reconocimiento y la libertad.
En el campo, abajo del escenario, la comunidad ricotera ha elegido ese recital para expresar lo que todos sentimos y nadie entiende, nuestras existencias perdidas, sin más horizonte que un mundo amasado a golpes brutales de desigualdad y cuyos problemas estructurales son negados o distorsionados sistemáticamente por las propias instituciones ciegas que hemos creado en esta larga historia.
Si los de abajo del escenario son irracionales o no, si son fanáticos o no tanto, en poco de esto se diferencian hoy del resto del planeta, y todavía menos de sus dueños. Hasta qué punto el de arriba del escenario transó con la lógica empresarial, si es que en el pasado no lo había hecho, es asunto a esclarecer. Finalmente, es una cuestión de juicio personal sobre un individuo que la orfandad de tantos había colocado en el lugar del gurú, del guía, del ídolo. Mero ser humano, tiene pies de barro; a fuer de ídolo, habrá de pagar el precio por haberse prestado a cumplir esa función con repulsas tan extremas como desmedida fue la idealización antes aceptada.
Y ni abajo ni arriba, sino detrás del escenario, invisible e impune en el amplio y confortable vacío dejado por el Estado ausente, sacando cuentas, optimizando rendimientos, firmando papeles, estrechando manos entre sonrisas cómplices, está el enemigo.






jueves, 29 de diciembre de 2016

NAVIDAD NEWTON


La antigua casa de labranza o granja –dos posibles traducciones del término inglés «farmstead»– de Woolsthorpe Manor, en el pueblo de Woolsthorpe-by-Colsterworth, en Lincolshire, fue el hogar natal de un científico que marcó el rumbo de la historia moderna. Muerto su padre pocos meses antes de que él naciera, y casada su madre en segundas nupcias cuando tenía tres años, el pequeño Isaac Newton se quedó solo con su abuela en la casa vacía, lo que, según suele decirse, impulsó su afición por leer y pensar.

NAVIDAD NEWTON

Woolthorpe Manor

A los trece años fue enviado a una escuela cuyo director, impresionado por la inteligencia del jovenzuelo, se empeñó en hacer todo lo que estuviera a su alcance para que fuese a Cambridge; en efecto, Newton fue aceptado en el Trinity College, al que llegó en junio de 1661.
Cambridge no lo satisfacía; aún se enseñaban en sus aulas los postulados aristotélicos. Sí disfrutó del estudio de las matemáticas con el primer profesor de la cátedra Lucasiana, Isaac Barrow, que lo paseó por todas ellas, desde las clásicas de Euclides hasta las modernas de Descartes.

Isaac Barrow

Sin embargo, a Newton también le interesaban los misterios de la voluntad, del color, de la memoria. Hizo experimentos para descubrir la incidencia de la voluntad en la visión. Una vez, miró fijamente al sol por horas, tras lo cual tuvo que, temporalmente ciego, guardar cama medio mes. En más feliz ocasión le reveló un prisma, descomponiendo un haz de luz blanca en los colores del arco iris, que la luz está hecha de los colores del Spectrum. Pink Floyd recordará esto en la tapa de Dark Side of the Moon.

Pink Floyd

Cuando la peste asolaba Cambridge, entre 1664 y 1666, Newton volvió por un tiempo a Woolthorpe Manor. Ahí desarrolló el cálculo integral, que llamó «de fluxiones» y que permite sumar magnitudes variables infinitamente pequeñas; en octubre de 1666, el joven Isaac publicó un tratado al respecto que reunía sus más recientes hallazgos: era ya, a los 24 años, un gigante de las matemáticas.
Su carrera académica fue meteórica. Para 1668, era Master of Arts y fellow del College, y en 1670 tenía la cátedra Lucasiana pues, deslumbrado por el joven fellow, Isaac Barrow dimitió a fin de que la ocupara, lo que le interesaba más que ocuparla él mismo. El noble Barrow, además, envió trabajos de Newton a círculos científicos de Londres y a la entonces recién establecida Royal Society. La teoría de la luz al comienzo fue recibida en esos círculos con hostilidad, por cierto, a causa de su mezcla de matemáticas y de observación, mezcla que, unida a la seguridad demostrada en las explicaciones, fue visto como arrogancia del joven autor.

Mercadotecnia newtoniana

Entre 1675 y 1685, la correspondencia de Newton con otros científicos fue especialmente intensa. A instancias de Robert Hooke, de la Royal Society, Newton empezó a pensar acerca de la causa del movimiento de los planetas en torno al Sol. La teoría más aceptada era la sugerida por Descartes: vórtices o remolinos del éter que rodea al Sol que empujan a los planetas en sus movimientos orbitales. Los cometas van en línea recta al Sol, pero su trayectoria se desvía, lo rodean y se alejan de él también en línea recta. ¿Por qué no caen en el Sol? Newton intuyó que el movimiento de los planetas y los cometas no era muy distinto. Ambos eran atraídos en línea recta por el Sol, pero su velocidad tangente a esa atracción los mantenía en órbitas elípticas. Sin esa fuerza de atracción en línea recta al Sol, los planetas saldrían disparados por su tangente, como cuando hacemos girar una piedra y soltamos la cuerda.
Con el cometa de 1680, astrónomos como John Flamsteed y Edmund Halley retomaron las especulaciones sobre la acción del Sol en los planetas. Pese a la condena sufrida por Galileo, el modelo heliocéntrico había ido imponiéndose sobre el geocéntrico. Mas por qué los planetas orbitaban en torno al Sol seguía siendo algo que los vórtices cartesianos solo resolvían en parte y para lo que muchos estaban buscando otras explicaciones, entre las que se barajaba la posibilidad de que el Sol ejerciera una fuerza central inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. Gracias al cálculo integral, Newton probó que, con una fuerza así, las órbitas planetarias serían elípticas, como Kepler había dicho. Su atracción sobre los planetas no era una mágica propiedad del Sol: Newton propuso que su causa era la masa de los cuerpos y que, por ende, esa atracción se daba entre todos los astros: era la gravitación universal. Los cuerpos se atraen con una fuerza proporcional a sus masas y al cuadrado de la distancia que los separa. Por la gravitación universal giran los planetas en órbitas elípticas en torno al Sol, por la gravitación universal gira la luna en torno a la tierra, por la gravitación universal la piedra cae al piso.

Halley y Newton (Cosmos)

En julio de 1687 Newton puso juntas todas esas ideas en los titánicos Principios Matemáticos de Filosofía Natural, es decir, los Philosophiæ naturalis principia mathematica, o, para los amigos, «los Principia», a secas, uno de los libros más influyentes de la historia de la ciencia. Pese a ello, Newton no vivía precisamente acosado por los paparazzi en Cambridge. Salía poco de su habitación, y, cuando salía, a menudo una idea inesperada e inspirada lo llevaba a correr de regreso a su mesa de trabajo. Sus clases eran tan aburridas que nadie iba a ellas, así que las dejaba, escritas, en la biblioteca, para no tener que hablar en un aula vacía. Pero, a pesar de todo eso, con los Principia ya no podía pasar desapercibido. En 1687 aceptó ser miembro del Parlamento a título de representante de la universidad; como tal, apoyó muy activamente la ley de libertad religiosa; no logró, pese a su ahínco, que tal libertad se extendiera a católicos y antitrinitarios, con lo que, como él era lo segundo, tuvo que seguir manteniendo ocultas sus creencias.
La discreta etapa de Cambridge terminó en 1696, cuando Newton aceptó ser director del Mint, la casa de la moneda de Inglaterra. En ese punto comenzó a experimentar un giro radical en su vida: en Londres fue muy distinta de lo que había sido en Cambridge. Fue nombrado Sir, y luego, en 1703, presidente de la Royal Society, puesto con el cual su genio se impuso sin pausa ni prisa y lo situó finalmente en la mente de todos como lo que en verdad era: el científico británico más brillante de su momento y tal vez el mayor de su siglo.

Manuscrito de Newton (Cambridge)

La Royal Society de Londres había sido fundada en 1660 por el rey Carlos II, a partir de ciertas reuniones informales, y a veces secretas, de algunos académicos de Oxford y de Londres. La idea de formar una asociación para poder debatir independientemente había sido adelantada ya por Francis Bacon cuando gente como Robert Boyle, Christopher Wren o Robert Hooke empezaron a reunirse: Boyle llamó a esta la Sociedad Invisible. La idea era tener reuniones independientes del poder religioso y del poder político. Cuando Carlos II decidió ponerla bajo el patrocinio de la corona, se comprometió a respetar esa independencia y preservarla. El lema de la Royal Society era «Nullius in Verba», pues nada sería aceptado como cierto meramente por ser afirmado, sino solo si era demostrado con hechos o con razonamientos.

Escudo de la Royal Society

No es seguro que el rigor y la transparencia anhelados se lograran en todos los desafíos que la Royal Society atravesó en su historia. Un episodio que despierta todavía sospechas de venalidad es la controversia sobre la prioridad del desarrollo del cálculo integral y diferencial con el gran Leibniz, que, afirmando que lo había descubierto antes que Newton, reclamó, en consecuencia, una rectificación pública de parte de su colega. La Royal Society convocó a un comité de expertos para que resolvieran el caso. Y fue entonces cuando la Royal Society, presidida en ese momento por el mismo sir Isaac, declaró oficial y solemnemente la prioridad de Newton en el desarrollo del cálculo integral.

Controversia Leibniz-Newton

La noche del 20 de marzo de 1727, tras varios meses de cólicos nefríticos, Isaac Newton murió en su casa de Kensington, en Londres. Fue enterrado con honores en la Abadía de Westminster, y en su tumba hay símbolos matemáticos, astronómicos y científicos, mezcla tan rica como su pensamiento, e igualmente difícil de encajar, por su complejidad, en los cómodos esquemas cientificistas –no científicos– que oponen tantos saberes presentados como mutuamente excluyentes.
Conviene recordar aquí que, hacia 1690, sir Isaac había retomado con ímpetu sus trabajos teológicos, movido por el afán de demostrar la falsedad del dogma trinitario. Para la visión popular y masiva que la inmensa mayoría de la gente tiene de la ciencia, debe ser algo desconcertante que un científico como Newton fuese creyente, y que se dedicase a la teología con tanta pasión y con tanto rigor como a la física.
Pero para sir Isaac Newton, que era extraordinariamente racional y extraordinariamente religioso, la fecha de su nacimiento, el día de Navidad de 1642, era una señal de que Dios esperaba de él que revelase a los hombres los secretos del mundo físico.
Aunque en nuestro calendario (hoy, el gregoriano) su cumpleaños es en realidad el 4 de enero (lo que pasa es que, en ese tiempo, regía el calendario juliano), siempre nos divierte mucho ver cómo miles de personas comienzan, una tras otra, todos los años, puntualmente y sin excepción, a felicitarse por el cumpleaños de Newton el día de Navidad, creyendo ingenuamente que en ello hay una especie de desafío a la religión en tanto opuesta a la ciencia. Créanme, no lo hay.

Navidad Newton
















El 4 de enero es el aniversario del nacimiento del gran físico, matemático y teólogo sir Isaac Newton. Sin embargo, por una especie de rito popular, la mayoría de la gente lo recuerda el 25 de diciembre, fecha correspondiente al entonces imperante calendario juliano. También lo saludaremos, por ende, en este mes:

NAVIDAD NEWTON.


Yo











lunes, 21 de noviembre de 2016

LA TEXTURA DE LOS SUEÑOS



















Pokémon Go es la puerta masiva a la realidad aumentada, que a su vez es una mutación histórica que afectará a la experiencia del cuerpo y del espacio, a la percepción del tiempo y a las formas de la sensibilidad, al modo de procesar información y de pensar y al ejercicio de la inteligencia, al tipo de emociones compartidas y al modo de compartirlas y comunicarlas, a la experiencia de la reunión y a la idea misma de comunidad. Genera un inmediato vacío teórico, lo que supone un desafío alucinante y difícil (es decir, estupendo) para el pensamiento filosófico e histórico, y que es un hito poderoso, que será fecundo en cambios. Un diálogo antiplatónico, o como entrar en el plano de la realidad aumentada sin tener que descargarte una app: LA TEXTURA DE LOS SUEÑOS.

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POKEPOEMA



POKEPOEMA

Corría el año dieciocho de Tenmon
cuando Francisco Javier llegó al Japón.
Los marineros de la nave portuguesa
apostaban a las cartas su cerveza
para disfrutar mejor los ratos de ocio
sin pensar que podría ser negocio.
Después de que en Japón desembarcaron,
los japoneses sus naipes adoptaron.
Los nobles llevaban jugando ahí mil años
despreocupados de deudas y de daños,
aunque a los pobres les era muy ingrato
pagar por tal placer nada barato.
Muchos tenían que guisar al gato
si se endeudaban bajo el shogunato.
Apostar se convirtió en algo ilegal
al cortar con el mundo occidental.
Para seguir jugando, los lugareños
de los naipes cambiaron los diseños.
Renovaron la tapa de la caja
y cada figurita de la baraja
e inventaron así la Unsun Naruta,
cuyos dibujos son de la gran fruta:
dragones, armaduras y guerreros
que podés contemplar días enteros,
adoptados, como la mandarina,
de la loca y genial cultura china.
Cuando este mazo fue tan popular
que el rollo no paraba de jugar,
como acostumbra con toda diversión,
el gobierno decretó su prohibición.
Y el Mekuri Karuta pegó que daba miedo
desde comienzos del periodo Edo
hasta que lo prohibió una nueva ley
emitida en la era de Kansei.
Por cada nuevo mazo que se prohibía,
el pueblo otra baraja producía
y por cada sanción que se promulgaba
otro tipo de naipes circulaba.
Así burlaron las leyes represoras
los miembros de las clases jugadoras
hasta que al fin el gobierno se cansó
y sus leyes contra el juego relajó,
lo cual dejó de par en par abiertas
a las cartas Hanafuda las puertas.
Pero estas cartas no vienen numeradas
y por eso al apostar son complicadas,
pues, aunque no te impiden toda apuesta,
timbear con ellas a lo grande cuesta,
y quizá fue por este inconveniente
que el Hanafuda no pegó en la gente.
Mas, por larga que sea, toda sequía
tiene que terminar siempre algún día
en que nadie lo espera, pero llueve,
y eso pasó en el siglo diecinueve
cuando un joven artesano en Kioto
puso el juego al alcance de cualquier roto
con algo nimio que sería tremendo:
abrió una tienda que llamó «Nintendo».
Y, desde mil novecientos ochenta y nueve,
ese antiguo boliche el mundo mueve.
Comenzó haciendo cartas Hanafuda
con la técnica antigua y concienzuda
de pintar cuidadosa y manualmente
cada naipe de un modo diferente.
Mas su expansión no la inspiró una musa
sino una mafia, llamada la «Yakuza»,
emperatriz del lucro clandestino
de las apuestas y de los casinos.
Así un encantador vicio folclórico
adquirió relevancia de hecho histórico,
y, como a su modo –trágico– Hirohito,
Fusajiro Yamauchi marcó un hito,
pues si un mundo acabó con el primero,
el imperio del segundo es el mundo 
                                             entero.
Aunque al clásico amante de las consolas
es mejor no romperle las pokebolas,
ya no existe frontera nacional
que limite la realidad virtual
y la pantalla también es ilimitada
al moverte en la realidad aumentada:
¡que el boliche esté en Kioto no calienta,
si tienes joystick desde los setenta
(y la distancia con Japón no es nada,
si siempre hay cerca una pokeparada)!
Todo esto comenzó, como aquí veis,
a mediados del siglo dieciséis,
y lo que otrora fue un juego de mesa,
nuestra era lo mutó en una mega-empresa.
No sabemos si eso está bien, o mal:
son las dinámicas del capital,
que envasa mandarinas como zumo
según los mecanismos del consumo
y que lleva en la manga bien guardado
el as de la demanda del mercado.
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DE LOS NAIPES ARTESANALES A LA REALIDAD AUMENTADA

El mismo año –1889– en que se inauguraba la Torre Eiffel, el primer número de The Wall Street Journal salía a las calles y nacía Adolf Hitler, y el mismo lunes –23 de septiembre– en que moría en Londres el autor de The Moonstone, Wilkie Collins, Fusajiro Yamauchi abría en Kioto un pequeño negocio que creció rápidamente vendiendo naipes artesanales a la Yakuza, mafia que controlaba las salas de juego y las apuestas. Lo llamó NINTENDO.  

Miembro de la Yakuza armado con katana y tatuado con irezumi, en algún lugar del siglo XX
La ambivalente moneda es buen símbolo del juego: si se la arroja, invoca al azar; si se la intercambia, al lucro. El juego atraviesa la historia entera de la cultura y tiene, en toda época y lugar, como la moneda, dos caras: parte de la vida real y realidad paralela; inocencia infantil y vicio adulto; diversión y negocio; paréntesis de alegría desinteresada y circuito de intereses, poder, dinero, industria y mafia.
Lo que veremos a continuación es el origen remoto e insospechado de un imperio hoy más vivo que nunca y que comienza con la historia de las cartas Hanafuda, que es la historia del juego contra la ley.



(Vamos! 😉 Haz click en ese enlace superior para jugar también esta partida histórica)

Juego artesanal de naipes Kabufuda, de Nintendo; las Kabufuda se usaban para el oicho kabu, juego por excelencia de los mafiosos
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DE LOS NAIPES ARTESANALES A LA REALIDAD AUMENTADA



El mismo año –1889– en que se inauguraba la Torre Eiffel, el primer número de The Wall Street Journal salía a las calles y nacía Adolf Hitler, y el mismo lunes –23 de septiembre– en que moría en Londres el autor de The Moonstone, Wilkie Collins, Fusajiro Yamauchi abría en Kioto un pequeño negocio que creció rápidamente vendiendo naipes artesanales a la Yakuza, mafia que controlaba las salas de juego y las apuestas. Lo llamó NINTENDO.  

Miembro de la Yakuza armado con katana y tatuado con irezumi, en algún lugar del siglo XX




La ambivalente moneda es buen símbolo del juego: si se la arroja, invoca al azar; si se la intercambia, al lucro. El juego atraviesa la historia entera de la cultura y tiene, en toda época y lugar, como la moneda, dos caras: parte de la vida real y realidad paralela; inocencia infantil y vicio adulto; diversión y negocio; paréntesis de alegría desinteresada y circuito de intereses, poder, dinero, industria y mafia.
Lo que veremos a continuación es el origen remoto e insospechado de un imperio hoy más vivo que nunca y que comienza con la historia de las cartas Hanafuda, que es la historia del juego contra la ley.



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Juego artesanal de naipes Kabufuda, de Nintendo; las Kabufuda se usaban para el oicho kabu, juego por excelencia de los mafiosos

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domingo, 20 de noviembre de 2016

NOVIEMBRE



Vereda del Trobadour, en Los Ángeles, en noviembre pasado (2015), llegando al concierto por el primer centenario de Joe Hill





















En la foto de arriba pueden ver la vereda del Trobadour, en Los Ángeles, el año pasado, poco antes del concierto por el primer centenario de Joe Hill. Hace un año de esa noche; hace un año que, esa noche de noviembre del 2015, Tom Morello, guitarrista de Rage Against the Machine, declaraba que sin Joe Hill no hubieran existido ni Woody Guthrie ni Bob Dylan ni Bruce Springsteen ni The Clash, ni Public Enemy ni Minor Threat ni System of a Down... ni Rage Against The Machine «Without Joe Hill, there's no Guthrie, no Dylan, no Springsteen, no Clash, no Public Enemy, no Minor Threat, no System of a Down... no Rage Against the Machine»). 


http://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/el-primer-rolling-stone-1475631.html


















El espectro de Joe Hill recorre, subterráneo, la cultura actual: cruza la literatura del último siglo desde la primera elegía que le dedicó el poeta londinense Alfred Hayes, The man who never died, elegía que el gran Earl Robinson hizo canción; cruza el cine desde aquel filme, hoy de culto, The Ballad of Joe Hill (1971), de Bo Wilderberg; la música (le han cantado, y han cantado sus canciones, Paul Robeson, Woody Guthrie, Pete Seeger, Joan Báez –que le dedica un célebre cover en Woodstock en el 69–, Scott Walker, The Dubliners, Ziggy Marley …), las artes gráficas, el cómic… Su impronta asoma recurrentemente en ciertas zonas radicales del arte y el pensamiento contemporáneos.
Cliquea el título abajo y conoce la vida de los wobblies, parias entre los parias, la historia de la predicadora loca que lo parió en Suecia y la extraña y dura vida del gran nómada Joe Hill, a.K.a Joel Emmanuel Hägglund, a.K.a Joseph Hillström, «el primer Rolling Stone»:


Joe Hill Lo ataron a una silla y pusieron un corazón de papel en blanco sobre su pecho. No había manera que el pelotón...
Publicado por Fernando Llanos en Miércoles, 4 de mayo de 2016


Tom Morello, al centro: «Without Joe Hill, there's no Guthrie, no Dylan, no Springsteen, no Clash, no Public Enemy, no Minor Threat, no System of a Down... no Rage Against the Machine»