miércoles 14 de marzo de 2012

ORACIÓN PARA BORIS


  




(En memoria de Boris, fallecido en Sajonia el
28 de febrero del año 2012 a la 1 de la tarde)






Señor que todo amparas
cuida de mi perrito
que nunca hizo el mal
tu criatura
que ahora vuelve a ti
el que en la Tierra
fuera llamado Boris
no dejes que haya pena en su pequeño
callado corazón
que nada oprima su grave
mudo corazón de perro
no lo dejes creer que esta vez no lo sigo
porque ya no lo quiera
dile
que no debe temer que yo tenga otro perro
y que él sea olvidado

primero lo enterré en mi corazón luego en la tierra dile
que a su lado camina mi corazón con él
que no debe creer
aunque así lo parezca
que ahora va solito
porque yo pienso en él
donde quiera que vaya

cuida de su rabito
con el que saludaba
de su ojito
el que pude salvar
para que me mirara
de sus patitas
las cuatro aventureras
las de adelante que
gentilmente posaba
las de atrás
con las que se impulsaba
para alto brincar, Señor
que todo amparas

dile que no esté triste dile que sus patitas
lo sabrán conducir
por lo desconocido
como siempre lo hicieron
mientras vivimos juntos
que camine animoso
las orejas en punta
bien erguido
que no se perderá con sus patitas
que siempre lo trajeron hacia mí

con sus patitas
las que sin vacilar
partían donde hubiera
que partir
con sus patitas
que desde que nacieron
ya lo sabían todo
y que por eso
no tropezaron nunca





























 









Montserrat Álvarez.







MÁS ADELANTOS DEL DICCIONARIO DE DAMA SATÁN

A los detractores que nunca faltan: Si ustedes creyeron que durante todo este tiempo estuve ociosa y sin escribir nada de puro kaigüé, acertaron. Pero ahora empezaré a ponerme al día.



Antro


Antró: Entró al antro.

Benefactor (1): Bienhechor, mecenas, tirano que alimenta su grandeza a costa de explotar a sus parásitos.

Benefactor (2): Filántropo, déspota que sacia su apetito de poder amparando al desvalido.

Diputado: El que nace con el auténtico deseo de llegar a ser diputado, como el que nace con el deseo auténtico de llegar a ser gerente, empresario, ejecutivo, senador, notario o presidente, por lo general logra cumplirlo. Porque ese es el único castigo a la altura de un deseo tan inconcebiblemente antinatural.

Editor: Allí donde uno se limita a preguntarse, estupefacto: «Pero, ¿qué clase de libros podrá leer este imbécil?», o: «Pero, ¿qué clase de imbécil podrá leer estos libros?», el editor hace que los unos y los otros se encuentren y queden flechados de amor a primera vista.  

Felicidad: Cuando los plutonianos, en su investigación de la cultura terrícola, me preguntaron el significado de la voz «felicidad», respondí sin titubear que es el término espurio que usan los fariseos para designar al pancho con mostaza. Tras pensar rápidamente en todos estos milenios de propuestas filosóficas, me pareció una respuesta tan buena como cualquier otra.

Pancho con mostaza: véase Felicidad.

Parásito (1): Esclavo a tiempo completo cuyo trabajo consiste en ser proclama viviente de la bondad ajena y de la infamia propia. 

Parásito (2): El único adulador que no necesita pronunciar halagos porque su sola existencia es su mejor cepillada. 

Parásito (3): Adulador condenado a adular a su benefactor aunque lo insulte, porque al insultarlo demuestra la bondad y la magnanimidad de este. 

Parásito (4): Realidad ontólogicamente degradada del sujeto que con existir ya adula y en el cual, por ende, ser es cepillar. Antónimo: Benefactor (véase).

Vejez: La definición usual de la vejez como «Etapa de la vida que precede a la muerte» es una falacia, pues todas las edades equidistan de la muerte, y si un octogenario tiene más posibilidades de morir de apoplejía que un pendejo, a cambio tiene muchas menos de morir acuchillado en una pelea por colarse sin pagar en un concierto de rock. Lo que pasa es que a l@s viej@s, nadie sabe por qué, les encanta quejarse.

lunes 12 de marzo de 2012

UNA CARTA


POR QUÉ ESCRIBÍ «UNA CARTA»

Entré al café a escribir, pero TELEPATÍA no fue lo que escribí en el café, sino el relato de lo que pasó en el café antes de escribir. Por hoy TELEPATÍA queda inconcluso porque así creo suspenso y espero que el lector sufra mientras yo lo prosigo y de ese modo disfruto pensando en cómo el lector estará soportando la tensión de su expectativa. Pero lo que escribí después en el café, y juro que no lo digo por hacerme la interesante, ni yo sé qué cosa es, ni sé si alguien, en caso de que alguien lo lea, podrá decir lo que es. Le dio origen un diálogo entre Y (Yo) y E (Él):
«E: Veo que no saludaste a X.
«Y: No, porque antes era amistoso conmigo y desde hace un tiempo no lo es, así que supongo que ha tenido la osadía de juzgarme por algo que he dicho o hecho, craso error que no perdono nunca. Por la misma razón, tampoco pienso volver a saludar a Y ni a Z.
«E: Pero vos juzgás a los demás. ¿Por qué los demás no habrían de juzgarte a vos?»
En efecto, ¿por qué? Valía la pena responderlo y lo intenté. Pero el resultado fue la especie de puré o magma que va a continuación. Lleva «Una carta» por título provisorio, provisorio porque es un título estúpido, aunque rigurosamente cierto, y lo cambiaré apenas se me ocurra uno mejor.



UNA CARTA

Ustedes pueden juzgarme. Yo no debiera juzgarlos. Por eso yo, para empezar, los juzgo. Y, para continuar, no admito que ninguno de ustedes me juzgue a mí.

Al que da alguna muestra de haberme juzgado, lo observo hasta verificar si, en efecto, lo ha hecho.

Si uno o más cambios en su actitud hacia mí me confirman que ha tenido la insolencia de juzgarme, en la siguiente ocasión en la que vuelvo a encontrarlo desdeño públicamente contestar a su saludo.

Claro que eso hace que otros más de ustedes me juzguen; tengo entonces que negar más saludos y así crece el rechazo del grupo que ustedes forman contra la singularidad en que consisto. Todo esto es para mí divertido e inevitable. He desdeñado a tal o cual, parte del digno montón que los incluye a ustedes, ergo, mi desdén se les podría aplicar, por lo cual es preciso defenderse.

Esto me hace sentir muy halagada. Ustedes debieran ser conmigo mucho más clementes, pues cada uno de ustedes es parte de un grupo aquí y de otro allá, y yo soy mal recibida en todo grupo. Consisto en una extravagancia. Ustedes son, en suma, los más fuertes. Que pese a ello me juzguen y me descalifiquen con dureza y obren en consecuencia me dice que no soy rival de poca monta.

Yo, cuyo parecer nadie o casi nadie entiende, sin más que mis ideas raras e impopulares, no los puedo juzgar, pues ustedes, si caen sobre mí, lo harán con todo el peso de la masa, mientras que ustedes, respaldados por el hecho de que hay otros que son semejantes o iguales a ustedes, pueden juzgarme a mí con todas las ventajas de su parte.

Por eso yo debería sumarme a otros (por ejemplo, a ustedes) para así no estar sola ante el mundo.

Estar sola ante el mundo, en efecto, no es fácil. A veces es extenuante. No es algo para cualquiera. Sin embargo, yo no puedo desear ninguna otra cosa.

Si yo los juzgo a ustedes, eso no les afecta desde el punto de vista social, que es, por antonomasia, el punto de vista de ustedes. Mi juicio no es más que el de un individuo con ideas raras. Una excentricidad.

En cambio, yo no puedo dejar que ninguno de ustedes, con su implícita fuerza de rebaño, me juzgue. Vivir como yo requiere emplear tácticas para reponer fuerzas y ahorrar sufrimiento. Es una guerra tan larga como la vida, y en la que no pienso ser derrotada por agotamiento. Hay estrategias. Por ejemplo, no dejo pasar un juicio que, si no lo repudio con desdén, podría sumarse a otros, y tal vez coincidir en algún momento con más circunstancias hostiles de otro tipo, y hacer que me quiebre, o incluso que caiga. ¿Entienden?

Conozco la desesperación, el pánico, la pena, el terror y todas las torturas del infierno del modo en el que únicamente un genuino solitario las puede conocer. Pero sé defenderme, y estoy en este mundo decidida a probar que lo merezco más que cualquiera de ustedes.

El tiempo, cuando el peso de ustedes no sea nada y no quede memoria de sus nombres, dejará en pie la verdad de mi vida y mis palabras: esa posteridad me pertenece. Pero, entretanto, debo sobrevivir. Por eso no permito que ninguno de ustedes me juzgue impunemente. Y, por si cometieran el error de creer que les temo, les demuestro que no, al darme yo el lujo de juzgarles y no dignarme tratarlos.

Al hombre la vida le excede, no sabe qué hacer de ella. Así que actúa y actúa, sin un porqué, o, mejor dicho, con cualquier porqué, pues el porqué no importa. Actúa para defenderse de sí mismo, para apagar el aullido de la desmesura de su necesidad, de su espantoso anhelo, del abismo de su insatisfacción, del pavor de su confusión, de su terror de animal, de su violencia asustada, de su dolor peligroso. Si dejara de actuar, se mataría.

Y, si no se disuelve en pura acción, un día grita: «¡Basta!» y comienza a existir. Antes, perdido en actos, sin distancia de nada, sin adentro ni afuera, hombre, actos, mundo, cosas, todo era un fluir indistinto.

Empieza a existir en un lugar aparte, un lugar «interior». Allí la desesperación le dará hambre de amor y aprenderá a soñar con el amor, y la insatisfacción le enseñará el deseo.

Aprenderá a estar solo guardando en sí lo amado cuando no esté y, adentro, se llenará de todo, de universos enteros, en una construcción tan rara y tan compleja que se volverá enigma. Tener a mano a otros no será no estar solo, y no tenerlos tampoco será estarlo, porque eso sería volver a lo indistinto, al fluir gomoso sin adentro ni afuera, en el cual, propiamente, él no existía. Y no irá lejos en la poesía si no se arranca de tal esclavitud. Tan pobre condición no supera la muerte. La derrotan las varias figuras de la muerte, el vacío, lo mudo y lo deshabitado, y huye de ellas hacia lo indistinto, hacia ustedes, y actúa para no pensar ni sentir y estar siempre afuera, dejando su interior hueco o lleno de desechos inservibles.

La ausencia para él es absoluta, mientras que, en cambio, el arte hace brujería de la ausencia, y, por magia demoníaca, se ríe de la muerte, y el artista cruza la soledad sin estar solo, pues su arte es talismán que, igual que los poderes del amor y el deseo, trae a la presencia aquello que está ausente. Si no fuera así, no tendría nada adentro, no sería un artista, ni un amante, ni un viviente con alma, y más le valdría disolverse en sus actos, afuera, como ustedes.

Ustedes no tienen ni un amigo aunque tengan miles. No saben crear ni amar. Amor y amistad, aun lejos y a solas, siempre siguen cerca y siempre amando. Es el mismo secreto del arte ante la muerte. Pero ustedes no tienen interior, y si no están en presencia de los otros, nada subsiste en la ausencia, pues su único modo de existir es el de las cosas: son ustedes en esto meras cosas.

Hay que vencer un salvaje terror para aprender a amar. Por eso el cobarde no ama. Ni el avaro. La genuina avaricia no es solo un asunto de dinero. El avaro se delata hasta en el talle, en el gesto o la mueca, en la tez cetrina, renegrida, opaca, en la mirada, en todo. Recibir la belleza del mundo y amarla como un regalo es un gesto magnánimo. El que acepta un regalo afirma su valor. Por eso es miserable rechazar un regalo.

Ustedes viven en un escenario, aun en los momentos en que nadie los ve, porque están siempre afuera, y afuera es un sitio público, y no tienen adentro un espacio privado. Por eso necesitan compañía. O, si no, se tienen que perder en actos. Y si no, se aburren o se entristecen, y, en suma, no pueden soportar la soledad y la tienen que llenar con algo, con lo que sea.

Pero la verdad es que ustedes nunca están solos. Lo que llaman soledad no es soledad, sino vacío: vacío en el sentido de un circo vacío o un teatro vacío.

Entiendo que se tengan que aturdir. No estoy libre de esa experiencia. No los repudio como alguien superior. Conozco los impulsos que los mueven. No me son ajenos. Tranquilícense: yo los entiendo. Sé bien que los sentimientos de ustedes no son tales, sé que sus ideas son espurias, que sus pasiones son de cartón piedra, que son necios, mezquinos y cobardes. Mucho me ha costado no ser lo que ustedes son, ¡no se imaginan cuánto! Los veo bien, mentirosos. Ustedes no valen nada.

¿Qué es lo que ustedes buscan con su ruido, que no deja pensar? ¡No pensar! Claro, lo sé. Pero si me pego a ti sin un adentro donde pensarte tal como eres sin mí, no existes, y entonces, ¿cómo amarte? Si me disuelvo en mis actos sin poderme apartar adentro, lejos de ti, ¿cómo desearte?

Si solo existes cuando estás al lado, ¿qué eres, sino una cosa? ¿Qué queda de ti cuando no estás a mano? ¿Qué palabra te dirá, qué nota, qué trazo registrará tu paso por la tierra, que llave me abrirá la puerta del país donde estás cuando no estás, para que puedas existir sin mí, del modo insondable en el que existen los vivientes con alma, y no las cosas?

¡Nada lo podrá hacer, si eres solo una cosa!

Ustedes se juntan en su espacio colectivo, afuera, donde nada hondo persiste bajo la superficie de la mera presencia. Creen que huyen de la soledad, pero solo conocen el vacío. Creen que están juntos porque se amontonan, pero eso es solamente suma, y no compañía. Así que ¿a qué llaman ustedes amor, o amistad?

¿A qué llaman ustedes hijos o mascotas? ¿A qué llaman cerveza o chicle? ¿A qué llaman estornudo, canguro, ideas? ¿Creen que sin sentir cabe pensar? ¿O que pensar es menos peligroso que sentir? ¿Qué creen que se juega uno al pensar? ¿Eh? ¿Creen que es sencillo, que bastan unos genes «privilegiados», que no sería fácil y tentador perderse, acomodarse, caer en el éxito, montarse uno su propia y ridícula farsa? ¿Y a qué llaman amigos, y qué número de ellos creen que es posible tener en una vida?

¿A qué llaman ustedes sentir algo, a qué llaman belleza, a qué llaman amor, a qué llaman pasión, siendo como son todos y cada uno de ustedes meros y banales efectos de superficie, siendo todos y cada uno de ustedes incapaces de estar lejos, a solas, con el desierto adentro? ¿Cómo osan decir palabras si no podrían pasar en el desierto al menos treinta días con sus noches? ¿Creen que sin ser capaces de eso pueden tener realidad, en la boca de ustedes, las palabras? ¿A qué llaman «querer», ustedes que no pueden dejar la realidad ni un minuto, que ni siquiera pueden leer esto sin menear sus cabezotas con brushing o con planchita o con lo que mierda se emplasten la peluca, diciendo con meneo digno de viejas chotas «Sí, y menos mal que no somos capaces»? ¡Puf! Ustedes me aburren inenarrablemente.

En su adentro aprende el hombre la ciencia minuciosa y febril del deseo, lejos de lo que ama con furia de animal y paciencia de santo o de asesino; y aprende así el amor.

Ustedes no están juntos porque tengan muy tiernos sentimientos, sino porque no tienen sentimientos. Los sentimientos viven en un alma, no afuera, pero los actos ocupan en ustedes el lugar de todo lo interior.

Ustedes no están locos. Creen estarlo porque se atiborran de alcohol, stone, sexo, café, chocolate, cocaína, pastillas, butifarra, ibuprofeno, asadito, ácidos o lo que sea. Yo también lo hago, ¿y qué? Eso no es estar loco. No tienen, por ejemplo, el poder de la alucinación: ¿de qué interior podrían tomar algo para ponerlo afuera? A lo sumo, en periodos de crisis se podrán confundir por estrés o por estupidez al trazar afuera a medias lo que no tienen adentro.

No tienen nada adentro, pero el loco es capaz de perder todo lo que hay afuera por defender la verdad que lleva en su interior. Por lo que lleva adentro, es capaz de renunciar al mundo. Ustedes no son capaces de locura. No tienen esa fuerza.

Ustedes son pegajosos porque no tienen arte que sostenga lo ausente, y antes que estar solos prefieren compañía en la pantalla del ordenador, porque para ustedes adentro no hay nada y solo afuera hay amor y amistad. Ustedes viven solamente afuera. Ustedes me creen egoísta porque repudio sus dichos melosos y sus «te quiero» y los llamo cursis y falsos en sus narices, y digo que es el miedo lo que los aglutina como un budín rancio y mal mezclado y no creo que se apelmacen por amor ni amistad sino porque son flojos y con grumos, como un engrudo tedioso. Y que digo que su vacío se llena del ruido del grupo, y que en el círculo estéril de sus actos son clones sin interior y que son cuerdos porque viven fuera, en la escena de grupo llamada «realidad», mientras que el loco es todo lo contrario de ustedes, tan raro en su interior que este no puede caber en fórmulas colectivas.

Complicidades banales les hacen creer que son parte de algo; añadimos unas cuantas palabras grandilocuentes (familia, amor, amistad, etcétera), y logran vivir su vida entera, desde la cuna hasta el féretro, sin llegar a saber nunca qué es el amor ni qué es la belleza ni qué es pensar ni qué es nada real, pero sin morir de hambre: subsisten con sucedáneos de alimentos que impiden perecer de inanición e incluso tienen colores más vivos y sabores más fuertes que las realidades a las que reemplazan. Un ketchup junto al cual el tomate es insulso, una emulsión sintética de tan lustroso amarillo que a su lado la mayonesa real parece apagada.

Y los frutos de la tierra que fueran algún día cosechados o arrancados de los árboles, y lo que se tomara alguna vez de animales criados en las granjas o cazados en los montes o en el mar, decepciona después de haber disfrutado en superficies acrílicas de manjares con más sabor a carne que las vacas, más dulces que las frutas, más reales que lo real y más vivos que la vida. Y el arcaico pudor de lo profundo, si atañe a la pasión o a la emoción, hastía o sabe a poco después de mil ruidosas proclamas de sentimientos que brindan lo que brinda todo show: una ilusión que tape cualquier grieta.    

Ustedes no quieren un interior propio, diferente de todos los demás. Su idea de la vida, el amor, la amistad, se basa en no tenerlo. No pueden marchar solos por el mundo. Los defectos de cada uno no importan: el grupo lo defenderá del extraño que los vea y los señale. No hay un adentro en ninguno de ustedes. No hay un rincón donde pensar lejos del resto. Y el que pueda desearlo no es uno de los suyos. De hecho, que exista semejante freak es bastante molesto para ustedes, así que mejor se va si no quiere recibir un par de buenas coces lanzadas al unísono, ¡Jijau!

¿Ven cómo los entiendo?

Cuando no hablo con ustedes, sé muy bien por qué lo hago.

TELEPATÍA


La siguiente escena sucede en un café, en el que acabo de estar hace un par de horas. Quería escribir sobre cierto asunto. La idea de escribir no se me ocurrió en el café. Entré al café para escribir ahí. Entrar a un café esperando poder escribir es un riesgo. Por suerte, el sitio era perfecto para mi propósito. Ni una mesa ruidosa, ni un solo niño, dos o tres clientes discretos, sumidos en revistas o periódicos. Pocas veces se dan tan buenas condiciones. Así que me senté, pedí un café y comencé a escribir.

En eso vi que uno de los clientes no leía ningún periódico. En vez de seguir escribiendo, procedí a descifrar los contenidos de su mente por el método de la telepatía. Encontré lo siguiente:

«Euuu… Bauffffpssst… ¿Y qué? Puta carajo [sic]Ad libitum, ad libitum… Ammmmm… Cómo te quiero dar… Martes, martes… Luna… Busssss… Prrrr… Plantearle eso a tu jefe no es sencillo… Fotocopiar decretos, martes, martes… ¡Hamburrrrrrguee-e-e-sssa!»

Satisfecha por el éxito inmediato y por la precisión de mis resultados, pasé a realizar un ejercicio más avanzado aún, comunicándole, socarronamente, y siempre por el método telepático, claro está, las siguientes ideas:

«Hay una mosca zumbando en su oreja derecha. Zumbando. En su oreja. La oreja de la derecha. La mosca zumba impune. Es una pesada. Merece morir. Mátela. Mate a esa imbécil. Está zumbando a propósito. Es un zumbido de odio. Se mofa de usted en su propia oreja derecha. Desafía su autoridad y viola su territorio. Mosca invasora, malvada. Mátela, mátela, mátela, grrrrrrr, usted la odia, aplaste a esa maldita, maldita, bleuf, barp, sangre, ughhh, muerte, grrrrr, arf, matar, escruic, mataaaaaaaarrrr.»

En este punto, para mi secreto regocijo, el cliente se asestó un súbito y sonoro bofetón en la oreja. En la oreja izquierda, pero esto no era demasiado grave; no pasaba de una pequeña imprecisión al descodificar mi texto telepático. Quizá el sujeto tuviera alguna forma leve de dislexia, o bien pudiera tratarse de un zurdo o un ambidextro. Siempre con el control del encuentro telepático en mis manos, ya que el sujeto en cuestión recibía y acataba mis mensajes sin ser consciente de ello, estudié su fisonomía con un vistazo en el cual puse un matiz sutil y significativo, con algo de complicidad condescendiente y, al mismo tiempo, de superioridad casi burlona. Era un personaje mofletudo de 35 años que el 14 de agosto cumpliría 36, trabajaba en un estudio jurídico en la calle Ayolas de nuestra capital, su señora esperaba el primer vástago dentro de tres meses, era su implosivo nombre Brígido Baez Balbuena y tenía cédula de identidad número 1.239.040 y un yuruné de la gran siete. Hecho este somero análisis, lo conminé con el poder de mi mente a dirigirse a mí en su fuero interno y obtuve resultados inmediatos. Con aire alelado y mirada perdida, fijó por un segundo sus turbios ojos en mí, apartándolos de súbito al percatarse, indicio de que me estaba interpelando en su interior. En ese momento encontré en el sujeto los siguientes contenidos mentales:

«Coger… Coger… Cómo… Con quién… Pero ya… Blefpt… Coger y recoger… Dónde… Fluf… Blaaafffffppsssstt… Cómo te quiero dar… Fu… Jiiia…»

Por si hubiere un esbozo de agresividad en su discurso, sin variar mi inmutable y pétrea expresión, que hacía impenetrable mi rostro e impedía sospechar la importante operación científica que estaba llevando a cabo, decidí comunicar al mofletudo sujeto algo que inhibiera cualquier posible impulso prepotente de su parte, por lo cual le transmití lo que sigue:

«Ay, sí, por favor, vos y cuántos más. No vas a ligar ni tuque. Hacete dar por un negro. No se te ocurra tratar de armar quilombo. Anda con tu señora.»

Para mi sorpresa, el individuo se puso en pie como impulsado por un resorte y avanzó directa y decididamente hacia mí. Me sumergí en mi café pero exhalé sin querer aire en la taza y me lo salpiqué casi todo en un ojo. Parpadeando a fin de expulsar de mi cavidad ocular el azucarado brebaje y conservando mi aplomo y el completo dominio de la escena, miré de arriba abajo al sujeto que, de pie ante mí, trataba, ante mi rostro impertérrito y levemente sarcástico, de balbucear su confusión sin encontrar las palabras.

Con suprema ironía, le susurré, mirándolo de modo tan agudo y penetrante como el maldito café en mi ojo lo permitía:

«¿Desea usted decirme algo? Lo puedo ayudar, veamos… ¿Tal vez se trate del concepto de “Bauffffpssst”? ¿No? ¿Será, entonces, algo relativo al “Blefpt”? ¿O quizá quiera usted hablar del “Fluf”?»

No sabría decir hasta qué punto el sujeto acusó el terrible alcance telepático de mis punzantes alusiones, pues pareció, por un momento, algo confuso, como una especie de ganso relativamente beodo, mas se sobrepuso a su turbación rápidamente y, con entusiasmo digno de mejor causa, me espetó lo que sigue:

«¡Jajajá, Montse, vos siempre personaje [sic]! ¿Cómo andás, che? ¿Siempre escribiendo?»

Indignada, guardé inmediatamente mi cuaderno y mi bolígrafo en mi bolso y lo miré con una altanería que habría hecho hervir de furia la sangre de un reptil disecado, pero él, como si no lo afectara en absoluto, se sentó a mi mesa con la desfachatez más asombrosa, y en ese preciso instante recordé quién era.

Afectado aún, sin él saberlo, por la experiencia telepática a la que lo acababa de someter, Brígido Báez Balbuena me miró en cuanto hube encontrado su archivo en mi memoria y profirió lo que era a la vez una pregunta y su propia respuesta afirmativa:

«¿Ya te acordaste de mí?»

Nos habíamos visto, como mucho, tres veces en quince años, pero, en efecto, me acordaba de él. Por qué, aún lo ignoro. Y por qué él, a su vez, se acordaba de mí, lo ignoro por igual. Nada notable había sucedido en ninguno de aquellos por demás triviales e insulsos encuentros. No habían dado lugar a un trato más frecuente ni a una ulterior amistad. No parecíamos compartir gustos, intereses ni ideas importantes. El motivo por el cual ninguno de los dos había desechado la difusa e irrelevante imagen del otro es para mí un absoluto misterio.

Más raro aún, Brígido Báez Balbuena recordaba con erudición fanática cada uno de los mil detalles, por completo banales y faltos de sentido, del primero de nuestros, con el de hoy, cuatro encuentros, sucedido quince años atrás. Con minuciosidad agotadora, enumeró colectivos descartados y abordados, frases huecas, la amenaza de una lluvia que no se desató, un edificio en construcción desde el cual los albañiles nos gritaron algo en guaraní, tres paradas de taxi vistas al pasar, diversos comentarios profundamente estúpidos acerca del calor insoportable que hacía, un profundo charco en medio del empedrado de cierta calle, un vendedor ambulante de mosto.

Mi asombró creció hasta triplicarse cuando, a mi vez, con fluidez y naturalidad, yo di aún más detalles de aquel primer encuentro con Brígido Báez Balbuena. Descubrí que tengo un registro exhaustivo de un millón de minucias totalmente anodinas de una jornada que ocupa sin ningún provecho concebible un enorme espacio de mi disco duro, que podría aprovechar para guardar información más útil y valiosa.

Habíamos entrado en un bar del centro. Éramos tres: Brígido Báez Balbuena, Lilith Bruguez Sarmiento y yo, Montserrat Álvarez. Abundando en nimiedades con pueril pedantería, expuse que, al acercarse a nuestra mesa la camarera, de bonete negro con un pequeño lazo lateral del mismo color y delantal a juego con dos bolsillos abajo y uno arriba, habíamos pedido: Brígido Báez Balbuena, agua tónica Paso de los Toros, que yo nunca había visto ni bebido antes de venir a Paraguay; Lilith Bruguez Sarmiento, jugo de pera; y yo, Montserrat Álvarez, un helado de crema americana.

«Has de saber», dije con severidad a Brígido Báez Balbuena, «que Paso de los Toros fue la primera gaseosa paraguaya que conocí».

«Bueno», carraspeó el interpelado, «la verdad, es uruguaya».

Aunque me guardé de demostrarlo, mi estupor ante esta revelación no tuvo límites. ¡Así, pues, había vivido yo quince años en las tinieblas! Anduve tanto tiempo por la senda de las sombras, cuando hubiera podido ver la luz con tan solo leer una etiqueta. (Nota: en la versión final del cuento, que esto sirva de parábola, no sé aún de parábola de qué, pero de algo importante y que indique amarga experiencia y honda sabiduría.)

«En aquel entonces, yo era en extremo tímida», seguí diciendo a Brígido Báez Balbuena. «Así que nunca le pregunté a Lilith por qué, cuando pidió su jugo de pera, añadió, dirigiéndose a la camarera, lo siguiente: “Ponga pera y agua en la licuadora, y licue todo”. Si pudiera regresar al pasado y enmendar mis errores, hoy, en esa misma situación, y con mi timidez ya superada, le preguntaría a Lilith por qué dijo eso.»

Hice una lúgubre pausa y proseguí:

«¿Temía que pusieran pollo al spiedo en la licuadora? ¿A qué venía aquella precaución? ¿Acaso era una posibilidad que, por error, le trajeran un licuado de chancho con ravioles?» Brígido Báez Balbuena rió y, para orgullo mío, admitió que no recordaba esa parte.

Sin embargo, a mí, que ya había conseguido olvidarla, ahora me atormenta sin descanso.

¿Por qué dijo eso Lilith? ¿Cuál era su temor? ¿Qué podía pasar si no aclaraba lo de la pera, el agua y la licuadora?

Y lo peor de todo es saber que, aunque busque y encuentre a Lilith Bruguez Sarmiento, aunque la cite y me siente ante ella y la mire a los ojos y con toda firmeza le pregunte por qué hace quince años, en un bar del centro, hizo esa aclaración al pedir un jugo de pera, y aunque Lilith Bruguez Sarmiento tenga el sincero afán de responderme con la pura verdad, probablemente Lilith Bruguez Sarmiento no recordaría qué ©¥®±#§µ@ jugo pidió ni qué hizo ese §Ö©¥® día ni por qué @#§µØ le dijo eso a la ¥®±µ§ camarera.

Lo cual quiere decir que nunca lo sabré, ¡jamás, nevermore!, como graznó el ©¥®±§µ# cuervo, que jamás me veré libre de esta duda corrosiva, irresoluble, y que hasta el fin de mis días me torturará el anhelo de una certeza imposible y perdida en aquel pasado irrecuperable donde no tuve el valor de preguntarlo. Y sin jamás el alivio, el bálsamo de una respuesta, deambularé sin tregua por los negros laberintos de la imposibilidad.

Pero justamente al filo de la desesperación suceden los milagros. En el instante en que Brígido Báez Balbuena anunciaba su intención de pedir una cerveza, entró al café una mujer de ojos saltones, feos y verde claro, como uvas sin piel, candorosos dientes de conejo, caderas desproporcionadamente anchas que le daban la típica figura que se llama «de pera», anteojos como fondos de botella, piel del color del papel de fumar o el pollo hervido, pelo prácticamente blanco de tan rubio, como si se tratara de una especie de marsopa albina y un vestido realmente horrible, como hecho de un mantel de navidad sacado de un set de televisión de los años setenta para un programa tipo La tribu Brady, con restos de salsa, y un número de pecas que no puedo sino calificar de abrumador y de inverosímil.

La desdichada se dirigió a la mesa donde Brígido Báez Balbuena estuviera sentado poco antes.

El lector quizá ya habrá adivinado lo que yo hice a continuación…

(Continuará…)

viernes 24 de febrero de 2012

LOVE WILL TEAR US APART


Veo a Michel riéndose divertido una tarde mientras limpia con su pañuelo los cedés que no sonaban por estar, según afirma con toda la cortesía posible, abyectamente sucios de restos de mermelada, o tal vez, teoriza, de miel o de melaza, o, por qué no, de dulce, sea éste de leche, de batata, de mamón o de guayaba. Lo veo caminando y conversando a mi lado mientras vamos los dos en busca de cerveza por el barrio. Veo a Michel durmiendo en el sofá, pocos días después de haber logrado huir del manicomio, mientras piensa en la forma de volver a su casa sin arriesgarse a ser encerrado de nuevo. Veo la gentil sonrisa cómplice cuando deja asomar la paradoja detrás de lo que afirma abiertamente, y la breve y preciosa intimidad al calor de ese ingenio compartida. Veo cierta noche en un tenebroso pub del centro de Asunción, sentados muchos a una larga mesa y pidiendo y pidiendo más botellas, en extremo contentos por algún motivo que ahora no recuerdo, o, más probablemente, sin motivo, y Michel y yo a un lado, hablando de muy extrañas cosas que no pienso olvidar, ni comentar tampoco. Veo la gastada escalinata de blancura leprosa, o lunar, o marmórea, y la altísima puerta del umbral de su casa. Lo veo llegar a visitarme, de pie en la entrada de la casa de mis padres, alto él también y vestido, como en general fue siempre su costumbre, con esa, más que discreta, velada o inadvertida, o nada llamativa, inasible cualidad que, en una multitud, señala al aristócrata, la piel tan blanca como su camisa de cerrados puños y alto cuello. Michel el dandy, Michel el indigente, Michel el impecable y, al fin, Michel el loco.

Las noticias policiales hablan de él como de un “extranjero indigente”. Michel era de nacionalidad, en efecto, brasileña, pese a que él siempre será uno de los motivos misteriosos —misteriosos, al menos, para mí— por los cuales solo en Paraguay puedo sentirme en casa, sin tener que renunciar, por ello, a la libertad de sentirme extranjera aquí y en todas partes —como él, creo, también se habrá sentido a su modo, pues el gastado tópico del “extraño”, el “outsider”, en Michel con frecuencia parecía real. Nadie tenía ni tiene —ni yo tampoco— el nivel de dominio, de entendimiento y de penetración de Michel en materia filosófica en toda esta ciudad, y murió precisamente como el filósofo que era hasta los huesos, es decir, como un paria, y sin nada de todo eso que suelen llamarse “honores”.

Los vecinos del lugar, interrogados por la policía, lo describieron, según dicen los diarios, como un vagabundo sin techo o un mendigo que merodeaba por la zona. Debió ser el mendigo más culto y elegante de la historia. Las breves notas de la sección de “Policiales” de la prensa insisten en señalar que lo único que tenía consigo era su cédula de identidad. Fumador compulsivo, no había en sus bolsillos ni un encendedor ni una caja de fósforos. Escritor minucioso, no llevaba ni un papel ni un lápiz ni un bolígrafo. Nada más que esa cédula, la última defensa del sospechoso contra la policía. No tenía billetera, ni reloj, ni celular. Es lo más digno que he escuchado nunca. 
Veo la escena. Sigue existiendo aún, entre los muros de la polvorienta casa de la calle Caballero. Mejor dicho, ahora existe, si cabe, más que antes, solo que, sin dejar de ser la misma, es, en cierta forma insidiosa, sutil, ya otra escena, una escena espectral, sin tiempo, sin ayer, sin mañana, sin antes ni después, tal como si, por ejemplo, una sonrisa inocente, pura y encantadora, sin perder todas esas cualidades, se hubiera quedado como trágicamente congelada en un rostro, alcanzando así, por una parte, existencia perpetua, pero obteniendo también, por otra parte, debido a esa fijeza antinatural, poco a poco, conforme la miramos más detenidamente, un matiz ligero de algo hasta entonces en ella desconocido, el atisbo impreciso de algo borroso y poco familiar, un vago aire como de mueca ambigua. 
La escena se repite ya incesantemente, para la eternidad, en aquel mismo viejo dormitorio que fue primero el del niño, luego el del adolescente y, finalmente, el del hombre solitario. Veo en él a Michel, al fondo de la gran mansión decrépita, en medio de la ruina inevitable saludada por las risas psicóticas de los secretos fantasmas familiares barriendo con el viento feroz de la locura las enormes estancias desiertas, las ventanas cerradas por las que nunca se veía el mundo, los altos techos donde el eco traidor gritaba con voz grotesca los pensamientos ocultos, el delirio geométrico de las antiguas baldosas cubriendo hasta el último rincón con sus monótonos, fatales laberintos. 
Cuando se pone el sol, el fuego brilla más. Veo la pasión brotar incontenible, como si fuera sangre de una herida, en medio de la penumbra del reino crepuscular que heredara Michel. Veo la juventud y el ansia de vivir y escucho la música. She’s lost control again, pero lo que ninguno sabía en ese entonces era que el que no pierde el control lo pierde todo. Veo el pulso frenético del baile sacudiendo los brazos irresistiblemente, Love will tear us apart again, llenando el dormitorio de desesperación y de belleza, de exaltación y alegría, el baile que fue quizá presagio despreocupado del póstumo braceo de la muerte en el río.
Michel murió sin nada en los bolsillos, salvo su cédula de identidad. Desde que Heráclito, habiendo nacido rey de los efesios, viviera y terminara sus días como un mendigo, y desde que Diógenes, siendo ciudadano por derecho, prefiriera la libertad de vivir en la calle como un perro, no recuerdo a otro filósofo, desde la Antigüedad hasta el presente, que haya sido capaz de llegar tan lejos como llegó Michel. Al entrar en el río y perderse de vista, sin posesión alguna, mucho de lo que en él podía morir ya estaba muerto, hasta el último harapo y la última moneda. Las aguas terminaron de lavar a Michel Maidana de cuanto de mortal aún pudiera restarle. Ya solo queda de él aquello que no muere.






LOVE WILL TEAR US APART

"El cuerpo de un indigente brasileño ahogado fue rescatado ayer del río Paraguay, detrás del edificio del Congreso. El hallazgo se produjo a las 13:30 en 15 de Agosto y Playa, en una zona de obras de la nueva costanera. Agentes de la comisaría 5ª metropolitana identificaron al fallecido como Michel Alexandre Maidana Céspedes (44), nacido en San Paulo, Brasil, según un documento hallado en una billetera que tenía en el bolsillo. Los uniformados dijeron que la víctima era una persona indigente que merodeaba en la zona del Palacio de Gobierno." (ABC Color, 22 de Febrero de 2012). "Un hombre de nacionalidad brasileña, de nombre Michel Alexandré Maidana Céspedes, de 44 años, fue encontrado sin signos de vida en las costas del parque Bicentenario en la tarde de ayer. El cuerpo llevaba 3 días de fallecimiento, aproximadamente, a causa de ahogamiento, según el informe del médico forense. Maidana fue encontrado cerca de las 13.30 de ayer por los agentes de la comisaría 5.ª Metropolitana. Los uniformados manifestaron que recibieron la denuncia por parte de unas personas que estaban practicando deportes en las aguas del río Paraguay. El cuerpo del extranjero fue llevado a la Morgue Judicial hasta tanto se presente algún familiar. En su poder solo hallaron su documento de identidad." (Última Hora, 22 de febrero). "El cuerpo de un rapai que había desaparecido en aguas del río Paraguay, fue encontrado ayer en la bahía cerca de la Chacarita (frente al Parque Bicentenario), en dirección de la calle 15 de Agosto. El informe policial señala que se trataría de Michael Alexandre Maidana (44), un pochonto ndaje, que vivía en la calle. El cadáver fue encontrado al mediodía por vecinos que dieron aviso a la policía que acudió al lugar. Posteriormente fue derivado a la morgue judicial por los intervinientes. No se conoce con exactitud el motivo de la muerte del rapai que no tenía domicilio ni paradero fijo." (Diario Popular, miércoles 22 de febrero de 2012).

miércoles 8 de febrero de 2012

NO OS DEJÉIS ENGAÑAR



No os dejéis seducir:
no hay retorno ninguno.
El día está a las puertas,
hay ya viento nocturno:
no vendrá otra mañana.
No os dejéis engañar
con que la vida es poco.
Bebedla a grandes tragos,
porque no os bastará
cuando hayáis de perderla.
No os dejéis consolar.
Vuestro tiempo no es mucho.
El lodo, a los podridos.
La vida es lo más grande.
Perderla es perder todo.



(B. Brecht.)

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