sábado 21 de noviembre de 2009

MONÓLOGO ATRAPADO EN LA VEREDA

Esto es tipo un documento sociológico o algo por el estilo. Pasó lo siguiente: después de que se fueron N y O me duché y fui a comprar puchos.

El barrio hervía pese a que ya era casi el anochecer.
Me senté al filo de la vereda para hacerle el aguante a una perra y tomar el fresco. Es una perra que yo ya conozco porque me sigue siempre por la calle y le tengo que retar para que no suba detrás de mí si tomo un colectivo.

En comp
ensación entonces curto con ella cuando la encuentro po r el camino. Es en extremo feroz pero, ignoro por qué, al parecer hace una excepción conmigo, o yo le caigo particularmente bien. Es muy ágil pero un tanto inescrupulosa. Por ejemplo, suele cazar palomas y se las come crudas. Sin embargo, creo haber observado que tiene buen gusto musical.

Estando así en el borde de la vereda oí al viejo. Su vos me llegaba, según creo, por encima de la muralla de su patio. En realidad eran dos, pero al otro no pude entenderle una coma. De modo que he tenido que editar o reformatear ese diálogo reduciéndolo a monólogo.

Es que, sea por lo que fuere, busqué mi celular para grabar lo que el viejo decía, y de ahí vine a desgrabar y pasar ese botín a Word. No sé si es un botín bueno, malo o regular; eso lo dirán mejor que yo quienes entiendan de esta clase de archivos, materiales, fuentes o documentos.

Advertencia: Tuve que borrar casi todo el archivo porque no se entendían varias partes donde el ruido de la calle tapaba la voz del viejo, y además tenía mucho yopará, que yo manejo de modo demasiado deficiente para aventurarme a trascribirlo. Al menos logré rescatar un pedazo, que copio aquí mismo más o menos, o sea, lo mejor posible:

«He vivido muchos años pero todo fue tan rápido que esto a veces me parece que es como otro país. Será que nuestro país se nos pierde a los viejos por la ruta, jajá, se nos queda detrás. Opá ité.

«Los jóvenes creen en la democracia. No han visto nada. Un albañil tomaba antes güisqui a mil’í guaracas la botella, igual que caña. La democracia trajo la miseria. Les gusta a los intelectuales hablar de democracia. Ojalá repartan su plata democráticamente con nosotros. Su plata no la van a democratizar ni en pedo los letraditos, jajá. Hablan y oikó porá, suena lindo, a cultura, y se plaguean contra los burros que no piensan lo que ellos dicen.

«Quiero oírlos discursear un día que hayan pensado llevar aunque sea puchero de cuarta a los suyos en casa y no puedan, cuando aprendan lo que duele no poder darles ni eso; a ver si entonces eran incorruptibles, a ver si luego seguían criticando a otros. Esos letraditos que saben tanto de todo no saben nada de nada. Nunca sabrán lo que es irse a la cama con hambre.

«Stroessner al menos a las cuatro de la mañana estaba en pie y sólo tenía una debilidad, las mujeres. Pero después las casaba, les ponía una mansión, las afinaba para ser señoronas del Cente y que ellas y sus hijos y nietos fueran lo mejor de la sociedad, y ay del que se recordara de que fueron sus amantes, de que las trajo llenas de piques y piojos de la campaña y de que recién a los veinte años se pusieron su primer par de zapatos. Era calentón pero pagaba bien por un servicio, jajá. Son los platudos de ahora; por eso son como son, un montón de hijos de puta.»

Bueno. He ahí el fragmento. No es mucho, pero no pude desgrabar nada del resto por las dos razones que arriba expliqué. ¿Qué opinan? Y, de paso, ¿a quiénes se refiere? =)

lunes 16 de noviembre de 2009

INTUICIÓN, ANÁLISIS, ARTE: EL PORQUÉ DE PELAR PANZA

(Éste es otro pedazo en limpio de mi, ejem, filosofía.)
(Sí, mi filosofía, o sea, de Montse o Dama Satán, aunque parezca chocante porque yo no tenga barba ni la pinta de un señor erudito y venerable; me parece que ha habido gente tan freak como yo o incluso más freak todavía que yo en la Historia del Pensamiento de Occidente, si se fijan bien.)

Habrèis reparado en la costumbre de pelar panza en la vereda. Es muy de barrio. No de cualquier barrio: de barrio de gente dura, “guapa” e ingeniosa, que inventa trucos a diario para comer o se descuerea y vecinos “densos” que están en la pesada y delinquen. Desde que vivo en un barrio así, la he observado. Diré de paso que un barrio como éste ha sido un magnífico hallazgo para mí; como si la casualidad me hubiera, al fin, arrojado a mi hábitat natural. En cuantos sitios habité antes, me sentí una intrusa. Jamás estuve tan a gusto; tan, por ley darwiniana, me figuro, en mi propio elemento, como ahora.
Bien. Los “lecas”, señores de 50 o 60, suelen cultivar el hábito de pelar panza desparramándose, tereré en mano, en sillas de plástico ante sus casas, guaridas, huecos o baticuevas. ¿Por qué, en nombre de Belcebú?, me decía yo al pasar. No había forma de entenderlo por màs que lo pensara. Todas las hipótesis que concebía para responder a este enigma se iban por las ramas y terminaban lejos del problema planteado o eran sencillamente fabulosas y descabelladas. Pongo a Luzbel por testigo de que me concentré en resolver el caso con buena parte de mi capacidad de análisis. Mi cerebro ya empezaba a humear, y
nada. Pero me abstuve de preguntarles, sabiendo que ellos tampoco tenían la respuesta.
E
ntonces eso mismo que acabo de decir, o que me dije hace días al pasar ante un grupo de lecas pelando panza, chispeó luminoso en medio de mi frente. ¿No saben por qué hacen lo que hac
en? Claro que sí lo saben, ¡qué digo!, me objeté de inmediato con el presentimiento de la dicha de acertar con la clave. ¿Cómo no lo van a saber?
¡No seas imbécil!, me increpé, propinándome un fuerte bofetón con la diestra y riendo de soberbio gozo por mi triunfo anticipado. Lo saben, ¡idiota!, pero no de la forma en que tú sueles saber lo que quizá a veces sabes: esto es, lo saben, pero no pueden decirlo. O lo dicen, pero como si no lo supieran, porque su saber es de una especie de saber que se ignora a sí mismo. Lo que buscas en vano conectando ideas, ellos lo dicen sin conceptos, y con el mensaje t
e indican el método, ¡bestia!, exclamé con orgullo. Estás a años luz de tu meta, yendo justo en dirección contraria, y cuanto más carburas, más te alejas.
¿Cómo p
retendes que unas proposiciones lógicas te aproximen a lo que por los lecas o cualesquiera criaturas humanas no está siendo formulado porque está siendo vivido? ¿Conocerás el olor del puchero que ha forjado esas panzas sin usar la nariz y valiéndote, en su lugar, de silogismos? ¿Hasta que abrumadoras simas de insensatez podrá precipitarte la necedad de tu inteligencia? ¡Jajajá!, bramé cual monstruo, volviendo con la mayor rapidez sobre mis pasos sin dudar un segundo. ¡Quieres pensar con la mente lo que piensan con la panza! ¡Craso error el tuyo!, reí como salvaje entrando velozmente en mi dpto. Saqué una silla y la puse ante mi puerta. Para no remedar ostensiblemente a los lecas, no se fuera a creer que me mofaba, con discreción y astucia me puse un short muy bajo, de los que se abotonan en la cadera, y un top muy alto, de los que dejan descubierta la cintura, a fin de que pelar panza pareciese fortuita y en absoluto ofensiva coincidencia. No quiero meterme en líos ni provocar a nadie. Asumí el semblante y la desparramada actitud de los objetos de mi investigación, y, en vez de analizar datos insuficientes, que tanto podían llevar mis conclusiones en una dirección como en la opuesta, dejé que la impresión de mi propio mensaje sin palabras ocupara mi subjetividad sin formularla, de momento, en conceptos ni en proposiciones.
De tal modo alcancé por intuición lo que durante días se mostrara refractario e inexpugnable a los embates
de mi abordaje analítico.
Análisis e intuición se oponen en que la intuición brinda una visión sintética de lo que el análisis disgrega
en sus componentes: si la intuición unifica, el análisis separa. La intuición abarca de un golpe de vista lo que examina el análisis con minuciosidad en cada detalle. Einstein valoraba considerablemente la intuición, aunque después de brindar directa y rápidamente la solución a un problema hay que analizar el proceso para demostrar lo hallado mediante razonamientos y ecuaciones. Pero ésa es una operación retrospectiva. Otro ejemplo es, en el caso de la filosofía, Descartes. Yo extendería esto a la experiencia del arte. Lo supe por azar, al hacer este breve experimento buscando el porqué del hábito de pelar panza ante el antro de uno.
Lo que intuí no fue resultado de un razonamiento ni lo formulé como posible interpretación del pelar panza ajeno que debiera compararse con otras posibles interpretaciones para
optar por la más adecuada. Apareció como parte de la vida y no de las ideas. Mi intuición me brindaba un saber inmediato, directo, no reflexivo, sobre cierta manera de ordenar la experiencia y estar en determinada posición dentro de ella.
Yo soy un leca. Me he descuereado bajo el sol como albañil toda la vida. Mirá cómo estoy sudando. Trabajo mucho, carajo. Hay que luchar. Saco mi silla y la pongo en la vereda para gozar d
el fresco: estoy ante el umbral del agujero que pago con mi esfuerzo. Me desparramo y pelo panza en la calle delante de mi morada porque cada ladrillo me cuesta esfuerzo, “guapura” y sacrificios diarios. Manifiesto que estoy en mi terreno y me pongo como en mi propia casa; marco mi territorio. Mi orgullo es que ni mendigo ni a mí nadie me regala nada. Esto es también mi bronca, al mismo tiempo. Estoy consciente de lo que soy; no me avergüenzo. A lo más, tengo algún eventual resentimiento. De carne somos, al fin y al cabo. Pero, en primer lugar, por esto me defino. Y este descanso me lo he ganado a pulso. Al marcar así mi territorio, todo lo que tengo consciencia de que soy es lo que pelando mi panza reivindico.
Esto que describo retrospectivamente está verbalizado en un discurso analítico. Cuando me desparramé pelando panza en actitud de leca lo supe sin análisis verbal ni distinción entre la reivindicación, la territorialidad y demás contenidos de la subjetividad como conceptos y como expresiones no verbales (sino del cuerpo, los gestos, la panza, etcétera) y maneras de “estar” en la existencia. Esos contenidos, que el ulterior análisis explicita en la consciencia y separa de la vida, tenían la inmediatez y la tácita evidencia de aquello en lo que uno está involucrado.
¿Pero donde entra el arte?, estaréis diciendo. Nada más claro. ¿Acaso si mi experiencia subjetiva consistiera meramente en conceptos y en análisis y conexiones lógicas para inferir respuestas en el campo del discurso explícito yo habría podido suspender el juicio de este modo? ¡No! Sería lo mismo que pedir a un reptil disecado que se exaltara al oír alguna música. Debéis saber que yo escribo poemas.
Mira
d un cuadro. Para ejemplificar este asunto, digamos. No es necesario que para verlo os desparraméis delante pelando panza en una silla de plástico; mi símil no es tan burdo y literal. Bien, cuando olvidéis el resto al captar lo que sea que captéis del cuadro, eso no estará restringido a él, ni tampoco su captación estará restringida a un discurso de vuestra consciencia, y cuando la vida y el cuadro compartan esa misma cualidad, la vida se entenderá mejor a causa del cuadro, y éste se entenderá mejor como parte de la vida. Pero en ese momento no haréis esta distinción. No habrán palabras: habrá una experiencia.
Y eso es lo
que el objeto estético significa, y ésa es la manera en la que el objeto estético significa. Si tenéis que escribir una crítica del cuadro, el análisis será retrospectivo. Como lo es una demostración de Einstein respecto de su intuición, o, salvando la distancia, como lo es mi verbalización de lo dicho sin palabras por los lecas respecto de mi intuición sintética de los contenidos de su subjetividad, obtenida al disponer el cuerpo tal como ellos lo hacen.
La intuición entiende de manera global e inmediata. Es lo usual en el arte, cuya experiencia se perdería si el primer acercamiento a una obra interpusiera entre ella y el espectador la práctica del análisis discursivo. Para tener la experiencia del arte hay que dejarse afectar por él. Sin dejarse afectar por el arte (un acto de arrojo, en cierta forma), la obra no comunica nada viviente, ni surge un eco inconsciente ante su sentido oculto. Queda inerte, sustrayéndonos su poder interno de significación, de modo que, aunque le podamos aplicar esquemas, y hasta “explicarla” y “clasificarla”, ya no seremos nunca capaces de entenderla.

IN-MORALEJA:

Éste es el atroz castigo que inflige el arte a la soberbia de la palabra engañosa y la tramposa razón. De Dios pueden decir los que tengan su experiencia que hace la misma cosa. Pero lo más terrible, en ocasiones, para algunos ilusos de nosotros, es que la vida inflige también ese castigo.

lunes 28 de septiembre de 2009

MADRUGADA HOSPITALARIA

Sólo si algún malestar, náusea, dolor o lo que sea muestra resistencia idiota a pasarse solo y ya no me lo banco, evoco el recurso entre tardomedieval y bajorenacentista (esto es, dantesco) del Hospital de Clínicas. Acto seguido, me trago el orgulo y voy. No voy si puedo evitarlo, pues debo confesar que nunca logré desarrollar el hábito de tragarme el orgullo. No obstante, debo reconocer que fui esta mañana, día lunes. Fui libro en mano: lo llevo con firmes zarpas, por mi miopía de topo, a la jeta, que entierro en las páginas para borrar la humillante circunstancia de que estoy en Clínicas. El libro hoy fue una novela, para mí algo plúmbea, de Woolf. No Wolfe, por suerte: si me hubiera divertido el libro, no lo hubiera cerrado para divagar sola ni hubiera dicho "Eureka!" Y creo que pillé por qué odio la hospitalidad del hospital (alusión etimológica cacofónica y pedante, además de sin chiste y estúpida, pero con el taxímetro de este cibercafé no pienso pulirla).
Hay que esperar horas en Clínicas. Fueron más al ceder mi turno en una fila a una vieja. No: más cortés y victoriano: a una decrépita dama. Tampoco. A una belleza septuagenaria. (¿?)Sé que es absurdo. Lo tengo: a una ciudadana de la tercera edad. Ecuánime, ¿no? Necio y ecuánime: muy correcto. Sobre todo porque parece ser una edad de tercera. Le cedí mi turno para, sin ofenderla, poder yo tener la rara satisfacción de prescindir de su charla. Me arrepentí cuando, en la ventanilla, decidió obsequiar con los primeros ocho volúmenes de sus memorias a la secretaria, que no hizo nada para detenerla, mientras, tras ella, yo me beneficiaba de los profusos tesoros de su vasta experiencia sin poder evitarlo.
Ya en la antesala del médico que me adjudicaron, esperando mi turno, clavé la jeta en unos 30 o 40 salones de té llenos de Hillberys y Rodneys al lado de cuyos estados de ánimo el humo que sale de un tubo de escape un húmedo día de niebla sería transparente y diáfano como la luz de un mediodía estival. Al cabo de 3 horas, cuando, taza en mano, dialogaban dos de esas esfinges, yo ya estaba a punto de vomitar un barril de té completo. No siendo la vida real, no podía salir con un portazo del salón de té de turno rumbo a Honolulú, El Cairo, la India, Ponapé, el Polo Norte, Nepal, Paraguay u otro lugar lo bastante liberadoramente sucio, bruto, inculto y bárbaro. Hice lo más próximo, cerrando de golpe la novela sin marcar la página. Aunque no estoy criticando a Woolf. Esta novela no me ha atrapado por ahora; es todo. Pero no llevé otro libro. Así que decidí descubrir por qué aborrezco a los que van a Clínicas y me avergüenzo de contarme entre ellos. Me devané los sesos largo rato. Y lo pillé. Y estoy segura de que a todo el que lo lea le va a resultar absolutamente odioso.
Es así: (Abreviado-expurgado-quintaesenciado:)
-Venir a Clínicas implica horribles molestias.
-Luego, los que venimos, venimos por algún motivo poderoso.
-El motivo es que a veces ir al médico es importante para nuestra supervivencia.
(Y aquí está lo estúpido del caso:) -¡Como si nuestra supervivencia fuera importante!
Por no incluirme en la teoría dentro de ese mismo irritante rebaño del que, mientras la pensaba, en la práctica estaba formando parte, formulé inicialmente mi hallazgo en tercera persona. Así:
"Vienen porque es necesario para sus vidas.
"¡Como si sus vidas fueran necesarias!"
Tras percartarme de la incoherencia, ahora lo corrijo, poniéndolo, puaj, en gregaria primera persona del plural.
De ningún modo me cabe protestar a este respecto, pues, como otras cosas igual de intolerables, yo misma me lo busqué.

jueves 24 de septiembre de 2009

CLASE DE FILOLOGÍA EN ARKHAM UNIVERSITY

Catedrático: Dama Satàn, Doctora en Ciencias (Ocultas)
En italiano es alegre, de sonido claro y franco, y parece contagiarse y vibrar, como la risa: Amore! Da gusto oìrlo. Brinca enérgico del lecho en la mañana, dispuesto a conquistar cuanto desee. En alemán es tierno y melancólico, Liebe de larga "i"doliente y de mansa "b" que bala una condena desgraciada y dulce. Lleno de sol, chispeante, el Amore italiano es matutino, y en alemán el Liebe desfallece al ocaso. Pero en francés el nombre del amor es nocturno: Amour, "r" gutural, grave, que recorre la garganta sugiriendo lo húmedo y lo profundo, y "ou" que frunce los labios para el beso. Es caso obsceno no decirlo a oscuras.
Tormentoso, lascivo y vagamente sórdido en francés. En alemán, sentimental y lánguido. Luminoso y potente en italiano. ¿Y en inglés? Love. Monosílabo insípido, sin forma ni color, opaco, expeditivo, profiláctico. Y en cambio qué expresivo su antónimo. Odio: Hate. La angustia criminal de esa jadeante aspiración que lo abre, la abrupta puñalada de la "t" que lo cierra, lapidaria y letal, y en medio la música malsana del brillante diptongo tan fuera del lugar como un orgasmo en lo alto de un patíbulo o una sonrisa dentro de un manicomio. El monosílabo "Love", palabra insegura de sí misma, que hace un papel penoso en todas partes, se queda corto; en "Hate", no ya una sílaba entera, sino una millonésima de segundo que se añadiera a su sonido al pronuciarla sería un error tan necio que debiera castigarse con un asesinato. El inglés: qué inteligencia para lo espantoso y que tosca ignorancia del amor. Delicioso, exquisito: un idioma realmente siniestro.
Y ahora, mi terreno. "Amor", en español.
Sí. Ejem. Amor, en español.
"Amor, en español..." Amor en español, ¿qué?
Puf, me es demasiado familiar, supongo. A la pinta. Lo he visto tan usado y tan adulterado, lo he oído y lo he leído en tantos disparates, cursilerías, farsas, payasadas y pelotudeces qué cómo me va a inspirar ninguna idea. Por lo tanto, ¿qué culpa tengo yo?
A ver. Liebe se suspira, buscando alivio del peso de la excesiva emoción. Amour se susurra muy cerca del otro, erizando su piel al rozarla los labios. Amore es demasiado hermoso: merece ser cantado. Tenores y sopranos cantando bajo el sol su aria radiante,
molto, molto vivace!
Ya hice la telenovela alemana, el porno francés y la ópera italiana. El documental de medicina inglés lo omití para que no se duerman. La caricatura no puede caer más bajo. Y aún no puedo decir nada del Amor. Sí, en español. ¡Tiro la toalla! Me da náuseas la filología. Cámbiense de petulante, digo de catedrático; yo me marcho a la Tebaida para hacerme anacoreta. Renuncio. ¿Qué culpa tengo yo? He hecho todo lo posible, y sigo sin saber absolutamente nada del Amor. ¡Así que, por ende, puaj! A mí no me interesa. Si quieren averiguarlo, se los dejo de tarea.

lunes 21 de septiembre de 2009

Filosofía parasitaria (-adelanto)

Uno suele ignorar por qué hace lo que hace y a veces tiempo después brinca desnudo de la ducha a la calle gritando "Eureka!" Me acaba de pasar. Lo que pillé de golpe es:
Uno nace a) en la orilla de donde salen los parásitos o b) en la habitada por los que denigran a los parásitos. Uno puede no ser a) parásito ni b) denigrarlos pero no logra verdadera independencia si sólo conoce su orilla y no sabe cómo se ven las cosas desde la otra, y como la mente es ambiciosa y la curiosidad es un peligro uno quiere ver TODO el panorama, no una parte, en éste y en cualquier asunto pensable, de modo que trata de llegar arriba para ver ambas orillas y el río entero y aún más allá, pero leer libros sobre la orilla opuesta no evita que uno sólo conozca lo que se siente estar en la "suya", limitación horrible para una mente de veras locamente ambiciosa y que por ende sabe que para entender mínimamente algo no basta con leerlo. Así entendí por qué pasé a estar durante casi 2 largos meses en la orilla que no conocía. En términos materiales fue incongruente, ya que no me benefició sino que me perjudicó de modo cómicamente absurdo; bueno, en realidad de un modo atroz, pero qué importa: lo que importa es que, aunque no haya obtenido los beneficios por los que el parásito acepta su degradación, la degradación al menos creo haberla conocido, lo que ya es considerablemente más de lo que hubiera podido conocer si no hubiera cruzado desde mi orilla a la otra para poder ahora, al fin, sentir que ya no estoy en ninguna.
Que es lo que siempre quise. Y tanto me gusta esta liberación, que ahora mismo, aquí abajo, empezaré a adelantar un posible Ensayo o Tratado sobre esa condición tan poco estudiada, que yo sepa, que es la condición parasitaria:

"Filosofía del Parásito (Borrador / o Adelanto)
"*Un perfecto parásito no pronuncia lisonjas: su sola condición ya lisonjea a su amo.
"*Por vivir a su costa, barniza a su bienhechor con tal aura de virtud que hasta sus insultos le sirven de lisonjas. Sobre todo si hay testigos. Así sucede que, a veces, cuanto más cree afrentarlo, más lo adula.
"*Si no se escapa, dejará de existir como otra cosa que proclama viviente de la virtud ajena -y, por supuesto, de la infamia propia-."
Observación: eso último es el sentido ontológico del parásito, que no existe por sí mismo pues su ser parasita a otro del cual recibe una sombra de existencia. En el caso del parásito, "sombra" se escribirá "so(m)bra".
Ah, y un Principio:
"*No hay trabajo peor pagado ni más duro que el de ser un parásito."
Otro párrafo más, para que no sea muy poco adelanto:
"*En toda explotación hay víctimas y verdugos, pero el peor de los segundos es aquel que explota a sus parásitos, de los que se dice víctima: no hay peor ingratitud que la de los bienhechores."
¿Qué tal? ¿Les pega más la paradoja, como en el último caso, o preferirían más análisis de la psicología del parásito, como al principio, o sugerirían algo más, o todo eso mezclado?
Observación: Sócrates deploraba en la tragedia su irracionalidad, sus "causas sin efecto", sus "efectos sin causa". Un error. La lógica de lo fatal es perfecta como una ecuación algebr
aica, un diagrama semántico, un silogismo, un reloj, sólo que de tan profunda, abisal y subterránea, es tenebrosa, pues la luz --ni siquiera la luz de la razón-- no llega tan adentro ni tan hondo. La luz es cosa de las superficies. Pero en esas tinieblas está lo más real, aquello de lo cual emerge todo: la raíz.
Y así también de oscura, de lógica y fatal es la existencia. Mírenme a mí, si no, que con cada uno de mis disparates ejemplifico 30 veces al mes estos misterios.

jueves 10 de septiembre de 2009

LAS PALABRAS. POST FATALISTA-CHÚLINA-PATÉTICO-LACRIMÓGENO PERO CON IMPLICANCIAS FILOSÓFICAS A BULTO SI HAY USO DE CEREBRO, LO JURO

Alguien me dijo hace tiempo: “La palabra se hizo para distorsionar y encubrir. Quieres de las palabras lo que no pueden darte. Buscas certidumbre, y las palabras mienten. Hay entre los seres lenguajes más genuinos. Lo que tú necesitas, yo no debo decírtelo: lo tienes que sentir”.
Yo le respondí: “Pero de los lenguajes más genuinos siempre estuve excluida. Nunca participé de todo aquello tácito que sin palabras une a los humanos. Nunca pude entender a las personas”.
Me pareció de pronto que me estaba alejando y que ya tenía que aguzar la vista para distinguirlo en lontananza, pero seguíamos en la sala, y mientras intentaba sobreponerme a esta ilusión oí desde lejos su voz, que con discreta tristeza me preguntaba: “¿Por qué?” Pero yo no lo sabía.
Desde mi primer recuerdo está ya esta interior distancia desolada. Nadie la ve, y yo pronto me adiestro en ocultarla. Aprendo los gestos de las emociones, ya para reproducirlos si es preciso, ya, más frecuentemente, para no desentonar con ellos ni llamar la atención. Un instinto me hace temer que se sospeche de mí que no comparto tan profundos vínculos; tengo la sensación de que es muy peligroso, y por eso lo esconderé toda la vida.
Así he crecido. Los demás veían en mí una hermosa criatura. Yo encubría mi deformidad oculta e invisible, mi monstruosidad secreta de solitario fenómeno. Y hoy, cuando algún humano, ignorante de mi horrible ser, me dedica un gesto de bondad o de delicadeza, debo erguirme de golpe, volver el rostro y mirar a otra parte para no quebrantarme y sollozar. A veces aprovecho algún descuido generalizado para irme del lugar veloz y calladamente.
Me preguntó un amigo el otro día: “¿Qué es lo que te hace creer que nadie podría amarte?”
Las personas están juntas cuando aproximan sus cuerpos y comparten al hacerlo mudos saberes que ignoro. Pero la desolación que guardo, por cerca que mi cuerpo esté de otro, abre entre nosotros tal distancia que desaparezco en el horizonte. Me pierde el otro así, y yo también me pierdo. Porque, en el fondo, yo nunca he existido.
A la edad en que se aprende a ser, no aprendí; ni a ser como los demás, ni a ser como nadie. No reflejé lo que eran los humanos; me habitué a repetirlo, por cautela, sin entender ni sentir. Y tampoco nadie me reflejó a mí en mi rareza, único individuo de mi especie. Y sin espejo que uniera mis facciones, no conseguí tener ni tengo un rostro. Dispersos trozos de nadie que conjuga una mera ficción de la gramática me permiten jugar alucinadamente a que algo existe cuando digo “Yo”.
Hace unos meses quizá tuve la posibilidad de llegar a existir; creí reflejarme en otra mirada. Pero no habiéndome yo visto en una mirada originaria para saber ahora verme en ésta; y no habiendo confiado en la certeza sin palabras de un abrazo anterior a éste con que me tomaba él, primer abrazo que debía haber estado ahí cuando aún no existían, supongo, las palabras, y no estuvo; y no habiendo encontrado, pues, yo ciertas cosas al llegar a la vida, como todo esto nunca antes lo sentí, me asusté, porque no lo conocía.
Así, no teniendo parte, por carecer de esta universal destreza, en lo que reúne a otros de modo menos equívoco, más veraz que las palabras, fuera estoy para siempre del hogar de los humanos. Y como sólo tengo la palabra, que es falsa y engañosa, he de forzarla a que no lo sea para mí; a que no distorsione, sino que transparente; a que revele, y no mienta; a que diga lo que soy, en vez de disfrazarme de otra cosa.
Porque si consigo hacerlo, aunque sea sólo un instante, en un fugaz poema, entonces la palabra, durante ese mísero minuto, no separa sino que comunica; y porque mientras dura ese minuto no hay distancia ni miedo ni desolación; por todo esto, desde la soledad, tempranamente he tomado la palabra.
Porque no tengo rostro ni consisto más que en desorden, vértigo y locura, pero si alzo la voz en un poema no hay lucidez que falte en su conjunto; y porque, mientras digo ese poema, tan coherente y real como el poema soy; por todo esto, desde el caos, yo he tomado la palabra.

miércoles 9 de septiembre de 2009

LA SECTA DEL PERRO

Postearé algo que peripatéticamente, o sea, caminando con un socio, que es filosofar al modo aristotélico, comentaba cual lección de mi paso por casa de esa ñorsa* (*ver post anterior).
Lo que esté en 1era persona del singular no estará así por egocentrismo (no en este caso) sino para que no suene a imperativo o moraleja. Así, si otro quiere adoptarlo, adelante, y si nadie quiere hacerlo, igual.
Aquí NO hay sabiduría. Pero al que le pueda pegar, que lea:
1. Caminar por empinadas calles rápidamente algunos kilómetros bajo el sol, como mi interlocutor y yo hacíamos al comentar esto, para esa señora no es posible, ya que no puede andar media cuadra sin una camioneta con aire acondicionado.
2. De hecho, esa pobre señora apenas puede moverse.
3. Para un indigente extremo ni siquiera ir en colectivo es una opción.
4. Un pasaje de colectivo, para ese indigente extremo, pertenece al conjunto de lo inaccesible, que para él es el de casi todo lo existente.
5. En ambos casos pierdes libertad.
6. Por mi parte, pues:
7. no quiero tan poco,
8. como para no poder hacer casi nada,
9. ni tener más de lo imprescindible,
10. porque eso te hace depender de lo superfluo (que se te vuelve imprescindible),
11. y porque poder hacer menos cosas sólo con tus capacidades te hace eso: menos capaz, o capaz de menos;
12. por ende, te menoscaba y debilita,
13. de modo que, en cierta forma, eres menos cuando tienes más.
14. Así que, en cierto modo, deseo ser capaz de tener lo menos posible.
15. Una señora como ésa se vuelve menos libre por depender de más cosas
16. y esa ñorsa, si alguna vez la tuvo, pierde libertad.
17. (Claro que eso a la ñorsa no le interesa.)
18. El indigente no ha podido perder lo que nunca tuvo, es decir que no ha perdido nada.
19. Pero la pérdida de libertad de la ñorsa me da la sensación nauseabunda de una degradación turbia, de un oscuro envilecimiento. (Éste debe de ser uno de los motivos por los que tal ñorsa siempre me causó una confusa repugnancia, que sólo ahora empiezo a comprender.)
20. Finalmente, conecto esa reciente experiencia con la Secta del Perro, recordando que se contaba de Diógenes que se puso contentísimo al ver las comodidades, lujos y refinamientos que ante él se exponían, diciendo: “¡Chaaaau, cuántas cosas que yo no necesito!”.
21. Diógenes y todos los cínicos, o “canes” me dieron mi único proyecto importante.
22. Pero cuando el aguafiestas y cortamambo Principio de Realidad intervino aclarándome que no estamos en la Atenas donde Crates iba medio en bolas por el Ágora y que si lo emulo la onda se va a densear aunque explique que profeso la filosofía cínica, renuncié a mi sueño de vivir conforme a lo que llamo libertad.
23. Cierto que renuncié, pero lo hice muy-muy-frustrada, y nunca dejó de atormentarme tan feroz frustración.
24. Mi primer y más grande entusiasmo, infantil por su remoto inicio, ni terminó con la niñez ni terminó realmente nunca: ¿cómo resignarme a no vivir según las ideas de la única escuela filosófica que respeto y amo incondicionalmente desde los 4 años de edad hasta este día del año 2009 en que tecleo el presente divague?
25. Pienso, después de lo sucedido, que quizá no esté perdido del todo el antiguo ideal de la Secta de los Canes. Tal vez bastará que alguien (o sea, obviamente, yo) vuelva a pensarlo hoy, de otra manera, leal, mas no literal. Alegremente vuelvo a decir, pues:
HONOR AL PERRO.