lunes, 30 de diciembre de 2013

ADIÓS AL 2013: MEMORABILIA


«Memorabilia», plural neutro de memorabilis, son todas las cosas, los hechos o (disyunción inclusiva) los seres cuyo valor nos exige que no dejemos que los borre el olvido. Ese valor puede estar asociado, según cada uno de los muy diversos casos, a la risa o al respeto, a la alegría o a la tristeza. Porque el latín «Memorabilia» abarca todas las cosas, los seres o los hechos «memorables», es decir, todos aquellos que son (mi traducción personal) «dignos de memoria». Como tu canAllita, oh memorioso lector, oh grata y justa lectora (aunque un día más tarde de lo normal, dicho sea con mis más rendidas excusas por el retraso y esperando que tengas indulgencia dados los embotellamientos ‒lo digo como peatona, en sentido translaticio‒ festivos de estas postrimerías anuales), te traigo un pequeño adiós al 2013 de tu Suplemento Cultural

 Carlos Colombino. Uno de los que durante este 2013 se fueron «en cruces de episodios azarosos, coincidencias de esas que nadie explica y para las que no se está prevenido». (Gustavo Laterza Rivarola)


En extraños «cruces de episodios azarosos» y por «coincidencias de esas que nadie explica y para las que no se está prevenido», de manera sugerente, inquietante, misteriosa, desaparecieron algunos notables, a los que Gustavo Laterza Rivarola despide bellamente: La vida, la muerte, sus albures y esquinazos

Edda de los Ríos tenía «fe: la primera de las virtudes teologales, y fervor: la primera de las virtudes de un artista». (Armando Almada-Roche)


Y aunque Edda de los Ríos no nos dejó en este ya casi ido 2013, Armando Almada-Roche comparte en su artículo Recordando a Edda de los Ríos el mismo espíritu reflexivo y evocador de Gustavo Laterza, tal vez por las asociaciones subterráneas que suscitan a veces estos días postreros. 

Un momento detenido, la blancura cegadora de un vestido bajo el violento sol de una Asunción lejana, largas calles ondulantes perdiéndose en lontananza


Lo que también sucede con esta notificación singular, con esta suerte de ‒encantadora, si me permiten decirlo‒ denuncia por extravío del doctor Alejandro Encina Marín: En busca del soneto perdido. Denuncia por extravío de un soneto y a un tiempo cortés solicitud de la devolución, o más bien del apoyo en la búsqueda de un poema, de una noche, de una Asunción, de una época, de las imágenes de un mundo sumergido en la lejana década de 1940: la quijotesca batalla por impedir que se extinga ese tiempo lejano.


Sin pretender estropear el placer de la melancolía que nos brindan tan generosa e inspiradamente estos bellos artículos, y tal vez no tan inspirada, pero cuando menos sí, quizá, piradamente, vuelvo también la mirada hacia el pasado para hacer el contrapunto con esta nota, que también, aunque con ciertos matices diferentes, te hablará, lector, lectora, de cosas muy memorables ‒yo diría que memorables, incluso, hasta lo traumático‒: Para un futuro Museo de la Industria Cultural.   


Kico: Christmas with Kico. Un título audaz e innovador para esta euforia zen
The Kingston Trio: The Last Month of the Year. Solo para iniciados.

The Surfers: Christmas from Hawaii. Un océano de desconcierto.

White Christmas. Preguntas esenciales y gritos en hangul.

The Clancy Brothers: Christmas. Conmovedora lección de fraternidad lanar.

















Y aprovechando este último número del 2013, tenga relación con lo anterior o no –porque a los buenos deseos nadie les censura las incoherencias–: ¡feliz 2014 para todos!




viernes, 27 de diciembre de 2013

MAÑANA SÁBADO: ENEMIGOS DE LA KLASE BACK & RELOADED



Enemigos de la Klase, el grupo paraguayo de punk rock que empezó en el año 1992 sus aventuras, que teloneó a Marky Ramone en el 99 y a los Die Toten Hösen en el 2000, por el cual pasaron varios músicos (o cuya formación original pasó por sucesivos cambios) is back & reloaded. MAÑANA SÁBADO. EN LA CERVETECA (al lado de la Estación del Ferrocarril, en Mariscal Estigarribia 650, casi Paraguarí).  


20 años de punk rock en Paraguay

























Y un detalle caballeroso -lo cortés no quita lo punk-: (las) damas (entramos) gratis. Sí, ENEMIGOS DE LA KLASE regresa MAÑANA SÁBADO. Por si alguien tenía dudas. «A gentlemen will walk but never run...»


«It takes a man to suffer ignorance and smile

Be yourself no matter what they say
Be yourself no matter what they say...»


SÁBADO DE NOCHE (mañana). CERVETECA (al lado del Ferrocarril). ELLOS: 20 mil en puerta, 15 mil anticipadas. ELLAS (nosotras): nada, por cortesía de los ENEMIGOS. Ahí nos vemos SÍ O SÍ.









domingo, 22 de diciembre de 2013

OFICIO DE DIFUNTOS

De izquierda a derecha, Stephen Morris, Peter Hook, Ian Curtis y Bernard Sumner, en algún lugar del siglo XX.
¡Lector, lectora, soy yo, tu canAllita! Sacúdete la resaca (¡no tan fuerte, más despacio!) que te traigo el número de hoy de nuestro imprevisible Suplemento Cultural. El otrora bajista de Joy Division y de New Order cruzó Asunción disfrazado de DJ pero no logró escapar de nuestra rauda reportera Annabel Pitaud, que le disparó estas preguntas: Peter Hook en vivo y en directo para el Suplemento Cultural. Para glosar las declaraciones de Hook, y en nombre del Tribunal del Damasatánico Oficio, yo sometía, mientras tanto, a Mónica Bustos, Juanma Ramírez Biedermann y Eulo García, a esta inquisición: Tres escritores paraguayos uniformados de negro hablan sobre Joy Division. Nuestro heroico y depravado colaborador Julián Sorel no se quedó precisamente rezagado con esta Precipitada cabalgata en torno a las relaciones del rock y la literatura, que pudimos complementar con Un poco de historia: las breves pero intensas aventuras de Joy Division. Pero nada de esto podía eximirme de hacer, yo también, mi propia crónica infernal, por supuesto: Peter Hook en Kilkenny: Oficio de difuntos 



"Como si hubiera sampleado a su fantasma..."



domingo, 15 de diciembre de 2013

COVER


oh basta de aprender de la escuela del juicio cauteloso y del miedo yo soy rica yo tengo la alegría yo desdeño el futuro yo veo incendiarse el sol todas las noches pues yo tengo la dicha de sentir el aullido del viento sur y el norte para mí ni todos los poderes de este mundo te harán ser más que yo porque el amor ya no dejó mis ojos

EL ARTE DE LA MEMORIA


UN SIGLO (PASEANDO, DEAMBULANDO, INMÓVILES, PERDIDOS, ESTORBANDO EL PASO, CORRIENDO O EMPUJANDO, SEGÚN CADA QUIÉN) POR EL CAMINO DE SWANN



Por el camino de Swann, primera parte de la adaptación de la Recherche al cómic hecha por el ilustrador Stéphane Heuet

Sí, ladies and gentlemen, este 2013 que caerá fulminado entre ráfagas y detonaciones de pólvora y de sidra en pocos días es el año del primer centenario del colosal fresco proustiano A la búsqueda del tiempo perdido (más «barrialmente», la «Recherche», para los amigos): hace un siglo (si nos ponemos maniáticos, esto se cumplió, en rigor, un mes atrás, el 14 de noviembre –¡hace un siglo y un mes, pues, si lo prefieren!) Marcel Proust publicó la primera parte de esas siete novelas: Por el camino de Swann, Du côté de chez Swann. Aquí tienen el homenaje al joven centenario: El arte de la memoria Un siglo por el camino de Swann. De Proust cabe decir tanto que nuestro pérfido secuaz Julián Sorel, el único rockero proustiano de este hemisferio, sintió mutiladas sus ideas al tener que elegir un aspecto tan solo del polimorfo escritor para darnos su parte de este homenaje 1913-2013 del Suplemento Cultural, y eligió el fecundo efecto que la ciencia ha bautizado con el nombre de nuestro autor: ¿alguna vez, lector, un perfume le recordó algo que había olvidado y le hizo revivirlo con gran intensidad, o un sabor lo llenó de una profunda nostalgia de otro tiempo o de otro lugar o le trajo a la mente la imagen o la voz de alguna persona quizás desaparecida que perteneció al mundo de su tierra natal o al de su niñez, por ejemplo? Si ha tenido usted alguna experiencia de este tipo, entonces conoce lo que se llama el «efecto magdalena de Proust»: El efecto magdalena de Proust, Hollywood, la memoria y el primo Henri (Bergson). Y si, cultivado y espiritual lector, diestra y dulce lectora, osas confundir pasado y presente y jugar con el tiempo y los recuerdos y reproducir con fidelidad histórica lo que olfateó, tocó, probó, sintió y gustó el narrador de Por el camino de Swann hoy, a cien años de su publicación, te damos el secreto del símbolo por antonomasia de la capacidad de evocación de la materia, la «magdalena de Proust», o, más estrictamente, la variedad de magdalena que se hace en Commercy y que el narrador merendaba hace un siglo. ¡Que la fuerza te acompañe, valeroso lector, férrea lectora, al resucitar uno de los alimentos más famosos de la literatura, y hornea tus madeleines hasta que un terso brillo dore el terciopelo de su epidermis trémula y, hundida la punta de un cuchillo en sus entrañas, salga de ellas sin rastros de sangre ni de humores, dejándolas invictas! Bon appétit!: BONUS TRACK: La magdalena de Proust

Por el camino de Swann, primera parte de la adaptación de la Recherche al cómic hecha por el ilustrador Stéphane Heuet

viernes, 13 de diciembre de 2013

NOCHE DE MIÉRCOLES, CITA ESPECTRAL

Gracias por la invitación, Willy. El miércoles a esa hora (a la hora aquí equivalente) voy concentrarme y teletransportarme al lugar. Cuando un viento, imposible en él, surque el recinto, cuando creas ver flotar una silueta intangible que agita las cortinas, cuando vasos y botellas misteriosamente se vacíen, cuando detectes estos o cualesquiera otros clásicos indicios de presencias incorpóreas, seré yo que estoy llegando al lanzamiento, de modo que no tomes el caso a la ligera, cual asunto de inocentes fantasmas o demonios, dado que, como sabes, yo soy mucho peor que ellos, y también más peligrosa =D ¡Un abrazo y hasta el miércoles! 


Nuevas Batallas de Willy Gómez Migliaro

Nuevas Batallas, de Willy Gómez Migliaro, se presenta el miércoles 18 de diciembre. 7:30 pm. Alfonso Ugarte 1398. Lima

domingo, 8 de diciembre de 2013

EL ARTE MISTERIOSO DE RESOLVER PROBLEMAS

Pues sí, lect@r, como tu canAllita predilecta, te traigo el diario del domingo y esa suerte de mezcla de magia y de sistema, de milagro y de método, que es la heurística: La heuristica: el arte misterioso de resolver problemas, de este pechito, MonTse Álvarez. Como soy exhibicionista, figureti, cirquera, coqueta, egoísta y vanidosa, también te lo pongo completo abajo, vide infra, hipócrita lector...


EL CORAZÓN MATEMÁTICO DEL MILAGRO
Los verdaderos científicos no pretenden la «objetividad» de una –imposible– ciencia sin sujeto cognoscente. En esta imagen, un retrato de lady Ada Byron, condesa de Lovelace, matemático, inventora y creadora de la programación informática (la extravagante hija del gran poeta lord Byron)
La heurística surge y se desarrolla con las matemáticas desde la Antigüedad, tal vez porque resolver problemas es el corazón matemático –el motor de las búsquedas y la sede de la emoción de los hallazgos matemáticos–, pero basta aislar y analizar esa milagrosa operación, la de «resolver problemas», para que la heurística se vuelva un campo de estudio que concierne al pensamiento en general en su faceta luminosa de inventor de soluciones. Todos sabemos, o al menos aceptamos sin mayor dificultad, que hay un misterio en la inspiración artística, pero solemos olvidar o hasta ignorar que ese misterio también es parte de los procesos intelectuales, tanto de creación como de comprensión, propios de la ciencia y de la filosofía; lo olvidamos o lo ignoramos porque, ingenuos, nos dejamos con frecuencia engatusar por la cómica pedantería «racionalista» (no es tal) de mentes tan simples como pretenciosas que, al hacer «suyos» estos temas, los enturbian por su incapacidad de comprender lo que creen dominar. ¡Ay de ellos! Porque serán tema de sátira el día que me sacuda la pereza. Bueno, dejémoslos por hoy y sigamos con la heurística. Aunque su interés exceda las matemáticas, algunos matemáticos notables han hablado del misterioso papel de lo «subconsciente» en la «inspiración» matemática –relatos introspectivos que remiten, pues, a la experiencia directa del complejo y enigmático tema de las ya tan porosas fronteras entre la ciencia y el arte, y (subrayémoslo solo para reírnos al pensar en la rabia de los pobres «racionalistas» guaraníes), entre la razón y lo irracional (¡locura incluida!)– y del hecho delicioso de que, cuanto más difícil es resolver un problema, y con más seguridad si su resolución parece imposible –imposible, al menos, para la razón o la consciencia–, más abrupta e inesperada se presenta, y de fuente más ignota procede, su solución. Más, tal vez (no estoy segura), que los poetas y los artistas en general, curiosamente, los científicos –o sus doxógrafos o biógrafos– nos hablan, desde los días de Arquímedes, de ideas que aparecen en iluminaciones repentinas, que no vienen de un proceso lineal y deliberado como el corolario lógico de una cadena consciente de razonamientos puestos en un orden sucesivo, sino de quién sabe dónde, como el verso que el poeta garabatea de golpe en la servilleta de un bar, como la idea musical que, interrumpiendo un instante sus partidas de billar, anotaba Mozart en su libreta.
A la derecha, Salieri (F. Murray Abraham), asqueado ante lo irracional del genio; a la izquierda, Mozart (Tom Hulce), el irracional. (Fotograma de Amadeus, Milos Forman, 1984)

«NO MOLESTAR: POETA TRABAJANDO»
Poincaré describió su trabajo mental de matemático en tres etapas que están, creo yo, en todos los procesos de descubrimiento o de creación más o menos profundos, y, por profundos, oscuros (zonas confusas en las que nada es explícito y cuyo estudio –lo comento porque es graciosísimo– los «racionalistas» tropicales atacarían por ser una pseudociencia). Una, la primera, es la del análisis consciente y deliberado; solo que, si el problema es difícil, de esta etapa nunca surge la solución. En ella se definen los elementos de los que la solución emergerá.
La razón solo se sirve de los hallazgos del sueño ("Pesadilla", Henry Fuseli, 1781)
La segunda es la etapa de trabajo del subconsciente, una etapa que parece de abandono (presiente uno que solo temporal) del problema pero en la cual en realidad que se incuba su comprensión final; el problema, mientras dura este trabajo subconsciente, no es abandonado ni muere, sino que vive una vida larvada, subterránea, secreta.
En esta segunda etapa, extraña para uno mismo, uno trabaja, por decirlo así, a sus (propias) espaldas, y es ese íntimo desconocido, el subconsciente, el que se dedica a mezclar sin tregua aquellos elementos ya definidos en la etapa primera, esa primera etapa consciente y racional.
Así uno, ignorante de su propio esfuerzo, parece, en este segundo momento, tanto ante sí mismo como ante los otros, un ser trivial, ocioso, vano y frívolo y dedicado al vicio o, con mayor frecuencia, sencillamente dedicado a no hacer nada concreto.
En esta etapa, el científico, el matemático, el filósofo, el investigador o el pensador, en suma, podría reclamar (aunque no necesariamente sepa que lo merece) ese famoso letrero que ponía, según tengo entendido, en la puerta de su pieza, al irse a dormir, el escritor surrealista Saint Pol Roux: «No molestar: poeta trabajando». Hasta que un buen día o una buena noche, sin avisos ni propósitos previos, el resultado de ese trabajo oculto e incesante salta a la mente despierta y racional y uno, que nada sabía de lo que uno estaba haciendo, salta de sorpresa y alegría como ante un inesperado premio que nada tuviera que ver con nada que hubiera hecho.
Los verdaderos científicos se reirían a carcajadas de los "racionalistas" guaraníes y su ingenuo combate contra la "pseudociencia"
Recibe entonces una iluminación que no suele tener ninguna relación con nada en absoluto (no en apariencia, al menos) de lo que le rodea y que a veces puede suceder durante un sueño o en el momento más disparatado, cuando uno está, como Einstein, dando un paseíto en su bicicleta, o, más circense, cuando, como en la popular leyenda sobre Newton, uno recibe un abrupto manzanazo en la cabeza, o, más bochornoso, cuando, como se dice de Arquímedes de Siracusa, todos los cabos sueltos del problema, mientras uno está sumergido y feliz en la bañera sin más atuendo que el que trajo al mundo, se atan dentro de su cabeza a tal velocidad que, olvidado de sí, sale a la calle y, corre jubiloso e impúdico, gritando: «¡Eureka!».
GRAFFITI ES CULTURA
No solo Poincaré: esto lo han dicho con otras palabras grandes colegas suyos como Gauss, Hamilton o Hardy. Cuenta, por ejemplo, Hamilton que no daba con el modo de extender los números complejos de Gauss a tres dimensiones hasta que, sabrá el Diablo por qué ese día y así, el 16 de octubre de 1843, mientras paseaba con su esposa por Dublín, al cruzar el puente de Broombridge le vinieron a la mente las ecuaciones fundamentales que ligan los cuaternios: «vio» cuáles debían ser las relaciones que ligaran a las unidades imaginarias sobre los tres ejes (i, j, k). Hamilton no llevaba papel, así que las grabó a un costado, en una pared de piedra del puente, para no olvidarlas:
i” = j” = k” = -1 i j = k j k = I k i = j j i = -k k j = -i i k = -j
Tiempo después, el álgebra no conmutativa derivó en la mecánica cuántica y en la mejor comprensión de la estructura del átomo. Los jeroglíficos del nerd decimonónico siguen hoy en el puente de Broombridge, oh sutil lector, oh grave lectora, así que, si viajas a Dublín un día futuro y te tropiezas con ellos, acuérdate de golpe, según tu temperamento con sonrisa misteriosa o con un ruidoso «¡Eureka!», de este humilde artículo.

domingo, 1 de diciembre de 2013

TEARS IN THE RAIN

IDEAS DE MEDIANOCHE SOBRE EL MONSTRUO EN LA CULTURA
«Et j’ai vu quelquefois ce que l’homme a cru voir! 
J’ai vu le soleil bas, taché d’horreurs mystiques…» 

Arthur Rimbaud, Le Bateau ivre, 1871 

(«¡He visto varias veces lo que ver cree el hombre! / Vi al sol poniente sucio de místicos horrores…» Arthur Rimbaud, El barco ebrio, 1871)

EL ENIGMA

Ayer, a medianoche, conversaba en la barra de X, un local de venta de bebidas alcohólicas, con Y, que atendía la caja, cuando llegó nuestro común amigo Z, quien, con la mirada fija, se acodó en dicha barra, abrió una latita y se consagró a repetir, con celo digno de más santa causa y enloquecedora regularidad de artefacto de relojería, que no lograba recordar el parlamento de la escena final de una película bien conocida por los tres. Z insistió hasta comprobar, satisfecho, que había logrado infectarnos totalmente con su obsesión tanto a Y como a mí, que de ese parlamento guardábamos memoria tan pobre como la suya, hasta que Y, mientras intentábamos reconstruirlo vanamente entre los tres con los, no retazos, sino impúdicos harapos de recuerdos que teníamos, súbitamente hastiado de imprecisiones, fue a la computadora para buscar en internet aquella escena.

Zoología monstruosa del siglo XVI: Konrad von Gesner, Historia Animalium, 1551
















LA ERA DE LA CONFUSIÓN ONTOLÓGICA

Hegel, como ha señalado Habermas en las primeras páginas de El discurso filosófico de la modernidad, «caracteriza la actualidad como un momento de tránsito que se consume en la conciencia de la aceleración del presente y en la expectativa de la heterogeneidad del futuro». Ahora bien, la consecuente y aguda inquietud por el futuro típica de la consciencia moderna es también inquietud por el presente, pues lo heterogéneo del porvenir cuestiona lo tenido por cierto en el ahora. En términos filosóficos, yo diría que la Modernidad inaugura una era de confusión ontológica, confusión que la mutabilidad general –social, tecnológica, etcétera– acrecienta. Lo fijo, lo «natural», lo «eterno» son nociones desafiadas no solo en un futuro del que podrían teóricamente verse desterradas sino en el presente mismo, por esa sola posibilidad futura que, aun como mera hipótesis pensable, las relativiza en sí mismas ya. Las grandes clasificaciones, oposiciones, definiciones del mundo tradicional, pierden, en la apertura moderna a la «heterogeneidad del futuro», el supuesto carácter absoluto de su verdad. La identidad y la alteridad, que esta apertura cronológica subjetiva señalada por Habermas y los cambios objetivos –artísticos, sociales, tecnológicos, científicos, culturales, en fin– confunden, ocupan por ello, lógicamente, el centro del pensamiento contemporáneo, y también marcan la ficción y la fantasía actuales de mil diversas formas.

EN LOS EXTRAMUROS DEL MUNDO

Claro que las figuras y los temas de la ficción contemporánea a los que acabo de aludir arriba tienen precursores, por la misma razón por la que «alteridad» no es un neologismo, es decir, porque el curso de la historia ha caracterizado el presente con lo agudo de estas inquietudes, no con su aparición ex nihilo. Tal como el término latino alteritas ha dado en español «alteridad» como algo familiar en el mundo académico al menos desde que leemos a Nicolás de Cusa (si no desde antes, probablemente, aunque no sé con exactitud desde cuándo), el monstruo, el extraño, el otro está en nuestra fantasía desde que existen registros de la fantasía humana. Hay una tendencia espontánea a pensar que lo conocido, lo habitual en la sociedad en la que uno vive, es lo normal y lo legítimo, y a creer que son «naturales» sus valores y sus costumbres. El dios Pan, ser semibestial, mitad chivo, marcaba la frontera de la polis, del espacio propiamente humano en la Grecia antigua. Donde sonaba su flauta aterradora (de hecho, causaba «pánico») pero irresistible (como la del flautista de Hamelin, otro extraño que lleva a lo desconocido) era ya, para utilizar una figura clásica de la ciencia ficción, el «espacio exterior», lo no domesticado, lo inhumano. 

Pan, el dios outsider, el extraño por antonomasia, vivía en los bosques, fuera del Olimpo.

Los monstruos señalan las fronteras, el adentro y el afuera de la comunidad humana. Afuera están los dioses, los centauros, las bacantes, los sátiros. O, en la Europa medioeval, los fenómenos fabulosos, en parte humanos y en parte inhumanos, que pueblan el bosque: unicornios, cíclopes, hermafroditas, trasgos, brujos, gigantes, fantasmas, confusa materia de lo semihumano, materia bruta y prima de portentos y horrores. Los monstruos son criaturas liminales, seres de la frontera, propios, prójimos a veces, de un modo desconcertante, y espantosamente ajenos siempre, extraños por definición; y por su naturaleza fronteriza ponen en duda las fronteras de la propia especie, en principio no monstruosa, y con ella cuestionan lo que uno es y lo que no, qué tan lejos está de lo que llama «el Otro» y qué tan prójimo es a uno el «extranjero». Descubrir la bondad de la criatura del doctor Frankestein en la novela de Mary Shelley no nos entristece solo porque el supuesto monstruo no sea tal y tenga, pese a ello, que sufrir, sino porque nos abruma ver de pronto con sus ojos el destino que le damos; por esa culpa irremediable que está en el áspero núcleo de ese viejo problema filosófico que es la dialéctica de la identidad y la alteridad, y esa emoción terrible y sin salida que se asocia secretamente al Mal en lo profundo de todo el que comprende aunque sea por un instante la soledad del monstruo, del condenado a merodear en los extramuros del mundo. y en los mitos, en el arte, en los sueños y las pesadillas de nuestra especie desde siempre.

HIC ET NUNC

Pero tal como la alteridad es hoy más vital que nunca como concepto filosófico (en especial desde hace unas décadas por Lévinas, Derrida, etcétera) y no solo como concepto filosófico sino como una de las claves de todos los estudios de crítica cultural, sociología, etcétera, actuales, así también la presencia del Otro, del alter (y del ajeno, del alien) ha invadido cada vez más todas las áreas de la fantasía desde el inicio del terror moderno en literatura a fines del siglo XVIII hasta hoy, pasando, por supuesto, por uno de los géneros obsesionados de modo más directo y notorio con la exploración del tema, que es la ciencia ficción, que muestra las formas más extremas de la alteridad: otros seres y otros mundos que, cuando, de modo conmovedor y espantoso, se vuelven próximos, comprensibles, incluso entrañables, parecen reclamar la expansión de las fronteras del concepto tradicional de lo humano.

ES LA MISMA LLUVIA

En esto y otras cosas parecidas, aunque se nos sumaron luego más contertulios –cuatro: P, Q, R y S– y ya no comentamos nada sobre el parlamento de aquella escena final de cierta película, parlamento que primero Z y luego Y, y yo también, queríamos y no podíamos recordar, estuve pensando durante la madrugada, antes de venir aquí y ponerme a escribir esto para ustedes. Y, como les decía al principio, Y, súbitamente harto de vaguedades, fue a la computadora y la buscó en internet.

–Vengan aquí –nos llamó, al cabo de unos minutos, con un gesto de la mano, Y, de pie al costado de la computadora–. Aquí tenemos la dichosa escena.


«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…» -El replicante Roy Batty (Rutger Hauer) agoniza

«Yo he visto», decía el replicante Roy Batty, poco antes de morir, con una sonrisa insólita, casi simpática, poniéndose de pronto muy triste, «cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.»

Y de pronto, mientras Roy Batty hablaba, ya no fue él, Roy Batty, el enemigo, sino que lo fue Deckard, nuestro congénere, nuestro semejante, es decir, lo fue cada uno de nosotros; no era ya el enemigo ese androide en rebeldía contra los seres humanos, sino la humanidad que lo condenaba, vista de pronto por cada uno de nosotros, Y, X y yo, los tres que allí de pie estábamos, en la escena final de su muerte como no solemos ser capaces de verla nunca. Pues parece que, para poder pensarse, lo humano necesitara del efecto de la distancia. Que necesitara al otro. Al alter y su alteridad, para llegar a ser él mismo. Que tuviera que partir a una Odisea y extrañarse de sí para no vivir y morir sin haber abierto ni una vez los ojos. Y las lágrimas en la lluvia de esa escena no fueron las de Roy, sino las del cazador que se dedicaba, en nombre de nosotros, los humanos, a exterminar a Roy Batty y a los demás replicantes, lágrimas por la miseria de un mundo que nos enfrenta al otro como enemigo. Y, pese a toda la miseria de ese mundo, la lluvia que caía sobre el rostro de Roy Batty, el replicante, y sobre el rostro de Deckard, el humano, la lluvia que caía sobre el rostro del monstruo, de la amenaza, del otro, del intruso, y sobre el propio rostro, el de nosotros, los seres humanos auténticos, los grandes asesinos de todos los anormales, era la misma lluvia.


«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C...»










Tears in the rain. El monstruo en la cultura

sábado, 30 de noviembre de 2013

CORTOMETRAJE GRABADO POR UNA CÁMARA DE SEGURIDAD



Viernes, 29 de noviembre. Asunción. Suramérica. 2013 d. C.


Noche.

En algún lugar del siglo XXI, J. C. y M. Á. suben por las escaleras internas de una de las alas laterales de un enorme edificio y se detienen en el descansillo a mirar una cámara de seguridad.

Arre, a sonreír a las cámaras

















J. C.: Como seguramente ya sabés, estas cámaras también tienen micrófono.

M. Á.: &%$@!!**$#!!!

J. C.: ¡No, no, mentira, jajá! 

M. Á.: Puffffffffff…

J. C.: ¡Jajá! Hubieras visto tu cara.

M. Á.: La verdad es que tiendo a veces a las fabulaciones paranoicas.


La paranoia se palpa en el aire












J. C.: Es difícil no tender a eso actualmente.

M. Á.: El aire es un transmisor de datos codificados en permanente descodificación y el espacio está infectado de señales tecnológicas: se respira información. Hasta dónde nos rastrean los radares y qué pueden detectar de nosotros los detectores, eso tan solo lo sabrá Luzbel.

J. C.: Nooooo, ojalá solo fueran radares y detectores: la otra vez estaba mirando artilugios fotográficos de última generación en un local de Ciudad del Este y entraron dos brasileños que buscaban allí un «detector de radar». Es para detectar si alguien, por radar, los sigue. El detector detectado.

Montse Álvarez guionista del cortometraje













M. Á.: Pues te propongo un cortometraje sobre esa tienda de Ciudad del Este.

J. C.: Dale.

M. Á.: Siguiente escena: el detector entra y pide un detector de detector de radar para saber si ellos detectan que los está detectando; ellos le piden entonces al vendedor un detector de detector de detector de radar para saber si ese que los está detectando detecta que ellos detectan que los está detectando

J. C.: ¿No será que estamos medio paranoicos de repente, che?

M. Á.: Siguiente escena: una vez así desatado matemáticamente el infinito virtual por este «Big Bang» de thriller, el radar, «primer motor», causa sui, pasa a la categoría de entelequia primero y después a la de ficción, hasta que otro Jean Paul Richter u otro Nietzsche traen al mundo la noticia monstruosa de que ha muerto.


 Los sueños de la posthumanidad 















J. C.: Me gusta. Che, ¿y no fumás vos?

M. Á.: Escena final: ya irreconocible, ya fantástico, ya todo menos el banal y contingente radar originario (pero, ¿acaso fue realmente, cabe preguntarse, contingente y banal alguna vez, ahora?), el antiguo «motor inmóvil» se aloja en el inconsciente y resucita en los sueños de la posthumanidad atea o agnóstica. Solo entonces, muerto, cobra en esos poderosos universos paralelos rica y verdadera vida; con el detalle adicional de que nadie lo sabe ni lo puede saber. Porque el saber pertenece al mundo de la vigilia.

J. C.: Chaaa… No sé si es porque son buenas o nomás porque yo soy medio loco, pero qué me importa, a mí me encantan tus ideas. ¡Vamos a filmar tu guion!

M. Á.: ¡Súper!

J. C.: Eh, y el cortometraje, o mediometraje, o tal vez largometraje, no sé, se me ocurre que se podría llamar Siete cajas de Pilsen, o si no Siete cajones, o algo así, aunque la verdad es que me doy cuenta de que ese título no tiene nada que ver con el tema y te lo digo solo para ver si aprovechamos el momento comercialmente y así de paso que hacemos arte ligamos guita, flaca…

M. Á.: No pues…

J. C.: Es que, ahora que lo pienso, lo que no tenemos es guita.

M. Á.: Ndee… Siempre ese detalle cortamambo. Nunca tenemos guita.

J. C.: No hay caso. Nos vamos a Ciudad del Este. Tendremos que ir a esa tienda a pedir un detector de detector de metales.


    
La expedición ha comenzado


M. Á.: Y bueno, vamos a buscarlo. La historia nos absorberá. 















domingo, 24 de noviembre de 2013

LA MATERIA DEL MISTERIO

Hoy el Suplemento Cultural de Abecé Color aborda un antiguo tema que tiene un nuevo pico de vigencia porque la Nasa, hace diez días, acaba de lanzar la nave no tripulada Maven hacia el Planeta Rojo: los misterios astrales y, en particular, el escenario predilecto de las fantasías cósmicas: Marte. Aquí un par de enlaces que hablan de La materia del misterio: Marte y la ciencia ficción, de la alteridad y la entropía como terrores siderales, del remedio a la entropía que son todos los parásitos y en especial los artistas, de un póker marciano-musical de tres: el rock, el pop y la electrónica y del (¿hum?) (M)-Arte. Para que no se quejen de que no les traigo el periódico de hoy a casa, o a la pantalla, como buena canAllita, y de que los envío al quiosco, o a la página, del diario, les dejo al menos uno de los artículos ahí abajo:
Gulliver a punto de irse a Laputa en la edición de Leipzig de 1910 de Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift.
Domingo 24 de noviembre 2013  
La materia del misterio: Marte y la ciencia ficción
Por Montserrat Álvarez
«La cápsula Maven de la agencia espacial estadounidense NASA despegó hoy sin complicaciones desde Cabo Cañaveral (Florida) a bordo del cohete Atlas 5, con rumbo a Marte.» (Agencia EFE, lunes 18 de noviembre del 2013)
«–En Marte existe muy poca delincuencia –observó el inspector Rawlings con tristeza–. La verdad, por eso me vuelvo al Yard. Si me quedara más tiempo, perdería toda mi práctica.» (Arthur C. Clarke: Crimen en Marte)
LA FASCINACIÓN ANTIGUA
La fascinación humana por los astros y por «los negros espacios interestelares», como diría Lovecraft, es mucho más antigua que las sondas espaciales, y mientras los endebles tanteos de neonato de nuestros artilugios tecnocientíficos avanzan lenta y penosamente desde hace medio siglo en la exploración de su epidermis rocosa, las rápidas y poderosas pasiones de la especie ya han colonizado Marte con sus profundos terrores y prodigiosas esperanzas desde la antigüedad. Y como la imaginación es más veloz que el viento y los relámpagos, cuando en la más conocida de las obras de Swift el extraviado viajero Gulliver se va (con perdón) a Laputa, descubre en esa gran isla flotante un avanzadísimo conocimiento astronómico entre cuyos hallazgos están, un siglo y medio antes que en «la vida real», las lunas marcianas: los habitantes de Laputa, en Los viajes de Gulliver, de 1726, conocen ya lo que descubrirá en 1877 Asaph Hall, que con morboso gesto dio a las lunas de Marte, llamado así por el dios romano de la guerra, par del Ares heleno, sus macabros nombres griegos: Phobos, «miedo», y Deimos, «terror», compañeros naturales de la masacre y la furia.
ARQUEOLOGÍA DEL FUTURO
Ese 1877 es el mismo año en el que Schiaparelli vio en la superficie marciana, a través del telescopio, aquellas líneas a las que llamó canali, término que en italiano significa cauces, en general, tanto naturales como artificiales, pero que, tomado en el segundo sentido, leído en lengua inglesa, inspiró al excéntrico astrónomo Perceval Lowell una teoría que difundió en su libro Mars, de 1895, y que rápidamente conquistó un amplio y firme crédito en el público: según Lowell, los marcianos habían construido estos «canales», visibles por el telescopio, para llevar agua desde los polos de su roja morada hasta sus desérticas ciudades ecuatoriales. Ya ves, pues, oh beatífico lector, oh angelical lectora, por qué, si de vida extraterrestre se trata, se piensa generalmente en marcianos antes que en uranianos, en saturninos o en venéreos: es porque los canali de Schiaparelli, leídos por Lowell como «canales», poblaron Marte con biologías fantásticas. E inteligentes (con nociones de ingeniería, por lo menos). Y monstruosas. Y desde entonces, aunque nunca hayamos viajado a Marte en una nave física, lo hemos visitado incontables veces en aventuras vividas a través de novelas, de juegos, de cuentos y de películas.
VISITANTES VISITADOS
Pero otras veces nosotros hemos sido los visitados por ellos, al menos desde la primera vez que huyeron de su rojo planeta agonizante para invadir en terroríficos fascículos la tierra, comenzando sus letales avances desde el sur de Inglaterra, en 1897. Fascículos angustiosos reunidos un año después en el libro La guerra de los mundos –guerra declarada de modo oficial con el tecnológicamente aplastante ataque marciano, Rayo de Calor y Humo Negro tóxico incluidos, a Londres– por Herbert George Wells. Mas, ¡ay!, no terminaron allí, ni mucho menos, las desgracias terrícolas: faltaba, entre otras batallas, la del 30 de octubre de 1938, en que la CBS emitió la lectura de un guion basado en el relato victoriano de Wells, adaptado para la radio por Orson Welles e interpretado con talento tan diabólico que los oyentes no se percataron de que era una ficción, pensaron sin dudarlo que era un noticiero y que la invasión marciana era una catástrofe real y, aullando de pánico, salieron en desbandada, casi dos millones de humanos despavoridos ante la inminencia de un verde apocalipsis, a las calles de Nueva York y Nueva Jersey.
Orson Wells siembra el terror desde la radio el día de Halloween de 1938
GUERRA, AMOR, AVENTURA
No era para menos. Todo cuanto, por las sondas especiales enviadas al Planeta Rojo desde los años sesenta del siglo XX, sabemos de Marte impresiona. Sabemos, por ejemplo, que las montañas más altas del Sistema Planetario Solar están en Marte, que en Marte está el Monte Olimpo, volcán (extinto) de veinticuatro kilómetros de alto, y que en Marte hay tornados, huracanes y tormentas de polvo mucho más grandes que los de la Tierra. Pero Marte fue también el Marte del amor y de la adrenalina, el Barsoom de los nativos –de los «barsoomianos»–, el de las aventuras de John Carver, que, entre razas humanoides y enormes extraterrestres semejantes a colosos colorinches de ojos flúo o bestias mitológicas, conquistó a la princesa Dejah Thoris de Helium. Carver, que será nombrado el «Señor de la Guerra», personaje fabuloso de una épica atrevida, desfachatada, completamente pulp, una trampa de acontecimientos en la que no importa nada, salvo atrapar y retener la atención desde el comienzo hasta el happy –o el casi happy, cuando menos– end y en la que los obstáculos que a los autores intelectualmente más exquisitos harían titubear son derribados a decididas y traviesas patadas en un triunfo perfecto de la pura diversión. Carver, que, acostumbrado a la mayor gravedad de la Tierra, es más ágil y más fuerte en la atmósfera de Barsoom que los aborígenes, y que aprende a hablar en marciano en unos pocos días, proeza que el autor, Edgar Rice Burroughs –célebre ante todo, recordarán ustedes, por Tarzán de los Monos–, explica en un par de líneas con el simple comentario de que el marciano es un idioma facilísimo.
TIPOLOGÍA SCI-FI
Este es un modelo del Marte retratado por esa línea de la ciencia ficción que subordina con absoluto desenfado la ciencia a la ficción y la usa para lograr una verosimilitud que dé aún más libertad al placer de fantasear. Otro modelo del Marte imaginado corresponde a esa línea de la ciencia ficción que podría incluir a los escritores que, como Asimov (que no ha escrito solo sobre Marte, sino también sobre Puertomarte y sobre estar en Puertomarte sin Hilda) o Arthur C. Clarke (el encanto de la rutina en las arenas de Marte y del absurdo escritor Gibson y sus desdeñosos compañeros de viaje en heroica lucha contra el tedio: «por mucho tiempo las cartas y el ajedrez representaron la clásica elección, hasta que un ingenioso inglés descubrió lo interesante que era arrojar dardos sin la acción de la gravedad. La distancia al blanco era de diez metros y el juego en sí obedecía a las mismas reglas observadas durante siglos en la atmósfera de cerveza y humo de tabaco de las tabernas inglesas») –ambos, por cierto, divulgadores científicos además de narradores– han tenido un intercambio más constante con los conocimientos ortodoxos de la «era espacial». Un tercer modelo del Marte ficticio correspondería a esa ciencia ficción de escritores como Bradbury. Un autor que, más que en la ciencia por sí misma, prefirió pensar el impacto de los cambios de la ciencia en la subjetividad humana. En los cuentos sobre Marte, Bradbury se preocupó menos de la ciencia espacial que de dar forma subjetivamente a las experiencias posibles y pensables de la colonización de otros planetas, del abandono del hogar, la Tierra. Se preocupó ante todo por dar realidad y vida a las tristezas del futuro, a sus emociones y desafíos, a su previsible horror, a su eventual poesía. Se ocupó de la soledad y del éxodo, del porvenir desconocido y del pasado irrecuperable; puso en esas Crónicas Marcianas «sus largos domingos vacíos, su tedio americano», como decía Borges.
LA MATERIA DEL MISTERIO
Entre los tres tipos de retrato del planeta preferido de la ciencia ficción, y los tres tipos correspondientes de relatos esbozados aquí, el introspectivo Marte de Bradbury tiene las imágenes poéticas más poderosas: desiertos mudos, paisajes fantasmales, pueblos abandonados, sorda melancolía. Bradbury situó la nostalgia en el futuro; eso lo hace, por antonomasia, el poeta del espacio. El de la era espacial. Y veo una continuidad oscura entre este lirismo que sedujo a Borges en el mejor Bradbury y, dentro del subgénero –lo llamaré así de un modo muy lato y provisorio– de las series de televisión, Los Expedientes Secretos X, que utiliza la ciencia ficción para tocar temas relacionados con las zonas más terribles de la subjetividad humana, temas como la locura y todo lo «irreconocible», lo «monstruoso»: alteridad literalmente atribuida al «alien» como siniestra metáfora de cuanto, pese a que, a fuer de humanos, no nos lo debiera ser, nos es, o nos parece que nos es, lo más «ajeno».
El espacio «exterior» es, así, el lugar fascinante y aterrador de lo más íntimo, de lo más interno, situado precisamente afuera, como lo «exterior», y en lo más distante, para poderlo entender en forma de fantasía, para poderlo pensar como ficción, para poder darle forma a lo que, por oculto y subterráneo, por próximo, no tiene forma alguna, para dar corporeidad y voz y concretar en personajes y lugares, figuras e imágenes literarias y cinematográficas, lo que, de tan propio, reclama volverse «alien», volverse, en jugarreta etimológica incurro, «ajeno», alienum, «alienígena», para poder ser mirado sin cegar, para poder, pues, ser visto. Toda esa materia hecha de lo tan solo posible, de la posibilidad pura, y, en rigor, lógicamente, de lo absolutamente desconocido es, por esta razón, la del misterio.
Ziggy Stardust, la materia del misterio