miércoles, 5 de mayo de 2010

BARRET

El viernes pasado, 30, en el patio Rafael Barret del Sindicato de Periodistas, brindamos por Barret con algunos amigos por el centenario de su muerte, que se cumple este 2010. Primer brindis de un año que aún no está por la mitad y del quedan todavía por compartir varias copas. A la (pésima) salud de Barret. Esto es lo que yo leí esa noche:

BARRET

Hay cosas que se pueden aprender estudiando. Otras no. Así, doctorarse en filosofía no convierte a nadie en un filósofo. Stricto sensu, ese saber es banal. Para entender realmente hay que entender desde adentro. Tampoco es poeta el que se pone en “modo poeta” mientras escribe poemas. A la poesía no le importan tu agenda ni tu conveniencia y no pide turno con la secretaria. Si te agarra mal no vas a escribirla: vas a caminar, beber y hacer el amor con ella. No la podrás cerrar al cerrar tu pc o tu cuaderno: se te quedará en los nervios, los huesos, el cuerpo y el cerebro. En el caso de la filosofía, por ejemplo, entender la ataraxia por su etimología y por su historia es entenderla como un licenciado o un erudito, no como un estoico, que era capaz de desearla: es entenderla desde afuera, no desde el adentro mismo del deseo. No es saber: es información. La información no hace justicia intelectualmente a la filosofía. Lo que se entiende así son palabras vacías; no es entender: es tener ingresada información como si fuera uno la wikipedia. Lo que se dice pero desde adentro pertenece al que lo dice como un trozo de su piel. Lo que dice un licenciado lo puede decir por igual cualquier diccionario, porque no es suyo: lo ha tomado en préstamo. Ser anarquista a partir de argumentos en base a información acerca de los conceptos y la historia de las ideas políticas y de las luchas sociales es tener un anarquismo alquilado. Alquileres y préstamos asfixian a todo cerebro con síntomas crónicos de libertad. Barret, con su rigor, su capricho, su destreza lógica y su descarado desdén por la sistematicidad en su obra y en su vida, fue uno de los pocos hombres libres de la historia paraguaya, donde no entrar en roscas y argollas que agrupen y excluyan por pactos grupales y no por méritos individuales es ser un outsider. Muerto, lo podemos evocar en el Cabildo, en el Cente o aquí. Vivo, muchos de nosotros, si no todos, diríamos que qué pena que sea tan bocho pero tan raro que no se le puede ni hablar y no entraría en el staff de ABC ni de E’a ni de TVeo ni de Wild aunque escribiera y pensara mil veces mejor de lo que todos ellos juntos podrán hacer jamás ni aunque vivan mil años y aunque no tuviera ni un peso en el bolsillo: una rosca es una rosca, una mafia es una mafia y la diferencia sólo está en las dimensiones. Pactar con el poder es natural en los que tienen implicados en él sus propios beneficios e intereses, como lo es no pactar en los que de él no obtienen beneficios y como también es natural en los que siguen a los “buenos” creer que éstos no son una rosca pero que los “malos” sí, etcétera. Pero un anarquista no pacta con nadie. Barret no tuvo ni tendría, si aún viviera, lugar en ninguno de estos bandos. En cambio, lo seguro es que molestaría en todos.

No es raro decirse anarquista. Es raro serlo, y serlo de pies a cabeza, como se es largo o corto de brazos y piernas, por ejemplo. Barret lo fue. Y eso significa que fue en todas partes una presencia inquietante, incierta, perturbadora. No soy una autoridad en Barret ni en nada. Personalmente, además, la autoridad me da asco. Mi versión de Barret es conscientemente parcial y está teñida de mis propias ideas y de la importancia que doy en la vida y en el arte al riesgo, a la audacia, al error y a la imaginación. Mi Barret es un looser que pudo tener todo lo que otros buscan pero no quiso, un voto en contra siempre donde los otros voten a favor y un fastidio universal, pero también un tipo encantador y con todo el ingenio y el talento del mundo. Es un antisocial, pero también la mejor compañía para chupar a lo loco y divagar a lo grande. Es un esquizo estrafalario, pero también el cerebro más brillante que con seguridad muchos habrán podido conocer en su vida. Un paria muerto de hambre, pero también un paria altivo y hasta bello. Un mendigo, pero un mendigo elegante, de cuerpo y gestos de príncipe. El peor enemigo de las ideas decentes y de las vidas sensatas y el gran amigo de los insensatos y de los indecentes. Una vida desperdiciada para la felicidad y una muerte solitaria, pero también un fenómeno de esplendor y potencia que al borde de la tumba pide otra ronda antes de que le cierren para siempre el boliche. Sin su familia y su clase originarias, sin pactar con grupos de interés chicos ni grandes, sus ideas no tienen dueño. Si pasa hoy por aquí, lo pillaré chupando en una esquina oscura. Para brindar por su muerte y para pasar la noche prefiero buscar a ese Barret mal visto y de cerebro afilado como una hoja de acero, lleno de vida, locura, humanidad y talento, gran perdedor de los pequeños juegos que ganan casi todos, brillante, tarado y divertidísimo. El Barret útil para reforzar propagandas, maquillar mezquinos pactos y ennoblecer mediocres alianzas se lo dejo a los que lo usarán, porque para serles por fin útil tiene que haber dejado de fastidiar, de disentir y de ser siempre distinto; o sea, tiene que estar muerto.

Que Barrett vino y se quedó y fue paraguayo a su manera es obvio. Que nació y vivió sin ningún compatriota aparte de sí mismo y sin otro país aparte del país de un solo habitante de su propia mente fue un duro privilegio que quizá ya le fue dado cuando su padre llevó a su madre a parirlo a una islita del Cantábrico ante el embajador de Inglaterra haciéndolo nacer súbdito del Imperio Británico. Que además de ser inglés y paraguayo fue tan español como su amigo Valle Inclán, que al visitar Paraguay en 1910 lo buscó y no lo encontró porque estaba citado en Arcanchón con la muerte y tres semanas antes había salido de viaje buscando un auxilio médico que no lo salvó, nos consta. Y también que dejó España furioso y para siempre porque tras retar a duelo a un tal Azopardo éste pidió a un tribunal de honor que impidiera el encuentro y lo logró. Y que ante la sociedad elegante de Madrid, en una función de gala en el Circo de Parish, Barret golpeó al presidente de ese tribunal, que era el duque de Arión, y que al día siguiente todos los diarios publicaron el escándalo y pasó una temporada en la cárcel. Y que en noviembre las primeras planas de los diarios anunciaron: “El joven Barrett se ha suicidado”, y meses después anunciarían el “suicidio desmentido”. También sabemos que fue un gran espadachín con varios duelos en su haber. Y que al llegar aquí publicaba en El Español artículos que, por su prestigio, no eran revisados ni corregidos, y los siguió publicando hasta que un mal día el editor tuvo la infausta ocurrencia de leer uno, y al reñir a Barret recibió un golpe que le hizo dar con sus huesos en la calle. Y también que antes que metódico en el mal sentido de la pasiva erudición, Barret fue original. Y, ya lo dije, que era un tipo divertido, y no pongo divertido en un sentido frívolo, sino en un sentido que no excluye lo trágico. Y en medio de las cosas que sabemos de Barret, lo que lo trajo a Paraguay se ignora.

Su amigo Enrique Méndez Calzada, otro español que también tuvo por destino irreversible este país curioso donde tantos raros caen y se quedan sin que ni ellos ni nadie sepa hasta hoy día por qué, me hizo reír con esto que leí el otro día: “El gomoso de Madrid, aquí en el Paraguay, sin que se pueda decir cómo ni por qué evoluciones, había devenido apóstol de la masa oprimida”. Aún no he descubierto cómo resolver el enigma de este país fantasma, que se borra totalmente al cruzar la frontera y del que en todo el resto del mundo no existen siquiera sombras en la mente de ningún ser vivo y en el que a veces hasta los amigos distantes, con esas bromas que en parte van en serio, dicen que no creen, porque nadie ha visto nunca Paraguay, así que uno se lo ha inventado. Todavía no he pillado el truco por el que bichos raros como Barret vienen a dar aquí y ya no se marchan. Una mente fiel sólo a sí misma necesita ser feroz para vivir en cualquier parte, pero para vivir en Paraguay necesita serlo aún más. Quizá por eso irse de aquí sea difícil si uno es orgulloso y terco. Y sobre todo cuando después un tiempo de estar en Paraguay uno descubre que se ha quedado sin plata para el pasaje de vuelta ni perspectiva alguna de tenerla. No hay otra salida que seducir al coreano para que te raye ñoños. Y ya está, viejo: fuiste. Como un yerbal barretiano, te atrapó el Paraguay.

Esta versión de Barret que ahora les cuento a ver qué les parece implica en las ideas de Barret la noción que ya les comenté de la experiencia filosófica como algo más complejo que la información y en general mi noción del pensamiento que incide en la vida volviéndola a su vez factor del pensamiento en un proceso de expansión recíproca. No incurriré en el sentimentalismo de hacer la apología de Barret por la autenticidad de sus convicciones anarquistas y la coherencia entre sus actos y sus ideas; pretendo mostrar en él como figura y como pensador y escritor ese concepto habitualmente malinterpretado como superficial, que es el concepto de estilo. El estilo como lo verdaderamente más profundo. El carácter honesto e impaciente de Barrett formó su estilo literario y su vida. Hizo a ambos impredecibles, chispeantes y feroces. Aunque no áspero ni seco: antes de morir tuvo tiempo de hacer feliz a su “menuda”, Francisca, y sorprenderla a veces con cosas raras, como cierta postal con rosas dibujadas donde le escribe: “Le mando estas flores que no se marchitarán nunca, porque son de mentira”.

La vida, la de verdad, se marchitó y terminó en 1910. Nos quedan todos los brillantes artículos que nunca le pagaron. Nos quedan todas las soberbias conferencias que no pudo cobrar. Nos quedan la tos y el hambre que recibió de todos y de ninguno en esa antigua y monstruosa conjura de los rebaños que lo condenó a muerte sin tener el valor que tiene hasta un verdugo: saberse ruin. Nos queda la mano franca tendida a este mundillo que desvió la mirada para ahorrarse problemas. Nos queda la vergüenza.

Su paisano Méndez, el que terminó aquí también y sin saber por qué tampoco, escribe con pena tras la muerte de Barret que este mundillo tenía mucha razón al desconfiar y temerle. Que la declaración sincera y valiente que desconcierta y el pensamiento extraño, brillante y sugestivo alteran y amenazan. Que Barret al morir devolvió la paz a mil escritores e intelectuales mediocres, que encima se declararán afines a él sin que eso les traiga ya problemas. Que Barret fue mísero con todo su talento y ni en el Colegio Nacional se pudo ganar la vida. Que escribiendo como todos sabemos los diarios se creían generosos si le publicaban gratis. Que la última noche que vio a Barret, al que hospedó en su casa por la lluvia, Barret ya no dormía ni siquiera con el reposo de sus grandes amigos, los trabajadores cuyos músculos al menos, por la fatiga, descansan, sino con un sueño minado ya por el agotamiento moral y físico de los años que llevaba en Paraguay. Y esto tiene que ver con el estilo. La cosa perecedera que uno es, si no pacta con la gran institución de la cultura para cargar en su disco información sin vivirla, si vive lo que piensa y piensa lo que vive y vuelve del revés todo lo pensable para entenderlo pero desde adentro, al pensar ideas vividas pensará ideas suyas, no prestadas ni alquiladas. El estilo, marca del ritmo con que uno respiró, teñirá eso que le antecedió y que le sobrevivirá, la palabra, con su sangre y su muerte. La carne que recubrió su osamenta de cadáver dará su calor a lo perdurable.

Porque el estilo es lo más profundo y a veces lo más trágico, Barrett ilustra la diferencia entre pensar o escribir como anarquista y, por el contrario, ser un anarquista. No hablo de coherencia ni de moral (a mí, personalmente, me da asco la moral) sino de una complejidad en el plano intelectual que expresa el destino e incide en él, como todo cuanto es, al final, lo que importa. Por eso en la velada que relata su amigo Méndez hay algo muy triste. Y sin embargo, y aunque a Barret esa noche ya le quedaban sólo un par de años de estancia en este mundo, cosa que ambos amigos no sabían entonces, la escena está llena de vida, belleza, entusiasmo, alegría, y uno quisiera estar ahí entre sus discusiones vehementes y su despilfarro de fuerza, de humor y de inteligencia. “Altanero”, pinta Méndez a su amigo muerto, “mordaz, valiente y amigo de aventuras, generoso, más aún, pródigo; sin la menor inquietud por el mañana; tenorio y polemista, siempre en pendencias y duelos, protector de desvalidos y quijote perpetuo”.

En reunión con Carlos Bazzano y Eulo García, que saben a qué se exponen si me invitan a hablar en público y a los que estimo por esa temeridad entre otras, Eulo habló de hacer algo más cercano a Barret de lo que otros harían en otro lado. Para variar, me dio por discutir. Él dijo: “Todos sabemos dónde estamos, Montse. Y no es con los que celebrarían a Barret en el Cabildo”. “En el Cabildo, el Cente o el SPP”, respondí, “yo sé siempre dónde estoy, y es el mismo sitio: afuera”. Eulo se rió: “Entonces ya ves que es cierto: también vos sabés dónde estás. Y deberías decirlo”. “Es inevitable que lo diga”, afirmé de inmediato. “¿Por qué?”, preguntó Eulo. “Porque ése”, respondí, “es mi homenaje a Barret”.






MONTSERRAT ÁLVAREZ

2 comentarios:

Lito dijo...

una vez más, un texto excelente -- y delicioso. ¿ por qué tan pocos, yo diría: nadie, escriben así en este país ?

montse álvarez dijo...

querido lito: creo por eso dicen que tú y yo estamos locos =)